Publicado en Revista Temas, Nº 157, noviembre de 2007.

En la Asamblea General de Naciones Unidas celebrada en Nueva York en el año 2000, 189 países suscribieron la
Declaración del Milenio, comprometiéndose a alcanzar antes de 2015 un conjunto de Objetivos de Desarrollo (ODM)
que afectan al bienestar de la humanidad. Declararon estar dispuestos a no escatimar ningún esfuerzo, en la seguridad
de que tal iniciativa contribuiría a “liberar a nuestros semejantes de las condiciones abyectas y deshumanizadoras
de la pobreza extrema” y alcanzar un mundo sin pobreza y libre de la aflicción que ésta genera.

Aunque no es la primera vez que la comunidad internacional define compromisos compartidos, como fue el caso del programa Salud Para Todos en el año 2000, de los años setenta y cuyos resultados fueron muy dispares, el amplio respaldo obtenido por los Objetivos del Milenio apunta a mayores probabilidades de éxito. Una de sus principales fortalezas reside en el fuerte consenso obtenido en torno a conquistas sociales que se consideran irrenunciables y que la comunidad internacional se compromete a hacer realidad, contribuyendo a definir una incipiente carta de ciudadanía asociada a las personas–con independencia de su lugar de origen, credo, raza o sexo– en la que se concibe el desarrollo como un derecho humano.

En realidad, los ocho objetivos tienen una coherencia notable a la luz del conocimiento científico que se tiene hoy en día sobre el desarrollo humano. Éste abarca mucho más que dichos objetivos, aunque ellos constituyen un referente crucial para medir el progreso hacia un nuevo orden mundial más justo y seguro. Tal es la imbricación entre unos y otros objetivos que, en la práctica, es imposible avanzar en unos sin progresar en los demás. Así, lograr la enseñanza primaria universal (objetivo2) significa, sobre todo, mejorar el acceso a la escuela de las niñas, promoviendo la igualdad entre sexos y la autonomía de la mujer (objetivo 3). Las niñas con educación se casan más tarde, lo que influye en que tengan menos hijos y a intervalos más regulares, soliciten atención médica antes –tanto para ellas como para sus hijos– y proporcionen mejor alimentación y atención a sus niños y a ellas mismas. Todo ello aumenta las posibilidades de supervivencia infantil (objetivo 4) y de supervivencia materna (objetivo 5). Así, se reduce la fecundidad general y se avanza hacia la transición demográfica,
se mejora la educación y el aprendizaje de los niños y todo ello repercute en una disminución de su vulnerabilidad, ayudando a combatir enfermedades como el SIDA, el paludismo y la tuberculosis (objetivo 6). El empoderamiento de la mujer a través de la educación es un instrumento de alcance contra el hambre y la pobreza extrema (objetivo 1). A su vez, estos avances deben impulsarse a través del fomento de una asociación mundial para el desarrollo (objetivo 8) e inscribirse en políticas que garanticen la sostenibilidad medioambiental (objetivo 7). ¿Son alcanzables los objetivos del milenio en el plazo fijado? Aunque se trata de un conjunto positivo de objetivos, no son tan ambiciosos como sería necesario, pretendiéndose, por ejemplo, una “reducción” –y no la erradicación– de la pobreza en el mundo. Para algunos países las metas plasmadas significan anhelos demasiado cortos, pudiendo limitar logros más ambiciosos, potencialmente alcanzables.

La consecución de los Objetivos dependerá de factores relevantes de contexto, cuya concurrencia no queda garantizada, tales como el ritmo y la calidad del crecimiento que experimenten los países en desarrollo en los próximos años, el volumen y la calidad de la ayuda que se movilice y los cambios que se hagan en el entorno internacional y en el sistema de relaciones
para ampliar las oportunidades de progreso del mundo en desarrollo.
La experiencia vivida en los siete últimos años de cooperación internacional al amparo de los Objetivos del Milenio demuestra avances notables a nivel global, como la reducción de la pobreza y el hambre, y el acceso al saneamiento. No obstante, el grado de consecución de los objetivos ofrece algunos claroscuros: los avances se distribuyen de manera desigual entres las distintas regiones a sólo una de las ocho regiones geográficas del mundo –Asia oriental– está en camino de cumplir todos los objetivos, mientras el resto avanza de manera dispar. En concreto, África subsahariana no parece encaminarse a cumplir ninguno. Por tanto, queda pendiente un largo camino por recorrer para dar cumplimiento de manera “equilibrada” a los objetivos. A mitad de periodo, continúan muriendo cada año más de medio millón de mujeres por complicaciones prevenibles o tratables durante el embarazo o el parto, se incrementa el número de víctimas de SIDA y se agrava el cambio climático. Para 2015 se prevé que resten más de 30 millones de niños hambrientos y 600 millones de personas sin acceso a servicios sanitarios básicos. En buena parte, el frustrante ritmo de consecución de los Objetivos responde a las limitaciones que entrañan como referentes de una agenda internacional de desarrollo: en primer lugar, pueden simplificar en exceso el objetivo final, entendido como un proceso complejo en el que los logros en un determinado ámbito tienen que acompasarse con realizaciones en otros para hacer sostenible el desarrollo. En segundo lugar, los objetivos responden a una estrategia especialmente concebida para los países más pobres, que presentan carencias extremas, pero no tanto para los países de desarrollo intermedio (como Latinoamérica o el norte de África), que conforman buena parte del mundo en desarrollo.

En tercer lugar, no es posible evaluar la contribución de un país donante concreto a la consecución de los objetivos, tan sólo a partir del balance conjunto de la comunidad internacional, lo cual restringe su utilidad como criterio de evaluación de las actuaciones de los donantes, en un contexto en el que éstos operan con importantes márgenes de discrecionalidad. En cuarto lugar, la necesidad de ampliar la ayuda oficial al desarrollo ha acaparado buena parte de los debates, limitándose en ocasiones a una discusión de cifras. Aunque dicha ampliación es necesaria, resulta aun más determinante impulsar un sistema de relaciones internacionales más justo y sostenible. Finalmente, los objetivos del milenio carecen de un sistema de incentivos adecuado para su financiación. Si bien se fijaron metas de desarrollo cuantificables, de cuyo cumplimiento son co-responsables tanto los países donantes como los receptores, la Declaración del Milenio no incluyó los compromisos   necesarios para financiar los objetivos acordados. Para este fin hubo de celebrarse dos años después la Conferencia  Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, en la que los donantes principales (EEUU y Japón) no accedieron a establecer compromisos significativos de ayuda.

Es decir, se han formalizado los objetivos de desarrollo –lo cual es un avance–, pero no los incentivos para garantizar
su cumplimiento. Las promesas no son suficientes. Ahora resulta fundamental que todas las partes implicadas cumplan en su totalidad los compromisos formulados. Debemos entender que está en juego la confianza del sistema de cooperación internacional y que se corre el peligro de que las esperanzas de muchos pueblos del Sur queden irremediablemente frustradas si la actual campaña contra la pobreza –la mayor de la historia– resulta insuficiente para “aliviar” la situación actual. En el meridiano temporal de los objetivos, la impresión es que los primeros años no se han aprovechado como debieran. En los ocho años venideros habrá que redoblar los esfuerzos, si no se quiere postergar para las generaciones futuras el compromiso de cumplir tales objetivos irrenunciables de desarrollo.

Vía: www.fundacionsistema.com 

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