Publicado en El Clarí, opinión por Silvina Heguy. 09.01.2008.

Mamá Sara hacía casi más de dos horas que estaba despierta cuando, a miles del kilómetros de distancia, sucedió algo que le dio una alegría en un país que, en menos de una semana, contó más de trescientos muertos a causa de los disturbios políticos. Estaba en su casa, la única con paredes de ladrillos en una aldea africana que no aparece en los mapas, cuando desde un pueblo frío de Estados Unidos uno de sus nietos logró algo que la llenó de orgullo. El hombre de 46 años estaba más cerca de poder cambiar la historia del país más poderoso del mundo: entró en la carrera para ser su primer presidente negro.

Barack Obama llegó en 1987 por primera vez a la casa de Mamá Sara en la aldea de Nyangoma—Kogelo, en Kenia. Ya había egresado de la Universidad de Columbia como politólogo, tenía 26 años y había entendido que haber crecido sin su padre no era lo mismo que no tenerlo. Simplemente había vivido bajo la sombra de un hombre ausente, con su presencia impregnada en su piel morena y en su nombre: “Barack”, “El afortunado”.

El precandidato demócrata es hijo de una texana a quien recuerda “blanca como la leche” y de un africano de “piel negra como el carbón”. Fue en Honolulu donde la pareja se conoció y fue ahí donde nació su único hijo “café con leche”. Ella, de 18 años. «él, de 23, era el primer africano en la Universidad de Hawai y en busca del sueño americano.

Obama padre, al poco tiempo, se marchó detrás de una beca a Harvard y los dejó. El chico se crió en Indonesia con su madre mientras que el africano volvía a casa de Mamá Sara con otra mujer. Ahí tuvo otros hijos, se reencontró con otros de un matrimonio tribal anterior y su sueño americano terminó con demasiado alcohol en la sangre y en un accidente de auto en 1982.

En la tumba de su padre en tierra africana a Obama todavía lo recuerdan —hace 20 años atrás— inmóvil durante horas y en silencio. Después la aldea se rindió a sus pies. La cerveza pasó a llamarse “Obama” y casi la mitad de los cuatro mil vecinos dicen ahora ser parientes de Mamá Sara.

Cuatro años después de su primer viaje, Obama hizo catarsis de su historia a fuerza de tipeo. Escribió su biografía “Sueños de mi padre: un relato de raza y herencia” y aún asegura que no se arrepiente de haber contado que fue un “adicto y colgado” cuando vivió una crisis de identidad por ser hijo de un padre negro y una madre blanca. En esa época fue cuando consumió marihuana y cocaína. Con el pasado amansado entró a Harvard para estudiar leyes y empezar su carrera política. Para muchos, un camino corto y poco experimentado para aspirar a presidente.

En 2004 fue electo senador por Illinois y, en 2007, en el mismo edificio en que Abraham Lincoln terminó con la esclavitud, él anunció que sería el primer negro presidente del país. Carisma no le falta. Su figura delgada y su sonrisa conquistó al electorado de Iowa frente a Hillary Clinton, una mujer que pintaba como favorita, pero a la que aparentemente le faltó su naturalidad ganadora.

El senador parece no tener miedo a decir que él es cambio y uno que va más allá de las apariencias de ser el primer negro o la primera mujer en dirigir la Casa Blanca.

Desde el comienzo estuvo en contra de la invasión a Irak y ordenará el retiro de tropas. ¿De Guantánamo? Lo cerrará y aceptará habeas corpus. Además, combatirá el cambio climático. En lo que concuerda con Bush es que atacará a Al Qaeda en la frontera entre Pakistán y Afganistán. La única medida anunciada que no provoca piel de gallina en los sectores del poder.

Algunos le temen, porque su nombre suena a Osama, sin saber que su segundo nombre, Husein, es cristiano. Pero su abuelo fue el primero de la aldea de Mamá Sara que se convirtió al Islam. Parece que en su linaje está “ser el primero en…” Quizá porque su piel y su historia es sinónimo de unión, dice que quiere gobernar para el mundo y cambiarlo. Quizás ese cambio haya comenzado el jueves y quizá pueda llegar hasta una aldea perdida en un Africa ensangrentada.

Vía: www.clarin.com

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