Opinión por Francis Fukuyama* en La Vanguardia, 28.10.07.
Cuando escribí acerca del “fin de la historia” hace casi veinte años, algo que no anticipé fue el grado en que la conducta y los errores de apreciación de Estados Unidos harían que el sentimiento antiestadounidense fuera una de las principales líneas divisorias de la política global. Y sin embargo, sobre todo a partir de los ataques terroristas del 11—S, eso es exactamente lo que ha ocurrido, debido a cuatro errores clave de la Administración Bush.

En primer lugar, la doctrina de la prevención, que se estableció en respuesta a los ataques del 2001, se amplió inadecuadamente para incluir a Iraq y otros de los llamados estados villanos que amenazaban con desarrollar armas de destrucción masiva. Es cierto que la prevención se justifica plenamente ante terroristas sin Estado que tienen ese tipo de armas. Pero no puede ser el núcleo de una política general de no proliferación mediante la cual Estados Unidos intervenga en todas partes para impedir el desarrollo de armas nucleares.

El costo de ejecutar una política como ésa sería sencillamente demasiado alto (varios cientos de miles de millones de dólares y decenas de miles de bajas en Iraq que se siguen acumulando). A esto se debe que la Administración Bush haya eludido las confrontaciones militares con Corea del Norte e Irán, a pesar de su admiración por el ataque aéreo de Israel sobre el reactor Osirak de Iraq en 1981, que retrasó en varios años el programa nuclear de Sadam Husein.

El segundo error de cálculo importante tuvo que ver con la posible reacción global al ejercicio por parte de Estados Unidos de su poder hegemónico. Muchos miembros de la Administración Bush creyeron que aun sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU o de la OTAN su poder podía legitimarse mediante un uso exitoso. Éste había sido el patrón de muchas de las iniciativas estadounidenses durante la guerra fría y en los Balcanes en los años noventa; en ese entonces se le llamaba liderazgo,no unilateralismo.

Pero para la guerra de Iraq, las condiciones habían cambiado: Estados Unidos se había vuelto tan poderoso en relación con el resto del mundo que la falta de reciprocidad se había convertido en una intensa fuente de irritación incluso para sus aliados más cercanos. El sentimiento antiestadounidense ya se había hecho evidente desde mucho antes de la guerra de Iraq, con la oposición a la globalización encabezada por Estados Unidos durante los años de Clinton. Pero se exacerbó con el abierto desprecio de la Administración Bush por varias instituciones internacionales en cuanto llegó al poder.

El tercer error de Estados Unidos fue sobrestimar la efectividad del poder militar convencional para ocuparse de los estados débiles y las organizaciones de redes transnacionales que caracterizan a la política internacional, al menos en Oriente Medio. Vale la pena reflexionar sobre por qué un país con más poder y gasto militar que ninguno en la historia de la humanidad no puede dar seguridad a un país de 24 millones de habitantes después de más de tres años de ocupación.

Israel cometió un error similar al creer que podía usar su gran margen de poder militar convencional para destruir a Hizbulah en la guerra de Líbano del año pasado. Tanto Israel como Estados Unidos sienten nostalgia por un mundo del siglo XX de estados nación, ya que ése es el mundo al que mejor se adapta el poder convencional que poseen. Pero la nostalgia ha conducido a que ambos estados malinterpreten los desafíos a los que se enfrentan ahora, ya sea vinculando a Al Qaeda al Iraq de Sadam o a Hizbulah a Irán y Siria. Este vínculo existe en el caso de Hizbulah, pero la red de actores tiene sus propias raíces sociales y no son sólo peones al servicio de los poderes regionales. Por eso el ejercicio del poder convencional se ha vuelto frustrante.

Por último, al uso del poder por parte de la Administración Bush le ha faltado no sólo una estrategia o una doctrina convincentes, sino también simple competencia. Tan sólo en Iraq, la Administración calculó mal la amenaza de las armas de destrucción masiva, no planeó de forma adecuada la ocupación y después no pudo hacer ajustes rápidos cuando las cosas salieron mal. La incompetencia en la aplicación ha tenido consecuencias estratégicas. Muchas de las voces que promovieron, y después echaron a perder, la intervención militar en Iraq, ahora piden una guerra contra Irán. ¿Por qué habría de creer el mundo que se manejaría con mayor habilidad un conflicto contra un enemigo mayor y más decidido?

Pero el problema fundamental sigue siendo la desigual distribución de poder en el sistema internacional. Cualquier país que estuviera en la misma posición que Estados Unidos, incluso una democracia, estaría tentado de ejercer su poder hegemónico con cada vez menos moderación. Los padres fundadores de Estados Unidos creyeron que un poder sin contrapesos, aun cuando fuese legitimado democráticamente, podría ser peligroso, y por ello crearon un sistema constitucional de poderes separados para limitar al ejecutivo.

Actualmente, no existe un sistema igual a escala global, lo que puede explicar cómo Estados Unidos se metió en tantos problemas. Con una distribución internacional del poder más homogénea, incluso en un sistema global que no es plenamente democrático, habría menos tentaciones de abandonar el ejercicio prudente del poder.

*Decano de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins © Project Syndicate/ The American Interest, 2007 Traducción: Kena Nequiz.

Vía: www.lavanguardia.es

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