Publicado en La Vanguardia, opinión por Edward N. Lutwak*, 04.03.08.

 Incluso en Estados Unidos, el país del cambio constante, existe un establishment político que cambia muy lentamente en tanto presidentes y funcionarios van y vienen cada cuatro años o, con más frecuencia, ocho.En teoría, es muy difícil identificar a los miembros de este conglomerado porque no resultan especialmente conocidos, cultos o ricos a ojos del público en general, si bien algunos de ellos reúnen todas estas cualidades.

En la práctica, sin embargo, es muy sencillo, porque todos viven en un puñado de enclaves situados en Washington DC y sus zonas residenciales y casi todos son socios de clubs o asociaciones que funcionan como si fueran clubs, como por ejemplo el Consejo de Relaciones Exteriores.

Inexcusablemente, dado el carácter de la sociedad estadounidense, buena parte de sus miembros son abogados de formación aunque nunca hayan pisado la sala de un palacio de justicia; pero incluso cuando se dedican al ejercicio de la abogacía y no desempeñan cargos políticos, lo cierto es que trabajan como asesores políticos o rinden sus servicios en el seno de grupos de presión. Otros han llegado a Washington tras haber sido ejecutivos, empresarios, profesores universitarios, médicos, periodistas o profesionales de otro tipo que llamaron de un modo u otro la atención de un presidente anterior o de su equipo, circunstancia que les procuró una cita o la oportunidad de un nombramiento en un nivel u otro del escalafón administrativo. Otros nunca han sido funcionarios pero poseen dilatada experiencia como consultores a niveles suficientemente altos como para conocer bien el terreno político y ser figuras conocidas. Tal es la clave, porque todos los miembros del establishment político — menos de mil personas en total— conocen a sus homólogos al menos ligeramente o conocen a alguien que les conoce.

Este establishment nunca ha estado unido políticamente: contradiría su función esencial en la vida estadounidense, que estriba en proporcionar ideas políticas, programas de gobierno y altos funcionarios a las administraciones demócratas y republicanas. Siempre existen algunas diferencias profundas en el seno del propio establishment — este año, de modo especial en materia de impuestos y atención sanitaria—, pero existe también acuerdo fundamental en lo esencial, incluido el libre comercio (con escasas excepciones) y la necesidad de una política exterior basada en el consenso entre los dos principales partidos. Por cierto, los republicanos del establishment dicen que Bush ha actuado de forma excesiva no sólo en Iraq, sino también en Afganistán. Porque eso es lo que es realmente el famoso “consenso político” estadounidense: un acuerdo legítimo y natural en políticas fundamentales en el seno del establishment.

Los miembros del establishment político coinciden también en otro punto esencial: el atractivo personal (carisma) y la inteligencia — incluso la genialidad— no bastan para garantizar una presidencia exitosa, que también requiere experiencia, una experiencia específica en las tareas de gobierno.

Por ello los miembros del establishment están tan preocupados por la enorme falta de experiencia de los candidatos. Ninguno de ellos ha gobernado nada de calado, algo muy infrecuente tratándose de candidatos presidenciales. Ni Barack Obama ni Hillary Clinton han sido alcaldes o gobernadores, ni han dirigido un departamento gubernamental o presidido un comité del Congreso, ni dirigido una empresa. Es decir, de hecho Clinton y Obama nunca han gobernado nada; carecen de experiencia a la hora de lograr resultados y no limitarse a hablar.

Cabe decir lo propio de John Sydney McCain: nunca ha gobernado ni mandado en nada. Ni siquiera en la Marina estadounidense, donde sirvió durante 23 años, ascendiendo al grado de capitán (no de almirante como su padre), pero siempre en tareas individuales, de piloto a oficial de enlace. McCain nunca desempeñó responsabilidades de mando o presupuestarias de importancia. Sin embargo, es casi seguro que uno de los tres — Clinton, el favorito Obama o McCain— llevará las riendas del Gobierno estadounidense con toda su burocracia. Por ello casi todos los miembros del establishment político se sienten defraudados con las últimas primarias (posteriores a 1968) a la presidencia: generan figuras de candidatos más significativos por su personalidad que por su dimensión política.

El establishment político tampoco se siente impresionado por las frecuentes autocomparaciones de Obama con John F. Kennedy. La sociedad, en términos generales, puede sentirse aún seducida por las imágenes del bien parecido presidente y de su elegante esposa, pero los políticos del establishment recuerdan que Kennedy era demasiado inexperto. Se vio arrastrado a la ciénaga de Vietnam y perdió Cuba a manos de Fidel Castro, con repercusiones negativas hasta el día de hoy, 45 años después. Otro precedente fue Jimmy Carter, ciertamente un ex gobernador de Georgia pero sin la experiencia del “paso por Washington”. Durante su mandato, Irán se perdió en brazos de la revolución en tanto que Carter nunca supo asumir las repercusiones negativas del asunto.

En otras palabras, el coste de la inexperiencia es muy elevado, y el establishment teme ahora que la pasión de Estados Unidos por Obama terminará muy mal si se convierte en presidente. En caso contrario, y si McCain gana, las perspectivas no son mejores, porque el candidato republicano no es solamente inexperto, sino también irascible: sus arrebatos de cólera son legendarios.

La consecuencia es que incluso buena parte de los republicanos del establishment político y el número mucho mayor de quienes les siguen prefieren ahora a Clinton, personalidad tal vez temible pero que al menos cuenta en su haber con el conocimiento de primera mano de ocho años de decisiones de su marido, Bill Clinton. Tal vez sea demasiado tarde para salvar la candidatura de Clinton, que hace agua. De ser así, el establishment demócrata podría incluso votar por McCain, que, al menos lleva a sus espaldas muchos más años como congresista que Obama. Los medios de comunicación, los jóvenes y los extranjeros en general quieren un cambio, pero el establishment quiere experiencia.

*Experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

Fuente: www.lavanguardia.es

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