Publicado en Project Syndicate por Peter Singer*, agosto de 2008.

PRINCETON – Cuando la gente dice que “el dinero es la raíz de todos los males”, generalmente no se refiere al dinero en sí mismo. Al igual que San Pablo, de quien proviene la cita, hablan del amor al dinero. ¿Puede el dinero mismo, independientemente de nuestra avaricia, representar un problema?

Karl Marx así lo creía. En los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 , una obra de su juventud que permaneció sin publicar y desconocida en gran medida hasta mediados del siglo XX, Marx describe al dinero como “el agente universal de separación” porque transforma las características humanas. Marx escribe que un hombre puede ser feo, pero si tiene dinero puede comprarse “las mujeres más hermosas”. Presumiblemente, sin dinero se necesitarían cualidades humanas más positivas. Marx pensaba que el dinero nos enajena de nuestra naturaleza humana y de nuestros congéneres.

La reputación de Marx se vino abajo cuando resultó evidente que se había equivocado al predecir que una revolución de los trabajadores traería una nueva era con mejores condiciones de vida para todos. Por ello, si sólo tuviéramos sus opiniones sobre los efectos enajenantes del dinero, podríamos ignorarlo como elemento de una ideología equivocada. Pero las investigaciones de Kathleen Vohs, Nicole Mead y Miranda Goode que se publicaron en 2006 en la revista Science indican que podría haber algo de cierto en las afirmaciones de Marx.

En una serie de experimentos, Vohs y sus colegas idearon formas de hacer que la gente pensara en el dinero sin pedírselo explícitamente. Dieron a algunas personas la tarea de ordenar un conjunto de letras para formar frases que resultaban estar relacionadas con el dinero. A otras les pusieron cerca fajos de billetes del juego Monopolio. A otro grupo le mostraron un protector de pantalla con diversas denominaciones de dinero. Otras personas elegidas al azar formaron frases que no tenían que ver con el dinero, no vieron los billetes del Monopolio y miraron protectores de pantalla diferentes. En todos los casos, las personas a las que se había inducido a pensar en el dinero –llamémosles el “grupo del dinero”—se comportaron de manera distinta a las del grupo que no había sido expuesto.

— Cuando se les dio una tarea difícil y se les dijo que podían pedir ayuda, los miembros del grupo del dinero tardaron más en pedirla.
— Cuando se les pidió ayuda, las personas del grupo del dinero dedicaron menos tiempo a hacerlo.
— Cuando se les pidió que acercaran sus sillas para hablar con otra persona, los del grupo del dinero dejaron más espacio entre las sillas.
— Cuando se les pidió que eligieran una actividad recreativa, los del grupo del dinero eligieron con más frecuencia una actividad que podía realizarse a solas y no una en la que participaran otras personas.
— Por último, cuando se invitó a las personas del grupo del dinero a que donaran parte de lo que se les había pagado por participar en el experimento, dieron menos que quienes no habían sido inducidos a pensar en el dinero.

Los recordatorios triviales sobre el dinero significaron una diferencia sorprendente. Por ejemplo, mientras que el grupo de control estaba dispuesto a dedicar un promedio de 42 minutos ayudando a alguien a realizar una tarea, a quienes se indujo a pensar en el dinero sólo ofrecieron 25 minutos. Igualmente, cuando alguien que fingía ser otro participante del experimento pedía ayuda, el grupo del dinero sólo dedicó la mitad del tiempo a hacerlo. Cuando se les pidió que donaran parte de sus ganancias, el grupo del dinero dio apenas poco más de la mitad de lo que dio el grupo de control.

¿Por qué el dinero hace que estemos menos dispuestos a pedir o dar ayuda o incluso a sentarnos cerca de los demás? Vohs y sus colegas sugieren que a medida que las sociedades comenzaron a utilizar el dinero, la necesidad de recurrir a familiares y amigos disminuyó y las personas lograron ser más autosuficientes. “De esta manera”, concluyen, “el dinero fomentó el individualismo pero disminuyó las motivaciones comunales, un efecto que aún se percibe actualmente en las respuestas de las personas”.

Esa no es una gran explicación de por qué el que se nos recuerde el dinero afecta tanto nuestro comportamiento, dado que lo utilizamos todos los días. Parece que hay algo más que no entendemos por completo.

No estoy pidiendo que volvamos a la vida más sencilla del trueque y la autosuficiencia. El dinero nos permite comerciar –y así beneficiarnos de las capacidades especiales y ventajas mutuas. Sin dinero seríamos mucho más pobres y no sólo en un sentido financiero.

Pero ahora que estamos conscientes del poder de aislamiento que puede tener el sólo pensar en el dinero, ya no podemos creer que su función es completamente neutral. Si, por ejemplo, una organización local de padres de familia quiere construir un parque de juegos para sus hijos, ¿debe pedir a sus miembros que realicen el trabajo de forma voluntaria o debe emprender una campaña para recolectar fondos a fin de poder emplear a un contratista?

La propuesta del economista de Harvard Roland Fryer de pagar a los estudiantes pobres que obtengan buenos resultados en la escuela es otra área donde el uso del dinero es discutible. Si el dinero fuera neutral, esto sería cuestión simplemente de ver si los beneficios de utilizarlo son mayores que los costos financieros. Frecuentemente así es –por ejemplo si los padres de familia no tiene las capacidades necesarias para construir un parque de juegos adecuado. Pero sería un error suponer que dejar que el dinero predomine en todas las esferas de la vida no tiene otros costos difíciles de expresar en términos financieros.

*Profesor de bioética en la Universidad de Princeton y autor de Animal Liberation, Practical Ethics y otros libros. Actualmente prepara un libro sobre filantropía y pobreza en el mundo.

Vía: www.project-syndicate.org

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