Publicado en El País, opinión por Juana Vázquez* 13.03.08.

Simone-de-Beauvoir

Es costumbre arraigada en nuestros días conmemorar aniversarios de nacimientos y muertes de personajes ilustres. Se aprovecha la ocasión para revisar su vida y su obra; se publican artículos, ensayos y biografías; se celebran conferencias, mesas redondas y congresos; en fin, se ha desarrollado toda una industria de las conmemoraciones. Sin embargo, en el caso de Simone de Beauvoir (8 de enero de 1908—14 de abril de 1986), la repercusión del centenario de su nacimiento ha sido más bien escasa, aquí y en su país, Francia. Apenas unos artículos y alguna biografía.

Cabría preguntarse el porqué de este olvido de una mujer que con su obra y su vida contribuyó tanto al desarrollo de los derechos de las mujeres y a su emancipación. Optimistas unos y mal intencionados otros, se nos dirá que su pensamiento carece de actualidad, ya que la mujer ha alcanzado la plena equiparación con el hombre y su total autonomía. También hay otros a los que, en concordancia con la ola de integrismo cuyos efectos estamos sufriendo notablemente estos días, les gustaría anotar sus obras en la lista de los libros prohibidos e incluir su nombre en la nómina de los réprobos.

Quizás la mejor manera de comprobar la vigencia de Simone de Beauvoir, sea analizar su pensamiento en relación con algunos de los debates candentes de estos días.

Por ejemplo, el Tribunal Constitucional ha rechazado hace pocas semanas, y de manera contundente, el recurso del Partido Popular contra la Ley de Igualdad, que pretende una representación más equitativa de hombres y mujeres en las altas instituciones y en las distintas esferas de poder. Es cierto que la mujer ha ido conquistado con esfuerzo posiciones cada vez más avanzadas en el mundo del trabajo, pero también lo es que se le vetan los puestos más altos de dirección y representación. Y por lo que se ve, muchos luchan para que esto continúe siendo así.

No está, pues, de más recordar que Simone de Beauvoir dio una importancia primordial al trabajo de la mujer. Y es interesante mencionar que cuando se le preguntaba cuál sería la mejor forma de eliminar la opresión femenina, ella respondía siempre: “Trabajar”. Hoy podríamos añadir: en cualquier lugar, en cualquier puesto y a cualquier nivel.

De Beauvoir vio con claridad de pionera que la raíz de la discriminación de la mujer era su dependencia económica y que sólo con el trabajo remunerado podría llegar a mantener unas relaciones de independencia e igualdad.

En estos días, en que desde los púlpitos y desde multitudinarias manifestaciones se defiende un modelo de matrimonio único, indivisible y sagrado, que se pretende imponer a tirios y troyanos, sería conveniente releer sus opiniones sobre el matrimonio burgués tradicional y su contribución a la subordinación y discriminación de la mujer. Su visión precursora de las relaciones con el “otro”, que sólo debían sostenerse en el respeto y el reconocimiento mutuo, prefiguraban esas relaciones humanas más abiertas que modernamente han dado lugar a distintos modelos de familia, en los que cada uno puede elegir y ninguno debe imponerse so pretexto de una ley natural de origen divino que esté por encima de las leyes y los parlamentos.

Otro tema de plena actualidad es el del aborto. De Beauvoir luchó por su despenalización, por una maternidad responsable e incluso por el derecho a no ser madre. Sobre este tema hemos asistido últimamente a declaraciones de obispos, violaciones de la intimidad de las mujeres, intimidaciones a los profesionales y otras actuaciones, que no por pintorescas, son menos graves. Como la de determinada concejal del Ayuntamiento de Madrid, posible nueva alcaldesa, hablando de “trituradoras”, o el artículo del columnista de Abc Juan Manuel de Prada titulado “Pocas y viejas”, en el que refiriéndose a las manifestaciones por la despenalización del aborto, se atreve a decir: “Uno contempla las fotos de estas concentraciones y es como si lo sumergieran de repente en un tanque de bromuro. No negamos, sin embargo, que tales fotos tengan una innegable fuerza persuasiva: tal vez las manifestantes no logren que nos adhiramos a sus proclamaciones abortistas; pero, desde luego, sus visajes y alaridos constituyen una exhortación eficacísima a la continencia y un anafrodisiaco infalible”. Sería muy fácil contestar con un chascarrillo, pero el tema es serio y creo que es mejor dejarlo así.

Con sólo una mirada atenta a los periódicos podríamos encontrar más ejemplos de la vigencia del pensamiento de Simone de Beauvoir. Pero sólo me referiré al caso de las sedaciones del hospital Severo Ochoa de Leganés. Parece ser que tendremos que seguir luchando por un último derecho: el derecho a una muerte digna y con el menor dolor, ya que algunos se han tomado al pie de la letra lo del valle de lágrimas y no quieren que al final nos libremos.

Hemos llegado a creer que los derechos duramente conquistados son irreversibles, pero basta volver al cabo de veinte años a los países árabes que conocimos, para saber que no es así. U oír a nuestros obispos, o leer la última encíclica. En definitiva, el mejor homenaje que podemos hacer a nuestra autora es permanecer vigilantes, porque cien años no es nada y todo puede ir a peor.

*Escritora y catedrática de Lengua y Literatura.

Vía: www.elpais.com

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