Publicado en Le Monde por Jean—Marie Colombani*, Opinión. Noviembre de 2007.
Hace seis meses, los franceses colocaban a Nicolas Sarkozy al frente de su país, un país sumido en la duda. La elección de Sarkozy representó, ante todo, la ambición de recobrar el aliento, la energía vital, el impulso, las ganas de actuar que parecían haber desaparecido del palacio del Elíseo y, por consiguiente, de todo el país. Desde ese punto de vista, los franceses pueden estar satisfechos, puesto que cuentan con un presidente vivo, activo, incluso hiperactivo, y siempre en movimiento. Un ejemplo es la semana pasada: el domingo, visita relámpago a Chad para recuperar a los periodistas y las azafatas que acompañaban al desastroso equipo “humanitario” de una asociación de iluminados, El Arca de Zoé; el martes por la mañana, reunión con los pescadores bretones en huelga; el martes por la tarde, Washington, para proclamar su amor a Estados Unidos; el jueves, de vuelta en Francia, donde se encuentra con un frente social que empieza a perfilarse en su contra. En resumen, a la hora de actuar, ninguna decepción, sino, más bien, todo lo contrario, cierta admiración y una sola pregunta (muy francesa; cuando hace buen tiempo, el reflejo nacional consiste en decir “sí, pero mañana lloverá”): ¿durante cuánto tiempo podrá mantener este ritmo? En cualquier caso, Sarkozy opina que se le eligió precisamente para eso, para estar lo más cerca posible de los franceses y sus problemas y, por tanto, en primera línea y en todos los frentes. Como dice Bernard Kouchner: “¡Él es así, habrá que acostumbrarse!”.

Esta actividad de Sarkozy hace que la oposición, sobre todo la izquierda, reivindique el modelo monárquico practicado por sus predecesores, que consistía en refugiarse en el Elíseo y dejar que fuera el primer ministro quien se quemara. Y es verdad que, en el plano institucional, la lección de estos seis meses es la desaparición del jefe de Gobierno.

No obstante, si los franceses tuvieran que volver a votar hoy, repetirían su veredicto. Es un resultado lógico, porque, a lo largo de los seis primeros meses —al contrario de lo que hizo Jacques Chirac en 2002 y, sobre todo, en 1995—, ha cumplido muchas de sus promesas (sobre todo en el terreno fiscal). Sin embargo, aunque Sarkozy puede estar tranquilo por la actitud de la opinión pública, tampoco debe sentirse satisfecho. Porque esta promesa de repetición de los resultados va acompañada de una decepción que podría transformarse rápidamente en descontento.

La decepción (como en otros países de la Unión) está relacionada con la cuestión del poder adquisitivo. Sarkozy, como otros antes que él, había recalcado este lema en la campaña: “Trabajar más para ganar más”. Es cierto que ha eximido las horas extra de impuestos, pero esa medida afecta a pocas personas y todavía no se ha hecho sentir; en cambio, además del petróleo, cuyo valor está que arde, los franceses se enfrentan a una tremenda oleada de alzas de precios, en vez de la tranquilidad salarial en la que se les había hecho creer.

El poder adquisitivo, pues, se ha convertido en la principal preocupación de los franceses, cuando, desde hacía 30 años, la prioridad era siempre el desempleo. El paro ha bajado y sigue bajando. Los precios siguen subiendo. Aunque es cierto que Sarkozy ha emprendido numerosas reformas, empieza a extenderse la idea de que no sirve de mucho que aborde todos los problemas a la vez, que vaya personalmente a cubrir todos los frentes, si se olvida o no es capaz de ocuparse del único asunto que se considera prioritario. Ello no quiere decir que los franceses estén descontentos. Pero ya no están confiados.

Estos días son decisivos tanto para el clima político como para la capacidad de Sarkozy de reformar el país como desea. Tras la huelga del 13 de noviembre en el transporte (la causa: la reforma del régimen especial de jubilaciones en los ferrocarriles y otros servicios públicos) viene, el 20 de noviembre, una huelga de toda la función pública (el motivo es la no sustitución de una parte de los funcionarios que se jubilan). Algunos opositores esperan, y el gobierno teme, que uno y otro movimiento confluyan y desemboquen en una parálisis del país análoga a la de diciembre de 1995. Además, la UNEF, principal sindicato de estudiantes (muy vinculado al PS y, en una pequeña parte, a la extrema izquierda), ha comenzado ya movilizaciones en las universidades y ha provocado el bloqueo de algunas de ellas.

Nos encontramos ante dos fenómenos mezclados. Uno es clásico: en Francia, desde hace medio siglo, la debilidad de los órganos de intermediación (Parlamento, sindicatos) hace que la salida a la calle, las presiones que representan las huelgas y las manifestaciones, se hayan convertido en servidumbre obligada para cualquier reforma. Es decir, vuelve a producirse el mismo mecanismo: la situación se bloquea, o avanza, sólo después de haber constatado cuál es la correlación de fuerzas. El otro fenómeno es coyuntural: seis meses después de la elección de Nicolas Sarkozy, con el PS esencialmente dedicado a sus disputas internas, los sindicatos tienen la tentación de ocupar el terreno del antisarkozismo, y corren el riesgo de ir demasiado lejos.

Para Nicolas Sarkozy, por el contrario, lo importante es mostrar que la reforma negociada es posible, que él es capaz de triunfar donde Jacques Chirac fracasó. Esa capacidad —o esa impotencia— dependerá de lo que ocurra en los próximos días.

*Periodista francés, y ex director de Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Vía: www.lemonde.fr

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