Publicado en La República, Opinión por Filippo Ceccarelli*. 13.01.08.

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Unos documentos de los archivos británicos del Foreign Office recientemente desclasificados arrojan una cruda e impresionante luz sobre las bambalinas de la Guerra Fría y las amenazas que se cernían sobre la democracia republicana italiana a mediados de la década de los 70, cuando parecía que el crecimiento electoral del refinado y democrático comunismo italiano de la época era imparable. La hipótesis de un “Golpe de Estado” si el PCI ganaba las elecciones de junio de 1976 no estaba en modo alguno excluida. Una verdad a destiempo.

A grandes males, grandes remedios. Esto fue también la guerra fría en Italia, donde el gran mal, más que una idea genérica de comunismo era la posibilidad concretísima de que el Partido comunista italiano llegara al poder.

Era el año 1976, el de las elecciones más dramáticas después de las de 1948. Pues bien: frente al mal absoluto que un gobierno con el PCI hubiera acarreado al sistema de seguridad de la Alianza Atlántica, el frente occidental, las potencias aliadas y en cierta medida la OTAN, tomaron en consideración, en el cálculo   de los remedios extremos y posibles, incluso la hipótesis de un golpe de Estado. Un “coup d’Etat”, literalmente: a la francesa. Eventualidad que se descartó por “irrealista” y temeraria.

Entre los documentos británicos, de los cuales Repubblica ha entrado en posesión gracias a las normas que liberan del secreto los documentos de Estado pasados treinta años, se encuentra uno del 6 de mayo de 1976, obviamente supersecreto, elaborado por el Planning Staff del Foreign Office, el ministerio de asuntos exteriores inglés, titulado “Italy and the communists: options for the West” [Italia y los comunistas: opciones para Occidente]. Al principio de la pág. 14, entre las varias opciones, se lee en mayúsculas: “Action in support of a coup d’Etat or other subversive action” [Acción en apoyo de un golpe de Estado u otras acciones subversivas]. El tono del texto es distante y didáctico: “Por su naturaleza, un golpe de Estado puede conducir a acontecimientos imprevisibles. Sin embargo, se podría tener en cuenta desde un punto de vista teórico. De un modo u otro, podría presumiblemente venir de las fuerza de la derecha, con el apoyo del ejército y de la policía. Por una serie de motivos – continua el documento—, la idea de un golpe de Estado aséptico y quirúrgico, capaz de desalojar al PCI o de prevenir su acceso al poder, podría resultar atractiva. Pero es una idea irrealista.” Siguen otras graves consideraciones que desaconsejarían su utilización: la fuerza del PCI en el movimiento sindical, la posibilidad de una “larga y sangrienta” guerra civil, la posible intervención de la URSS, las reacciones de la opinión pública de los diversos países occidentales. Por lo tanto: “Un régimen autoritario en Italia –concluyen los análisis del Western European Department del Foreign and Commonwealth Office (FCO) –difícilmente sería más aceptable que un gobierno con participación comunista”.

En política exterior los documentos diplomáticos, especialmente si son de uso interno, se caracterizan por una fría determinación. Los intereses están al desnudo, con frecuencia impregnados de cinismo. Éstos, que cuentan la crisis italiana antes y después de las elecciones del 20 de junio de 1976, provienen de carpetas desclasificadas del archivo del premier británico y del ministerio de asuntos exteriores. Son centenares y centenares de folios: correspondencia entre los grandes del mundo occidental, actas de reuniones y encuentros, análisis de riesgo, cartas de acompañamiento, policy papers, telegramas, boletines, estudios comparativos (de Italia con el Portugal de la Revolución de los claveles, por ejemplo), relaciones directas con las embajadas de Su Majestad en Roma, París, Bonn, Washington y Bruselas, cuartel general de la OTAN.

Este abundante material no se refiere, obviamente, sólo a la revelación del golpe. Sin embargo, en ninguna parte como en estos testimonios escritos, el “Factor K” de “Komunismo”, es decir, la imposibilidad para el PCI de ser aceptado en el gobierno dentro del marco de los equilibrios decididos en Yalta, encuentra su más realista representación. Y al máximo nivel. Por ejemplo, gracias al embajador americano en Londres, Elliot L. Richardson, se conoce el texto de una carta privada que el Secretario de Estado Henry Kissinger escribe en enero al entonces presidente de la Internacional Socialista Willy Brandt a propósito del crecimiento del comunismo en Italia, España y Portugal: “Tengo el deber de expresar mi gran preocupación por la situación que se ha creado. La naturaleza política de la OTAN cambiaría, si uno o más países de la Alianza formasen gobiernos con participación comunista, ya fuese de forma directa o indirecta. La emergencia de la URSS como gran potencia en el escenario mundial continúa siendo motivo de inquietud. El papel de la OTAN, así como nuestra tradicional posición militar en Europa es indispensable y crucial. Mi preocupación consiste en el hecho de que estos puntos de fuerza se verán en peligro en el momento en que los partidos comunistas consigan posiciones influyentes en la Europa occidental”.

De los varios protagonistas, Kissinger es sin duda alguna el más terco e intransigente. Mientras que las cúspides de la OTAN son desde el principio las más inquietas. El 25 de marzo el ministerio británico de la Defensa escribe a sus colegas de Exteriores: “La presencia del PCI en el gobierno italiano, y en consecuencia, la creciente amenaza de subversión comunista podrían colocar a la Alianza y a Occidente ante la necesidad de tomar una decisión grave”. Está claro que la partida va mucho más allá de los asuntos italianos: “El acceso al poder de los comunistas –se lee en un documento interno del FCO– constituiría un fuerte golpe ideológico para Occidente. El compromiso de los EEUU con Europa acabaría por debilitarse, podrían surgir tensiones graves entre los americanos y los miembros europeos de la OTAN respecto a óomo conducirse con los italianos”. Pero al mismo tiempo, existe el riesgo de que un gobierno con Berlinguer desbarate los equilibrios consolidados en los treinta años de Guerra Fría creando también problemas con la URSS, y aquí los diplomáticos ingleses subrayan el peligro de que “las ideas reformistas se difundan en Rusia y en la Europa del Este”. El PCI de Berlinguer, y más en general el que por aquel entonces se llamaba “eurocomunismo”, constituye en su opinión una verdadera “herejía revisionista”, y si llegara al gobierno, llevaría el debate teórico de la iglesia marxista al terreno de la política real. El PCUS [Partido Comunista de la Unión Soviética] tiene todos los motivos para temer el “contagio” de un “comunismo alternativo” al poder en occidente. Con todo eso, según otros análisis, a un nivel más inmediatamente geopolítico y militar para la URSS, “las ventajas superarían con mucho a las desventajas, especialmente por el debilitamiento de la OTAN”.

En resumen, sería un hecho “catastrófico”. La palabra se repite una y otra vez en los papers, a la espera de las elecciones italianas. Especialmente desde Bruselas hacen presente que el tiempo apremia y que hay que prepararse para lo peor. “La presencia de ministros comunistas en el gobierno italiano traería inmediatamente consigo un problema de seguridad en la Alianza –escribe a Londres el embajador inglés en la OTAN, John Killick–. Cualquier información que llegue a manos de los comunistas deberá ser considerada en riesgo. Los comunistas en el poder no son otra cosa que la extensión de una amenaza, contra la cual lucha la OTAN. Por lo tanto, es preferible una clara amputación [de Italia], que una parálisis interna.”

La cuestión vital concierne a la seguridad nuclear, o sea, el emplazamiento y la custodia de la bomba atómica: incluso sin ministros comunistas en Defensa y en Exteriores, una Italia gobernada por el PCI debe ser de todos modos excluida del Nuclear Planning Group [Grupo de Planificación Nuclear]: ” Para decirlo crudamente – aclara el Ministerio de Defensa–, el riesgo es que los documentos secretos acaben en Moscú”. Otros problemas tienen que ver con las bases militares y navales de la OTAN en la península: “Considerando el elevado porcentaje de italianos que votan al PCI, es casi seguro que algunos simpatizantes de este partido habrán penetrado ya en el cuartel general de la OTAN en Nápoles (Afsouth). A largo plazo, el PCI podría aumentar el espionaje o presionar para reemplazar gradualmente a los funcionarios en puestos clave de la Alianza por elementos comunistas”. Además de las huelgas, los bloqueos y las manifestaciones que podrían organizarse alrededor de las instalaciones militares. En caso de guerra, podrían surgir serios problemas: “La pérdida del cuartel general de la OTAN, por ejemplo, tendría un efecto negativo en las operaciones de la Sexta Flota en el Mediterráneo Occidental”.

El sistema de edificios de vidrio, acero y cemento que alberga los National Archives en Kew Gardens, a veinte minutos de metro en el Sur de Londres, parece un término medio entre una sierra y una pagoda. Dentro se conservan cerca de treinta millones de registros, desde la alta edad media hasta nuestros días. Alrededor, cottages, bosques, jardines y un pequeño lago artificial poblado de ocas y ánades. El investigador Mario J. Cereghino ha pasado varias semanas en la inmensa reading room climatizada, insonorizada y estrechamente vigilada por telecámaras y por el personal vestido con elegantes chaquetas azules. En una de las grandes mesas hexagonales de madera oscura se han ido acumulando poco a poco montones de fascículos, todos originales, amarilleados por el tiempo. Treinta años y más: es a través de estos papeles que se puede observar, como nunca hasta ahora, el backstage de la guerra fría.

Como se habrá comprendido, la Italia del 1976 es un país en crisis. La fórmula del centro izquierda está muerta; los comunistas han obtenido un gran éxito en las administrativas del año anterior conquistando el gobierno de diversas regiones e importantes ciudades; el PSI, del que es secretario el anciano De Martino, ha abierto la crisis a oscuras; todavía amortecida por la derrota en el referéndum sobre el divorcio y bajo acusación por una serie de escándalos, la DC parece por primera vez en desbandada; más que dividida, devorada por las venganzas. Los destinos del gobierno en los primeros meses del año están regidos por un pálido bicolor Moro—La Malfa, al que sucede, para gestionar las elecciones anticipadas, un monocolor todavía más exangüe, también dirigido por Moro. La mayoría está hecha pedazos; Berlinguer es el personaje del momento, y hace ya años que ha puesto sobre la mesa la oferta del Compromiso histórico.

El embajador británico en Roma, Sir Guy Millard, es un hombre muy sutil, y está, además, dotado de buena pluma. “Berlinguer –escribe a Londres, al Secretario de Estado– es una figura atractiva, inspira confianza con su oratoria. Lo que dice es creíble, y él lo afirma de modo convincente”. Pero precisamente por eso no es de fiar. “Su ingreso en el gobierno pondría a la OTAN y a la Comunidad Europea ante un problema serio, y podría convertirse en un acontecimiento de consecuencias catastróficas”. Cuáles consecuencias, Millard lo explica de modo apremiante: ante todo, la “desintegración” de la DC; después, la caída de las inversiones, la fuga de los capitales, el desplome de la fe en las empresas, la intervención drástica del gobierno en el Estado, y en consecuencia, “el final rápido del sistema de libre mercado”. ¿Qué hacer para mantener al PCI lejos del gobierno? “No mucho, me temo”. Y añade: “Es una desgracia que la defensa de Italia frente al comunismo esté en manos de un partido tan deficiente como la DC”.

Después del congreso de marzo que ha visto la victoria de Benigno Zaccagnini sobre Arnaldo Forlani, Millard va a hablar del cambio de opiniones con el embajador americano en Roma, John Volpe. Según éste, Forlani “es una gran persona, pero no es un combatiente”; por el contrario, Zac “gusta mucho a los jóvenes”, los EEUU lo apoyan, aun prefiriendo a Forlani o Fanfani, que son más anticomunistas. También hablan de Moro: “Algunas veces –sostiene Millard—, parece más bien ambiguo sobre el Compromiso histórico”. Volpe está de acuerdo. “Es un pesimista, demasiado proclive a considerarlo inevitable”. Esta especie de resignación es la culpa que los americanos atribuyen a la astuta pero cobarde clase gobernante democristiana. En un informe del 23 de marzo se lee que en el Departamento de Estado norteamericano están muy preocupados: “La situación italiana se va deteriorado, y no se sabe cómo actuar”. De ahí a la sospecha de que la DC haga un doble juego, sólo hay un corto paso: “Antes que perder el poder, preferiría compartirlo con el PCI”.

A principios de abril, el representante británico ante la Santa Sede, Dugald Malcom, va a reunirse con el Patriarca de Venecia, monseñor Albino Luciani, el futuro Juan Pablo I: “El Patriarca parece haber asumido una posición cercana a la catástrofe. El argumento era siempre el mismo: el avance del PCI”. Es el período en que los comunistas italianos cortejan a los católicos (algunos de éstos acabarán siendo elegidos en sus listas dentro de algunos meses). Luciani es intransigente al respecto: “No se puede ser al mismo tiempo cristiano y marxista”. Cuenta al diplomático inglés que tiene problemas con algunos sacerdotes de su diócesis, “que se sienten en la obligación de convertirse al comunismo”. En una isla de la laguna, un grupo de scouts ha llegado a sustituir el crucifijo por la foto de Mao. Al despedirse, el futuro pontífice susurra: “Estamos en las manos de Dios”. Y añade: “Que de todos modos son buenas manos”.

Kissinger decía de Berlinguer: “Él es el comunista más peligroso”

A todos parecía entonces inminente el ingreso del PCI en el gobierno. Aterrorizaba la idea de que un hombre del PCI pudiera conocer los secretos de la OTAN.

Por lo que respecta a los laicos, Millard consulta a Giovanni Spadolini. Lo encuentra más bien agitado: “Es un síntoma grave que el presidente Moro haya convocado a Berlinguer en el Palacio Chiggi [sede del Gobierno italiano] antes del Consejo de ministros. Así, ahora los comunistas forman parte virtualmente de la mayoría, pero no están en condiciones de dar órdenes a la clase obrera. Para ello –bromea, pero tampoco tanto, Spadolini— necesitarían a la Armada roja”. Sin embargo: “El PCI es a partir de ahora parte integrante del sistema político, que se está haciendo trizas. La única esperanza es que esté contaminado por el poder, como los demás partidos”. Habla como intelectual, pero también como ex ministro (de los Bienes culturales, en el gobierno Moro—La Malfa): “La policía está insatisfecha, y el cuarenta por ciento de los agentes estaría dispuesto a participar en un golpe de estado de la izquierda. Los carabineros, en cambio, son mucho más fiables”. Comentario de Millard: “Se percibe un clima de profunda depresión, casi de desesperación, por no decir de pánico”.

El tiempo apremia, es la fórmula que se repite en los documentos británicos. En Londres, Hensy Kissinger se reúne con el nuevo ministro de Exteriores de Su Majestad, Anthony Crosland. Por parte americana se advierte un nerviosismo indudable: “La cuestión de la obediencia del PCI a Moscú es secundaria. Para la cohesión de occidente –ésta es ahora la tesis de Kissinger—, los comunistas como Berlinguer son más peligrosos que el portugués Cunhal”. Crosland rebate: “El PCI no tendría el prestigio del que goza, si los demás partidos italianos no anduvieran tan mal. Pero hay signos de decadencia incluso entre los comunistas, corrupción como en el caso de Parma”. Sorprende verdaderamente que líderes tan poderosos se rebajen a hablar de un pequeño escándalo inmobiliario, en otoño del 1975, en el que se vio envuelta la administración roja de la ciudad emiliana. La respuesta de Kissinger, sin embargo, parece enojada: “Parecen todos hipnotizados por los éxitos del PCI, sin tener ni idea de qué hacer para bloquear su ascenso”.

El 13 de abril, un grupo de especialistas del Western European Department del Foreign Office elabora un dossier que tiene precisamente como objetivo establecer la estrategia operativa anticomunista, graduando sus movimientos según los diversos escenarios. La primera parte está dedicada precisamente a la manera de impedir que el PCI acceda al gobierno, y se indican los varios pasos a seguir: financiación de los demás partidos, orquestación de una campaña de prensa sobre el peligro, ataque a la credibilidad de Botteghe Oscure [la calle en la que se hallaba la sede romana central del PCI], admoniciones a los soviéticos.

En la segunda parte el documento ofrece soluciones por así decir prácticas, en caso de que el PCI consiga conquistar una cuota de poder, o sea, de que ya haya llegado al gobierno. En este punto, los escenarios son cinco, y cinco, en consecuencia, las opciones, cada una de ellas examinada según sus ventajas y desventajas. La línea más suave se define como “Business as usual”, y prevé “continuar las relaciones como si nada hubiera cambiado”. Siguen, por orden de gravedad, “medidas de orden práctico—administrativo” para “salvaguardar los secretos y los procesos decisorios de la Alianza atlántica”. Como elección ulterior, siempre con respecto a Italia, los ingleses se reservan llevar a la práctica una “persuasión de tipo económico” que se traduce en una serie de presiones a nivel, también, de la Comunidad europea y del Fondo monetario internacional. Entrarían en juego, en este caso, puestos de poder en dichos organismos, beneficios, préstamos. “No obstante, hay que precisar – se lee— que tales medidas cesarían, si el PCI abandonara el gobierno”.

La cuarta opción tiene un título que ni siquiera en inglés suena precisamente tranquilizador: “Subversive or military intervention against the PCI” [Intervención subversiva o militar contra el PCI]. Empieza así: “Esta opcón comprende una serie de posibilidades: desde operaciones de bajo perfil hasta el apoyo activo de las fuerzas democráticas (financieras o de otro tipo) con el objetivo de dirigir una intervención que apoye un golpe de Estado promovido desde el exterior”. Ventajas: “Este tipo de medidas puede ayudar a desalojar al PCI del gobierno”. Desventajas: “Las dificultades prácticas para llevar a la práctica este tipo de operaciones son inmensas. Vista la situación italiana es muy poco probable que una operación oculta permanezca secreta durante mucho tiempo. Su revelación puede perjudicar a los intereses de occidente y ayudar al PCI a justificar de manera más decisiva su control sobre la maquinaria del gobierno. Además, la opinión pública de los países occidentales podría tomárselo mal, con la consecuencia de que se crearían tensiones en el interior de la OTAN, especialmente entre EEUU y los aliados europeos, en caso de que los americanos asumieran el mando de la iniciativa”. Y concluye: “Incluso si la intervención exterior sirviera para desalojar al PCI del poder, la situación política italiana continuaría siendo inestable, reforzando así, a largo plazo, la influencia comunista y la de la URSS”.

La última opción prevé, sencillamente, “la expulsión de Italia de la OTAN”. Ventajas: “Se tutelan los secretos y se elimina la posibilidad de que Italia comprometa  a la alianza desde dentro”. Pero en este caso, según los análisis del FCO, se llegaría al “cierre de todas las bases del país, que se convertiría en neutral con una orientación hacia occidente. Pero Italia podría también evolucionar hacia una especie de Yugoslavia. En último término, podría incluso ofrecer facilidades de tipo militar a la URSS, a cambio de dinero”. En cualquier caso, concluye el dossier, “sería necesaria una revisión de la estrategia defensiva de la OTAN en el flanco Sur. La Sexta Flota saldría perjudicada. Grecia y Turquía podrían preguntarse si vale la pena seguir perteneciendo a la Alianza. Podría también verse comprometida la capacidad americana de intervenir en Medio Oriente y de influir en aquellos países a nivel político. En consecuencia, la retirada de Italia de la OTAN se transformaría de hecho en una derrota del occidente frente al mundo entero”.

Después de tanto tiempo, uno se pregunta, con cierto espanto, si y en qué medida en 1976 los italianos se daban cuenta de los riesgos que corrían. Se sienten ciertos escrúpulos al reconstruir un caso de golpismo póstumo, además irrealizado. No obstante, hay que decir que nunca como entonces la idea misma del golpe, la amenaza de golpe, los rumores de golpe, la vigilancia y la autodefensa en caso de golpe, habían entrado largamente en el imaginario político.

Había habido Grecia (1967) y después Chile (1973); y aquí el “Piano Solo” del general con el monóculo, Giovanni De Lorenzo (1964), la tentativa del “Príncipe Negro” Junio Valerio Borghese (1970) y la Rosa de los Vientos (1974). Circulaban también películas (Golpe de Estado de Salce y la inolvidable Queremos a los coroneles de Monicelli), e incluso chistes: “Dicen a De Martino: ‘Han llegado los tanques armados’, y él responde:'”Bien, y a nosotros socialistas ¿cuantos nos tocan?'”) Humorismo ciertamente atenuado a causa de los muchos, demasiados estragos de aquellos años: Piazza Fontana, Reggio Calabria, Peteano, Piazza della Loggia, Italicus.

A mitad de los años setenta, los jefes comunistas son prudentes y a veces duermen fuera de casa: “No nos cogerán en la cama” asegura Pajetta. De vez en cuando, algún jefe democristiano, por ejemplo Moro, sale con denuncias crípticas, tipo: “Está tomando cuerpo un turbio plan destructivo”. De vez en cuando, acaba en la cárcel algún general de los servicios secretos, acusado de conspiración política e insurrección armada: precisamente en febrero de 1976 le toca el turno al general Gianadelio Maletti, mientras que en mayo la magistratura de Turín pide el arresto de Edgardo Sogno, figura descollante de la Resistencia no comunista, convertido más tarde en un anticomunista tan fanático como para ser el inspirador de un golpe llamado “blanco”, para—legal. En su artículo sobre las luciérnagas, Pier Paolo Passolini, cuya desaparición en los campos definía la gran mutación antropológica de los italianos, escribía: “Es probable que el vacío de poder se esté ya llenando a través de una crisis y de una resituación que no puede dejar de trastornar a la nación entera. Un índice de ello lo constituye, por ejemplo, la ‘morbosa’ espera del golpe de Estado”.

Porque uno podrá sonreír ante esta hilarante mitomanía golpística, postlógica y pistarola; como ante el comandante de la guardia Forestal Berti, con su espada, que en la noche de la Inmaculada Concepción se lanza, desde Cittaducale, en la provincia de Rieti, a la conquista del Viminale. Pero no se tienen tantas ganas de sonreír leyendo el informe top—secret enviado a Londres por el agregado militar de la embajada británica en Roma, coronel Madsen, exactamente un mes antes de las elecciones del 20 de junio. Título: “La reacción de las fuerzas armadas italianas a la participación comunista en el gobierno y el efecto que ésta puede tener en la contribución de Italia a la OTAN”. Son once páginas densas y detalladísimas, desde los planes de reestructuración apoyados por el PCI al movimiento de los “proletarios en uniforme” organizado por Lotta continua. De nuevo, las conclusiones de la investigación conducen al golpe de Estado: “Los oficiales de las Fuerzas armadas son en su mayoría de derechas o de extrema derecha. Sin embargo, los soldados de leva reflejan las inclinaciones políticas típicas de la Italia actual. En teoría, si no en la práctica, el PCI podría contar con el apoyo de un tercio de las Fuerzas armadas. Una excepción importante la constituyen los Carabinieri, ochenta y seis mil hombres entre los cuales el PCI no cuenta con apoyos. Pero tradicionalmente los Carabinieri son leales al gobierno, cualquiera que sea su color político”.

Respecto a la hipótesis de un gobierno con los comunistas, el coronel sostiene que “el sentimiento de los oficiales es en general de preocupación. Es difícil identificar en las Fuerzas armadas un núcleo lo suficientemente fuerte o influyente como para promover un golpe. La única excepción posible es la de los Carabinieri. En la situación actual, es improbable que los militares lo apoyaran. Sin embargo, podría crearse en breve una situación tal, que favoreciera un putsch militar “a favor del orden público”, especialmente si los resultados de las elecciones del 20 de junio generaran una situación de incertidumbre política”. Se da por sentado que se trata de “un escenario hipotético”. Pero al mismo tiempo, el coronel Madsen señala a su ministro de Defensa que, “en punto a reestructuración, las fuerzas armadas italianas han reforzado recientemente las formaciones territoriales y las de los paramilitares, a fin de llevar a cabo operaciones de salvaguardia de la seguridad nacional en caso de que se deteriore el orden público”.

Bienaventurado el país que no teme a su pasado. Y que en nombre de la democracia y de la transparencia abre regularmente sus archivos a estudiosos, apasionados y gente corriente. Dicho esto, releyendo estos documentos acecha una duda: ¿se merecía Italia, la sociedad italiana, ser vigilada de esta forma? ¿Como una república bananera en medio del Mediterráneo? Vuelve a la memoria aquel 1976: ” Italia jugaba a cartas/ y hablaba de fútbol en el bar” como en La toma del poder de Gaber. Sorprenden un tanto ciertas canciones de entonces: ” La Cia nos espía – esto es un Finardi de añada – y ya no quiere marcharse” . La Italia de las huelgas, de la guerrilla urbana, de la austeridad, del desempleo, de la inflación, de las asignaciones mínimas en lugar de la calderilla. Parco Lambro y Porci con alas. Pero también la Italia del boom de Benetton, del feminismo, del nacimiento de Repubblica y de las radios libres, de los últimos Caroselli y de la llegada a la TV del grupo de Renzo Arbore, con Roberto Benigni como improbable crítico cinematográfico el domingo por la tarde. Y Gimondi, Panatta, el Ferrari de Niki Lauda. Y el terremoto de Friuli, los matrimonios que disminuían, Gaedaffi en la Fiat, las Bigadas Rojas que empiezan a matar, el juez Coco, en Génova, el 8 de junio de 1976. Aunque los documentos ingleses no se refieran nunca al terrorismo rojo y negro de aquel período de plomo.

En París, el encuentro secreto: “Mejor que los italianos no lo sepan”

Una reunión de 4 (Francia, EEUU, Reino Unido, República Federal alemana) en París para  poner a punto el documento sobre el futuro de Italia y para detener la “deriva” comunista.

En resumen, no existía únicamente Berlinguer. Pero en aquella primavera, en Londres, Washington y Bruselas parece verdaderamente que no se piense en otra cosa. El 6 de mayo el FCO elabora un segundo documento que integra y desarrolla el manual de metodología anticomunista del 13 de abril. Sin embargo, prosiguiendo la lectura, se nota que surgen problemas sobre la utilización de estos archivos en los contactos internacionales con los aliados. Al secretario de Estado le preocupan las “implicaciones políticas” de una línea tan rígida. En el ámbito de la administración británica, que continua constituida por laboristas, se hacen diversas valoraciones. Las que el consejero político del Secretario de Estado, David Lipsey, presenta a la consideración de aquél, por ejemplo, suenan más moderadas y mucho menos intervencionistas: “Si damos suficiente cuerda a los comunistas, podrían hacerse los inocentes o ahorcarse ellos solos. Si, por el contrario, nos embarcamos en una operación de linchamiento –concluye–, será nuestra credibilidad democrática la que se verá dañada, no la suya”.

Precisamente por esto al gobierno inglés le preocupa que los estudios, investigaciones y relaciones permanezcan a buen recaudo. “Su existencia no debe ser revelada –es la recomendación—. La Gran Bretaña no debe ser vista como un gobierno que se inmiscuye en los asuntos internos de Italia”. Pero el 18 de mayo, con ocasión de una cumbre de la OTAN en Oslo, algo trasluce: un artículo del Financial Times con el título “Los temores del Foreign Office respecto a Italia”. El periodista revela que la actuación de los aliados  se ha establecido en un documento ad hoc. Llegados a este punto, desde la Farnesina se piden explicaciones, pero en Londres despistan, redimensionan: el caso de Italia no figura en la agenda oficial de Oslo, no existe ningún documento, del PCI se hablará como máximo “en los corredores”.

De una forma más general, más allá de las necesidades diplomáticas, parece no obstante detectarse una sutil línea de distinción entre la actitud británica y la americana. Además de una cierta prudencia que lleva a Crosland y al premier Callaghan a no hacer movimientos antes del 20 de junio, el Foreign office se preocupa sobretodo de la unidad de los aliados, lo que significa, por una parte, animar a franceses y alemanes a una mayor presencia en la cuestión italiana y, por la otra, frenar a los americanos, especialmente a Kissinger.

Los colegas británicos parecen no tener en demasiada estima ciertas intemperancias del Secretario de Estado norteamericano, subrayan que en privado utiliza un “strong language”, un lenguaje fuerte; también se permiten una cierta superioridad displicente cuando les parece que Kissinger se comporta más como  profesor de historia que como un estratega: “De esta forma se arriesga a perder de vista las implicaciones inmediatas de sus palabras –señala el embajador inglés en Washington, Peter Ramsbotham—, desarrollando una especie de teoría del dominó europeo a largo plazo”. Pero los americanos, impertérritos, no solo siguen presionando en su línea, sino que en un memorándum del 4 de junio, incluso se muestran más bien enojados por el hecho de que mientras que los europeos están indecisos respecto a lo que hay que hacer, ellos corren el riesgo de figurar siempre y de todos modos como el “bad cop”, el policía malo de la situación, como en Chile en 1973.

A pocos días de las elecciones todo es todavía incierto: “Los sondeos italianos son muy poco fiables”. Mientras tanto, Berlinguer declara aceptar el paraguas de la OTAN, y Montanelli invita a taparse la nariz y votar a la Democracia Cristiana (DC). Así se llega finalmente al 20 de junio. Los resultados no podían ser más ambiguos. La DC, con el 38,7 por ciento, y el PCI, con el 34,3, son los “dos vencedores”, como los define Moro. Pero estos dos vencedores, según un análisis del FCO, son también “prisioneros el uno del otro”.

Una semana después, en la cumbre de Puerto Rico reservada a las siete potencias más industrializadas del mundo, Italia se presenta sin gobierno. Están Moro y Rumor, pero solo para salvar las apariencias. Gerald Ford, Callaghan, Schmidt y Giscard d’Estaing se encuentran a las 12h45′ del domingo 27 de junio en el Dorado Beach Hotel para una comida de trabajo en la que tiene lugar un penoso incidente. Campbell, el futuro embajador británico en Roma, lo describe brutalmente: “Cuando llegan para la comida, a los dos desgraciados ministros italianos se les impide la entrada”. Es el máximo de la humillación.

Apenas cerradas las puertas, se ataca el “problema Italia”. El proceso verbal de este encuentro fue redactado por el funcionario Fergusson. A pesar de reconocer que los italianos deben decidir por sí mismos, los cuatro jefes de Estado están de acuerdo en que debe hacerse todo lo posible para que los comunistas permanezcan fuera del poder. Giscard propone elaborar, en una próxima reunión que se celebraría en París, un borrador de programa de gobierno que los italianos deberían aceptar a cambio de una sustancial ayuda financiera.

La reunión se celebra efectivamente en París, el 8 de julio de 1976. El patrón de la casa es el Secretario general adjunto de la Presidencia de la República francesa Yves Cannac. Por parte de EEUU está Helmut Sonnenfeldt, consejero del Departamento de Estado y brazo derecho de Kissinger; por parte alemana llega Gunther Van Well, alto funcionario del ministerio de Exteriores de Bonn; y finalmente, por la Gran Bretaña, el subsecretario del Foreign Office, Reginald Hibbert.

Este último redactó las actas, a trechos bastante desordenadas, de un encuentro en el que “cada uno tiene sus buenas razones para mantener al PCI fuera del gobierno”. Giscard querría un “centroderecha reformista” en Italia porque temía el empujón que en su casa favorecería a Miterrand. El representante de Schmidt, por otra parte, apuesta por el renacimiento del centroizquierda, porque el éxito de Berlinguer podría asustar a su electorado y abrir las puertas a una victoria de los democristianos en las inminentes elecciones alemanas. Y luego los americanos, que apoyan decididamente a una DC renovada. En resumen, un poco de confusión.

Además, señala Hibbert con evidente enojo, faltan traductores y dactilógrafos que trabajen en inglés, y sobretodo, hay una gran prisa porque el representante de Kissinger debe correr hacia el aeropuerto. Así, “Kannac nos invita a comer en el restaurante Ledoyen, pero hay tanta prisa que ni siquiera tenemos tiempo de leer el menú”. En una esquina, Sonnenfeldt se permite una broma sobre el clima carbonario de la comida: “¿Estáis seguros de que el embajador italiano no está aquí? Si nos pillan, que quede claro que es para hablar de Berlín”.

A saber lo que Moro, Andreotti o Berlinguer sabían de todo esto. O lo que imaginaban. De lo que se infiere, la reunión de París, que Hibbert define como “sticky”, es decir, difícil, espinosa, pringosa, hace pensar en realidad en una especie de último aviso a Italia, lo que es también una prueba de tutela. Las delegaciones redactan un borrador de intenciones que, a treinta años de distancia, acaba por tener un cierto peso historiográfico. Se titula “Democracy in Italy”, y en la práctica, dicta a los futuros gobiernos italianos lo que deben hacer. Comienza así: “A pesar de los últimos progresos del PCI, las recientes elecciones permiten mantener en vida a la democracia en Italia. Pero ha llegado el momento de acabar con esta deriva”. La palabra utilizada es “slide”, un resbalón que lleva a una caída, al colapso italiano.

Los cuatro grandes del occidente no solamente erigen el tradicional muro frente a la hipótesis de un gobierno con el PCI, sino que en la reunión secreta de París intervienen incluso respecto a la forma y a la mayoría que deberá tener el nuevo gobierno: “guiado por la DC”, con “partidos no comunistas y no fascistas”. En consecuencia intentan también perfilar las características de su combinación ideal: “Un pequeño grupo homogéneo de hombres de prestigio que trabajen en equipo”. En los documentos figura incluso el programa, que se refiere a la administración pública, a la justicia, la seguridad, la economía y la política exterior. Se desciende a los detalles: un plan a medio plazo para el saneamiento de las finanzas públicas y la reducción de la evasión fiscal; se señala la necesidad de intentar un acuerdo con empresarios y sindicatos. Se menciona también la lucha contra la corrupción, e incluso se apunta al “nepotismo”.

Pero destaca especialmente, en un parágrafo que lleva por título “The Christian democratic party”, una llamada que nuevamente suena como un acto de sumisión exigido a la clase gobernante del “partido que ha ejercido el poder durante treinta años y que continúa siendo el mas fuerte después de las elecciones”. Para derrotar al PCI, la DC debería limpiar su imagen de partido tolerante con la “prevaricación y el subterfugio”; tiene el deber de “librarse de las ovejas negras”, la necesidad de “poner orden en su casa”, de rejuvenecerse y reclutar jóvenes, ofrecer más espacio a las mujeres, a los obreros y a los sindicatos. Tiene, además, la obligación de contestar al PCI la hegemonía cultural, “reconquistando a los intelectuales, la universidad y los medios informativos”. Al día siguiente, 9 de julio, a las 23h20′, el embajador inglés en Washington telegrafía a Londres: “Kissinger aprueba el documento “Democracy in Italy”. En Londres, el premier Callaghan quizás se asusta un poco al leer aquellos documentos: “Debemos tener mucha cautela considerando el gran daño que se produciría si se conociera públicamente su existencia. Sería una intrusión directa en los asuntos de un Estado europeo aliado nuestro”. Y añade: “Cualquier fuga de información acabaría siendo un regalo a los comunistas italianos”.

Así podría acabar también la gran película de 1976. Cierto que después ocurren muchas otras cosas – y el Foregin office las registra con la consabida diligencia—. El PCI que permanece en el umbral del poder. Los democristianos que continúan contemporizando e inventando fórmulas casi intraducibles, a través de las cuales la muy andreottiana “no desconfianza” se convierte en “no no—confianza”. Hay también un nuevo secretario socialista, el cuarentón milanés Bettino Craxi. El embajador Millard, que ve lejos, lo señala rápidamente como una luz en el fondo del túnel del caos italiano. Se establece que una visita suya a Londres “sería deseable”. Llega el otoño, y en Bruselas y en presencia de Kissinger, el Secretario de Estado británico Crosland habla “warmly”, con calidez, del “Signor Craxi”.

En Roma, el sucesor de Millard es Alan Hugh Campbell. A finales de año el embajador escribe la tradicional felicitación navideña al Foreign Office: “Aun inmersos en la tristeza, la frustración, la incompetencia y la corrupción, los italianos continúan siendo un pueblo dúctil y muy trabajador. Pero comparto la idea de que no están maduros para la revolución”. Y hay casi un salto poético: “Quizás esto explique el sufrimiento que he observado en el rostro de Berlinguer, hace unos días, que estaba sentado a mi lado durante una ceremonia”.

*Escribe habitualmente en el periódico italiano La Repubblica. Traducción para www.sinpermiso.info: Anna Garriga

Vía: www.repubblica.it

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