Opinión por Eduardo Fidanza*, La Nación (Arg.), 06.08.08.

El déspota de las tragedias aborrece la ciencia política. Es ajeno a las tácticas y estrategias que ésta construye, o a los cálculos que realiza para prever la consecuencia de las decisiones. El poder no es para el déspota un atributo contingente, sino un signo natural de su superioridad o del dictamen de los dioses. Se trata de un espejismo seductor que arrastra multitudes.

La enajenación no se advierte mientras escala el éxito. En ese camino forja y refuerza el vínculo ilusorio que lo liga al poder. Lo empuja un estimulante viento favorable, las sonrisas y los aplausos, los constantes triunfos ante adversarios que caen destruidos o huyen. El pueblo se identifica con él, al que percibe como un elegido. El líder se ofrenda y abre las manos, que destilan bienes y promesas de felicidad para sus seguidores.

Al cabo de la marcha triunfal lo envuelve la certeza: las hadas no lo burlaron, se cumplieron las profecías, nadie puede hacerle sombra, la historia cae de rodillas ante él. Pero es demasiada la ventura. El déspota, que desconfía hasta de su sombra, no termina de creerlo. ¿Es verdad lo que percibo? ¿Puedo estar seguro de mi suerte? ¿No me acechará la traición?

El poder absoluto genera vacío y angustia. Ante la incertidumbre, dos actores acuden en su ayuda. El tirano los reclama con avidez de adicto. Uno es el cortesano, cuya adulación logrará adormecerlo, sin darle paz. El otro es el oráculo. Pitonisas y adivinos le confirmarán, en lenguaje cifrado, su suerte de elegido.

¿En qué consiste el delirio que hay que sostener? ¿Cuál es aquella ilusión que los hechos y los hombres, las brujas y los dioses, alimentan? En primer lugar, que es el ser más poderoso que hubo jamás sobre la Tierra; segundo, que ese poder le durará para siempre, y tercero, que por lo tanto no deberá temer: ningún rival logrará desafiarlo ni vencerlo.

Con esa convicción, siempre se puede arriesgar un poco más. El tirano es un jugador empedernido, irremediable: doblará la apuesta una y otra vez. No escuchará razones porque nadie está en condiciones de ofrecérselas; no hará cálculos porque cree tener la batalla ganada antes de librarla.

Tal vez sea Macbeth, uno de los personajes más famosos de las grandes tragedias de Shakespeare, quien mejor se ajusta a este retrato. Recordemos la trama: Macbeth era un valiente defensor de su rey al que, instigado por su mujer, mata para quedarse con la corona. Logra el poder, pero no podrá desentenderse nunca más de la traición, la intriga y la muerte.

En la primera parte de la tragedia, Macbeth y su esposa forman una alianza sin fisuras. Son dos cómplices por sed de grandeza, a los que une la ambición: “Yo no tengo otra espuela para hincar en los flancos de mi proyecto, sino mi ambición “, dice Macbeth en la bella traducción de Idea Vilariño. Su mujer lo mueve a la acción. La idea de no alcanzar el poder no cruza por su cabeza: “¡Nosotros fracasar! Es suficiente que temples tu coraje hasta que queden bien firmes las clavijas en su punto y no fracasaremos “.

Las brujas le habían anunciado a Macbeth que sería investido barón y luego rey. Después de la traición, el designio se ha cumplido. Hace culpar a otros del crimen. La corte se reúne y lo aclama. Es el apogeo. En estado de exaltación, Macbeth no advierte, sin embargo, un detalle: los hijos del rey no creen que sea inocente de la sangre derramada y escapan para evitar el destino de su padre. Antes de la partida, uno de ellos dice: “Donde ahora nos encontramos hay dagas en las sonrisas de los hombres “.

Hecho del poder, el nuevo rey se propone sacar de escena a cualquier rival que pudiera ensombrecerlo. Para lograr el propósito inventa conspiraciones, atribuye la culpa a presuntos enemigos, pone a unos en contra de otros y busca eliminarlos. No puede descansar. Teme, en secreto, ser traicionado como él traiciona, despojado como él despoja.

Macbeth no pide ni da explicaciones, prefiere el silencio: no hay que preguntar porque los interrogatorios lo enfurecen. Intenta creer que el poder personal todo lo subsume. Pero algo o alguien siempre escapan a su control. Banquo, un antiguo general del rey, a quien las brujas le habían pronosticado que fundaría una estirpe de reyes, debe caer. Su hijo, sin embargo, escapará. Macduff, un noble, también huye, abandonando el reino y la familia. Sacrificar a la mujer y a los hijos de Macduff apenas aquietará los fantasmas de Macbeth. Esa esposa desamparada advierte antes de morir: “Todo es el miedo y nada es el amor; e igualmente escasa es la prudencia cuando la fuga contra la razón corre de tal manera”.

Tantas conspiraciones falsas, urdidas para consolidar el dominio, distraen a Macbeth de una secuencia de encuentros que reúnen a los familiares y amigos de sus víctimas. Conforman un arco disímil y variopinto. Pareciera que de allí nada consistente puede salir; sólo están de acuerdo en ir contra el tirano, pero no saben qué harán después. Malcolm, uno de los hijos del rey asesinado, y el noble Macduff, despejan la mutua desconfianza en un largo diálogo de donde deberá salir el jefe de la rebelión. Malcom piensa que no es digno de ese lugar: su lujuria y avaricia lo perderán.

En este punto, Shakespeare parece revelarnos cabalmente su modernidad. Elude el maniqueísmo. No describe el contrapunto entre un perfil abyecto y uno intachable. Relata, con crudeza, un conflicto de poder político, donde el rey ha excedido largamente la regla de la mesura que conviene al país. Malcom, un disoluto, encabezará las fuerzas que recuperarán la corona. ¿Qué lo diferencia de Macbeth? Una brutal sinceridad, por la que confiesa sus vicios y los pone bajo el control de sus pares. Lo que falta a su aptitud se suplirá con lo que llamaríamos hoy una operación de marketing : sus defectos serán disimulados, y realzadas sus virtudes.

Macbeth sigue buscando la clave de su destino, mientras su mujer se hunde en la culpa. Las brujas y los aparecidos deberán pronunciarse una vez más sobre la suerte del tirano. El dictamen dice: no temerás perder el poder mientras el bosque que rodea tu castillo no avance sobre ti.

Son las palabras que necesita el ego de un déspota acorralado. Las que confirman que sus adversarios no podrán alterar el orden natural que gobierna su destino. En verdad, ellos no existen para él. Entonces, se afirma en la certeza que lo perderá: “¿Quién podría movilizar la selva o quién mandar al árbol que desprenda su enterrada raíz?”. El anuncio capcioso le suena a dulce augurio.

El final de Macbeth es una joya del género trágico: reunido el ejército rebelde en torno del castillo, Malcom dará a sus soldados la orden de arrancar grandes ramas de los árboles y emprender el asalto final. Ante la evidencia, Macbeth recurrirá al pensamiento binario que rigió su carrera política. No hay gradaciones para él: “Esta crisis me afirma para siempre, o ahora mismo me arroja del trono”. Es muerto. No podemos creer que el reino recuperará la honradez, pero sí la razón y la libertad. Macduff pone el colofón, con la famosa sentencia: ” The time is free “.

No lo tomemos al pie de la letra. La tragedia política nunca será una analogía de la democracia moderna. Las reglas de ésta prohíben la muerte violenta. Las dagas en las sonrisas de los hombres son simbólicas, y sus desgracias a menudo reversibles. “Hoy una promesa, mañana una traición” no conduce a ríos de sangre. En democracia, más que tragedias se representan psicodramas, donde se crea un “como si” en el que los hombres llevan su deseo de matar hasta el límite, evitando consumarlo.

Sin embargo, Macbeth nos sigue atrayendo. Es su naturaleza política y psicológica la que lo aproxima a nosotros, no sus crímenes. Es el desprecio por el equilibrio, la atribución de conspiraciones y la ceguera lo que nos recuerda a ciertos líderes políticos contemporáneos.

Se ha dicho que Macbeth y su mujer intentan controlar el futuro, y que el resultado es la completa destrucción del significado del tiempo. No parece una referencia remota para los que enfrentan día tras día un discurso reordenador de la historia, que fija de nuevo las épocas y distribuye culpas y absoluciones según la vieja receta de dividir para reinar.

Frente a personajes como Macbeth, algunos se preguntan si es posible que cambien, accediendo a cierta lucidez; otros, sin ilusiones, les atribuyen un autismo irrevocable. ¿Pueden cambiar los Macbeth de nuestra época o seguirán extraviados para siempre en la obcecación? Los países verídicos, al igual que los reinos de ficción, se mantienen en vilo tratando de responder estas cuestiones.

La opinión del ensayista George Steiner es poco alentadora: dice que las políticas racionales, como un buen plan de infraestructura o un programa económico correcto, están en condiciones de resolver algunas de las graves crisis que ocurren en los dramas de Ibsen, aunque nada pueden hacer en la tragedia, porque allí se plantean situaciones irreparables.

Macbeth no está loco, como muchos creen. Pero su conducta se rige por una racionalidad sin matices, cuyas opciones son todo o nada. La democracia puede ser drama o comedia, psicodrama o sainete, nunca un hecho irreparable o una guerra perpetua. Por eso suele fijar límites, antes de que sea tarde, a los líderes que desconocen la mesura.

*El autor es sociólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires.

Vía: www.lanacion.con.ar

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