Publicado en La Vanguardia, opinión por Gregorio Morán. 08.12.2007.

La invención fue francesa, y podríamos asegurar que parisina. Existieron figuras intelectuales de prestigio fuera de Francia que se convirtieron en iconos en vida. Bastaría citar a Tolstoi, sujeto singularísimo, al que acudían multitudes para que les otorgara la paz que él no encontraba. Estaba dotado para la literatura y para nada más, y la cultura le debe un montón de cosas, salvo la que definiría a un intelectual, la coherencia. Resulta fascinante Tolstoi en su grandeza de cristiano, pecador intermitente. Pero el invento nació en París, por más que haya alguna duda sobre si fue a finales del XIX o bien avanzado el XX. Empezó con Zola, aseguran, cuando asumió un papel de conciencia crítica que en un principio estaba fuera de sus intenciones. Es curioso, porque Zola era un inveterado racionalista que consideraba los diarios y a los periodistas personajes menores del paisaje cultural. Y ahí lo tienen, convertido en mármol de la historia del periodismo gracias a su Yo acuso,y apenas leído hoy en su calidad de novelista arcaico.

Una reconstrucción de la intelectualidad, quiero decir, del papel de la intelectualidad en la historia europea del siglo XX, posiblemente sea una empresa demoledora para la concepción de la cultura como elemento liberador. ¡Cuánto fantasma de la ópera pisó el tablado y hoy figura como una nota a pie de página, cuando no denunciado por su impostura! ¿Y los irremisiblemente olvidados? Por ejemplo, Anatole France. ¿Hay alguien en los últimos cincuenta años que haya leído una página suya sin estar obligado por necesidades ineludibles de un trabajo académico? Pues ahí tienen un caso de intelectual por excelencia, al que admiraban todos, desde los anarquistas hasta los conservadores. Quizá vuelva si un editor temerario se atreve a sacarle de los jardines melancólicos de la cultura e incorporarle a nuestra sociedad rampante. Para quien no está muy puesto en esto del pasado habría que recordarle que Anatole France fue más famoso que Zola, que Flaubert y por supuesto que Marcel Proust, y que sus viajes — bastaría el de Argentina como prueba— constituyeron un arrebato sólo comparable al de las grandes estrellas de hoy en día. Más de una vez me ha tentado desarrollar una idea singular; la de dos hombres situados en las antípodas políticas, como Manuel Azaña, presidente de la República, y Calvo Sotelo, su enemigo más pertinaz, cuya coincidencia única estaba en Anatole France. Pero dejémoslo ahí, porque hoymehe prometido evitar la cultura española, para ver de relajar el espíritu y no irritarnos, que motivos no faltan.

La confusión sobre qué es y qué no puede ser un intelectual posiblemente nos haya llevado a una de las estupideces mayores de nuestro tiempo. Me estoy refiriendo a mi generación, esa inmersa hoy en el último tramo de la terminación en —on.(Les imagino conscientes de la diferencia entre el benéfico final en —ero — veinteañero o treintañero— frente al demoledor en —on — cuarentón, cincuentón, sesentón—). Miro hacia atrás y considero una verruga de nuestro pasado — una más— el haber dado algún crédito a la figura de Jean—Paul Sartre como intelectual. No me estoy refiriendo al Sartre autor teatral, ni al filósofo, ni al ensayista, ni siquiera al novelista. ¡Un respeto! Me refiero al Sartre conciencia de su época, al intelectual comprometido.

Me avergüenza recordarlo. Un audaz crítico que no entendía nada. Si se han tomado la molestia de leer aquellas barrabasadas compartidas con su minúsculo partenaire maoísta Benny Lévi, convertido luego en un fascista del sionismo, reconocerán conmigo que la figura del intelectual histórico, el modelo de nuestra huérfana adolescencia, se ha quedado en cueros. Y nosotros, en el ridículo. Es apabullante el tiempo que perdimos en el debate sobre Sartre o Albert Camus, como si esto tuviera algún sentido.

Y sin embargo, fíjense en que el tiempo nos ha acercado a André Gide. Manda cojones que André Gide, el fino, el homosexual emboscado en un matrimonio blanco, el escritor sutil y distante, ese mismo, digo, me parezca hoy un símbolo del intelectual comprometido. Testigo implacable de su tiempo, que en definitiva no otra cosa es la figura del intelectual desde que se inventó, con el cascarrabias de Voltaire y la notaría implacable de Zola. Bastaría con dos referencias, dos libros, dos testimonios únicos en nuestra cultura europea. Primero, el Viaje al Congo (1927), una denuncia precisa del colonialismo en África, cuando nadie osaba acercarse allá como no fuera subido al barco de Conrad. Segundo y definitivo, el Viaje a la Unión Soviética.

Me hubiera gustado describir con minuciosidad lo que fue la visita de André Gide a la Rusia de Stalin. No hubo escritor ni artista en la historia del comunismo, afirmo, ninguno, que fuera recibido como lo fue André Gide. Parecía una visita organizada por aquel Potemkin que preparaba los desplazamientos de Catalina la Grande, asegurando que todo estuviera a su gusto, incluidos los trampantojos que tapaban las miserias. Cuando visita Rusia, en 1936, André Gide está en la cima de su prestigio. Para Stalin y los suyos es el mirlo blanco que conquistar en aquel periodo de seducción a la burguesía europea. Ríanse ustedes hoy de La vida de los otros y de Los leones mecánicos de Danilo Kis, que es el más brutal retrato que he leído nunca sobre la manipulación de un visitante occidental a la URSS (publicado hace poco por Acantilado en un volumen de imprescindible lectura, Una tumba para Boris Davidovich).Eso es un intelectual insobornable, lo demás es sucedáneo.

¿Y dónde estamos? Otro cambio de paradigma, el enésimo. Ahora tenemos que afrontar la superposición de un intelectual comprometido y un intelectual mediático. ¡Agarra la mosca por el rabo! Porque el asunto se las trae cuando se trata de aportar a la sociedad una cierta iluminación de los agujeros negros del poder. Hasta hace muy poco era imposible decir que un tipo, ferviente servidor del gobierno de turno, estaba constituido en intelectual comprometido. Comprometerse con el gobierno, incluso por contrato y con emolumentos regulares, pagas incluidas, no conformaba una imagen de marca. Estamos ante un empleado, a secas, con privilegios. Un asesor. Y aquí entramos en el final de la historia. La introducción de los asesores intelectuales en la actividad política no tiene nada que ver con la de un intelectual comprometido. Todo lo más, sería una deriva del funcionariado universitario. Si tenemos en cuenta que todo catedrático o asimilado, independientemente de sus creencias íntimas, es un servidor del Estado, aquí estaríamos en la condición irónica del contratado. Es un empleado con saberes que le es útil al gobierno de turno para cumplir sus objetivos, entre otros conservar el poder o llegar a él. De nuevo Francia y París aportan la base documental de que este fenómeno es tan nuevo como atractivo. ¿Por qué no voy a escribir el discurso de un líder, si además me pagan por ello y me convierto, por persona interpuesta, en una figura influyente? ¿No habíamos quedado en que lo fundamental era incidir en la sociedad? No estoy haciendo un chiste ni un ejercicio de demagogia, estoy describiendo una situación nueva sobre la que apenas hemos escrito.

París — que es una ciudad felizmente sin identidad, o lo que es lo mismo, es lo que es— me ha aportado un elemento inquietante gracias a un documental recién estrenado. Describe la arriesgada misión de un grupo de colaboradores franceses que apoyaban a los argelinos durante su lucha por la independencia. Se titula Hermanos de hermanos,y me temo que como tantas otras cosas no venga por aquí — ¡cuántas veces habrá que decir que estamos al margen de la cultura crítica europea, aquí, en la provincia, se usa lo autóctono hasta el vómito, todo muy identitario!…, somos, permítanme el sarcasmo, una especie de Kosovo para asentados—. El director del documental, Richard Copans, ha lanzado una idea sorprendente y posiblemente fructífera en el campo de la cultura: “El motor histórico más valioso de la humanidad son los traidores”. Aquellos que rompen con lo que la Patria, la Sociedad y el Estado esperaban de ellos.

¿Verdad que nadie les ha dicho cuántos desertores norteamericanos han huido de la guerra de Iraq? Pues yo se lo voy a decir. 4.700 traidores que con toda seguridad ayudan más al avance de la historia que el gurú Karl Rove, manipulador de informaciones electorales.

Vía: www.lavanguardia.es

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