Opinión por Timothy Garton Ash*, publicado en El Clarín. 12.11.07.

Cada tanto, y justo cuando estamos empezando a aburrirnos, se nos recuerda qué maravillosa es la democracia. Días atrás, jóvenes polacos hicieron cola con paciencia en Varsovia y Vroclavia, y también en Dublín y Londres, para votar por una Polonia en la que pudieran tener un futuro. El placer más elemental de la democracia —nosotros, el pueblo, elegimos nuestro gobierno— es algo que sus padres nunca habían disfrutado hasta la caída del comunismo en 1989. También esos jóvenes vivían esa experiencia por primera vez. Si bien la concurrencia a las urnas aún fue baja, fue la más elevada desde la histórica elección de 1989. La juventud polaca fue el sector que más votó, por lo cual, de forma inesperada, dio lugar a un resultado que sorprendió a todos.

Basta. Es hora de un cambio. Por eso, para decirlo en pocas palabras, “los echaron a patadas”. El más moderado de los “mellizos terribles” continúa en la presidencia, pero Jaroslav Kaczynski, el más cruel y paranoico de los dos, ya no seguirá siendo primer ministro. Si bien obtuvo casi la tercera parte de los votos, su partido sufrió una derrota decisiva. Igualmente satisfactorio fue el hecho de que dos partidos populistas y recalcitrantes menores, el Partido Autodefensa y la Liga de Familias Polacas, quedaron por debajo del 5% y no tendrán representación parlamentaria. La noche de las elecciones, la televisión polaca se hizo presente en la sede del Partido Autodefensa y mostró un vestíbulo iluminado y desierto. Parecía no haber nadie a excepción del cronista televisivo y un vocero de bigotes melancólico. La fiesta terminó. El último que se vaya, que apague la luz.

El resultado es bueno para la democracia, para Polonia y para Europa. Una tendencia germanófoba, retrógrada, provinciana y xenófoba, que estaba presente en la sociedad polaca, tuvo su oportunidad en el gobierno. La arruinó en apenas dos años. Una clara mayoría de los votantes decidió en elecciones libres que no era ese el tipo de Polonia en el que quería vivir ni la imagen que aspiraba a mostrar al mundo. Quieren un país más moderno, liberal, europeo y occidental.

Los mellizos Kaczynski no sólo generaron un caos político para ellos mismos, sino también para un país débil, deteriorado como consecuencia del partidismo y la corrupción. Habían prometido un país más fuerte y transparente, pero lo hicieron más débil y corrupto. El nuevo gobierno deberá esforzarse por restablecer —no, por crear por primera vez— una buena gobernancia bajo el imperio de la ley. No estoy seguro de que pueda lograrlo.

Esta historia tiene otro aspecto aun más importante. Algo que caracterizó la política polaca desde el fin del comunismo fue la imposibilidad de consolidar partidos políticos grandes y estables, ya sea de centroizquierda o de centroderecha. Con los años, los partidos aparecieron y desaparecieron como solteros esperanzados en una acelerada sesión de citas. Las siglas fueron cambiando a la manera de un alfabeto en un caleidoscopio. Durante un tiempo pareció que los poscomunistas podrían convertirse en un partido socialdemócrata moderno, pero se hundieron en el escándalo y la corrupción. Este país de abrumadora mayoría católica tampoco logró todavía crear un partido cristiano democrático a la manera del alemán. Los políticos son los mismos de siempre, pero los partidos siguen cambiando. Sólo un partido tuvo representación constante en el Parlamento desde 1989: el Partido de los Campesinos. No es casual que ese sea también el único partido que representa a un sólo grupo social bien definido: los campesinos. Dios los bendiga.

El caleidoscopio de siglas no es sólo un fenómeno polaco. Si se analizan las elecciones de otros países poscomunistas —y los de muchos otros países— suele verse una volatilidad similar. Tomemos el caso de Italia, cuyo sistema político experimentó un verdadero terremoto tras la finalización de la Guerra Fría. Ninguno de los partidos que tenía representación en la Cámara baja del Parlamento italiano en otoño de 1987 la sigue teniendo en la actualidad. En países como Gran Bretaña y los Estados Unidos, que continúan teniendo los mismos dos o tres grandes partidos, eso puede percibirse como vertiginosas danzas latinas y eslavas. Es comprensible perder un partido político, pero perderlos todos parece negligencia.

Sin embargo, hay que preguntase si nuestros viejos partidos no existieran, ¿los crearíamos? Casi seguramente, no. Existen porque existen. Ya no representan a grupos sociales (los trabajadores en el caso del laborismo), ni tampoco principios coherentes. En Gran Bretaña, laboristas y conservadores permanentemente cambian de imagen en la competencia por los votos de la clase media liberal. Son conglomerados de intereses y prejuicios, máquinas electorales a las que sólo la historia y el ansia de poder dan cohesión. A pesar de todo, contar con un sistema partidario estable sigue siendo una gran ventaja. El problema es cómo se lo crea si nunca se lo tuvo, como en Polonia, y cómo se lo recrea si, como en el caso de Italia, se desintegró. Traducción de Joaquín Ibarburu.

*Profesor de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard.

Vía: www.clarin.com

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