Opinón por Timothy Garton Ash* en El Clarín, 01.07.08

Oxford acaba de anunciar la mayor campaña de obtención de fondos lanzada por una universidad europea mientras tanto, Europa y el resto del mundo necesitan imitar lo mejor ——pero no lo peor—— del modelo estadounidense.

Paso mi vida académica dividido entre dos universidades, Oxford y Stanford. En 2006, Stanford anunció una campaña con el reto de recaudar fondos hasta un objetivo total de 4.300 millones de dólares. La semana pasada, Oxford ha lanzado una campaña para recaudar al menos 1.570 millones de euros, la mayor jamás lanzada por una universidad europea. Detrás del intento de Oxford de jugar en la superliga de la financiación de las universidades al estilo norteamericano se encuentra una cuestión más amplia: tendrá Europa, la cuna de la universidad moderna, universidades de investigación de verdadera categoría mundial de aquí a 10 años.Y esa pregunta forma parte de un enigma mayor: cómo puede resistir Europa en un mundo cada vez menos europeo. Por ahora, Europa está representada en la lista de las 10 mejores universidades del mundo que elabora el Times Higher Education Supplement por cuatro instituciones, todas ellas británicas: la Universidad de Oxford, la Universidad de Cambridge, el Imperial College de Londres y el University College de Londres.

En las listas rivales que elabora la Universidad Jiao Tong de Shanghai, sólo Oxford y Cambridge están entre las 10 primeras. Las otras ocho son estadounidenses, pero China tiene intención de incluir pronto una de las suyas. Oxford dice que el contexto de su campaña es “un mundo de financiación estatal incierta y competencia mundial creciente”. Veo esa competencia feroz por los mejores profesores y los mejores estudiantes cada semana, tanto si estoy en Oxford como si estoy en Stanford. Este es un mercado tan globalizado como el de las computadoras, el petróleo y los servicios financieros. Oxford aguanta, pero, la verdad, a duras penas. Para los jóvenes profesores más brillantes del mundo, los patios cuadrados de piedra, las cenas civilizadas en los colleges y una tradición intelectual de incomparable riqueza pueden compensar sólo hasta cierto punto unos sueldos más bajos, unos precios de la vivienda más altos y unos horarios de trabajo más cargados que, por ejemplo, en Stanford.

El dinero no es, en absoluto, el único factor importante en este mercado globalizado de la enseñanza superior, pero desde luego ayuda. La financiación pública de la educación superior en Gran Bretaña ha aumentado con el nuevo laborismo después de que sufriera un declive espantoso con Margaret Thatcher, pero no puede solucionar todos los problemas de un sector universitario mucho más extendido, significa ataduras burocráticas y políticas y seguramente saldrá mal parada en las restricciones actuales del gasto público. En cualquier caso, la independencia financiera y la independencia intelectual van de la mano, como advierte el folleto de campaña de Oxford. Ahora bien, las dotaciones, junto con la financiación pública y privada de la investigación y las colaboraciones y derivaciones comerciales, no son más que parte de la historia.

Las mejores universidades de Estados Unidos disponen además de más ingresos procedentes de las matrículas. Aunque Oxford puede resultar caro para los alumnos que vienen de fuera de la UE, sus tarifas para los británicos tienen un tope que fija el Gobierno, como las de las demás universidades británicas, en un máximo ligeramente superior a 3.000 libras anuales (3.800 euros), que es ya el triple de la cifra anterior a 2006 y una cantidad más elevada que en la mayoría de los países de Europa continental. Incluso contando con las aportaciones de fondos especiales del Gobierno que ayudan a sostener su sistema único de tutorías y colleges, la Universidad de Oxford calcula que subvencionar el costo de educar a un estudiante británico le supone un gasto de unas 7.000 u 8.000 libras al año. Si Oxford adoptara verdaderamente un modelo de financiación estadounidense , tendría que cuadruplicar (por lo menos) sus matrículas y, si quisiera mantener unos criterios de admisión independientes del nivel económico, tendría que ofrecer unas becas muy generosas para ayudar a los alumnos de familias más pobres.

Es posible que ésa sea la dirección que emprenda Oxford durante los próximos 10 años, pero no será un proceso carente de discusiones y negociaciones complejas, porque Oxford está en Europa, no en Estados Unidos. Sus profesores y estudiantes reconocen que empezar a avanzar en la dirección de Stanford plantea difíciles problemas de acceso, igualdad y justicia social.

*Profesor de la Universidad de Oxford.

Vía: www.clarin.com

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