Opinión por Barbara Probst Solomon*, en El País, 26.10.07.
Hace un año predije en EL PAÍS que Rudy Giuliani, a quien nadie otorgaba entonces ninguna opción, tenía verdaderas probabilidades de ser candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos. También señalé que España no debería fiarse de que Francia fuera siempre políticamente antiamericana. A pesar de sus rivalidades, Francia y Estados Unidos son viejos aliados, y España tiene que pensar qué postura le conviene adoptar en una Europa cambiante, en la que tantos países se han desplazado hacia la derecha. Pero ése es otro artículo.

De lo que quiero hablar aquí es de la serie más larga de la televisión estadounidense —la campaña presidencial—, que hasta ahora ha consistido en una especie de trailer que se proyecta desde hace dos años, sin que todavía hayamos podido ver la película propiamente dicha. En el artículo citado decía también que ésta iba a ser la primera vez desde que Franklin Delano Roosevelt fue presidente durante la Segunda Guerra Mundial que Nueva York y el noreste del país iban a desempeñar un papel tan importante en la política nacional estadounidense. Lo irónico es que ni a la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton —que es una mera inquilina del Estado de Nueva York— ,ni a Giuliani, considerado un buen fiscal de distrito pero demasiado autocrático como alcalde, se les tiene demasiado afecto en la región, pero su importancia en el ámbito nacional es indicativa del enorme giro geográfico producido. Cuando el nordeste perdió el poder económico del país y las ciudades industriales se quedaron desiertas, Nueva York vivió durante mucho tiempo —en realidad, hasta finales de los setenta— sumida en la bancarrota, y el poder político se trasladó a Tejas, el sur industrial, el suroeste y California.

Sin embargo, el comentarista de televisión Chris Matthews, nacido en Filadelfia y normalmente muy perspicaz, se equivoca al atribuir la renovada importancia política que ha adquirido repentinamente Nueva York a los cambios sucedidos en la ciudad. Es cierto que el resto del país ya no la llama la ciudad del pecado y que, de hecho, las estadísticas demuestran que Nueva York tiene uno de los índices de criminalidad más bajos —quizá el más bajo— de toda la nación. Y es verdad que ya no es una ciudad pobre, formada por diversos grupos étnicos, unas briznas de clase alta, profesores, artistas y unos cuantos bohemios; ahora es una rica capital financiera.

Mis amigos europeos suelen felicitarme por vivir en lo que consideran el oasis del vibrante Manhattan de Woody Allen, rodeado por el desierto que es Estados Unidos. Pero es todo Estados Unidos lo que está cambiando: los blogs, Internet, la población inmigrante —tanto legal como ilegal— que se ha ido extendiendo, la amplia red geográfica de universidades y escuelas que permite a los estudiantes trasladar fácilmente créditos y pasar un año, por ejemplo, en Minnesota y otro en Nueva York, y la gran variedad de centros culturales en todo el país, son elementos que han servido para allanar las diferencias entre unas zonas y otras.

Los comentaristas políticos en televisión se empeñan en dividir al país entre republicanos, demócratas e independientes, pero en realidad no somos un país de votantes, ni tampoco somos unos puritanos del siglo XVI; somos —y lo digo con cariño— un pueblo alborotado y cachondo, y el cine presenta una imagen más realista de nuestros líos políticos y nuestros indisciplinados dirigentes que los medios de comunicación. La razón por la que no se llegó a destituir a Bill Clinton fue que su popularidad se disparó durante la historia con Monica Lewinsky. La razón por la que Bush ganó las elecciones (aunque, en realidad, no las ganó) fue que los comentaristas, al principio, se pusieron de su parte porque les pareció la clase de persona de la que podrían ser amigos. ¡Ja! La razón por la que Gore tuvo tantos problemas fue porque era demasiado intelectual, y la razón por la que Barack Obama va peor de lo que debería es que suena demasiado a Harvard.

La tercera esposa de Rudy Giuliani se acercó a él, cuando todavía estaba casado, en un bar del neoyorquino Upper East Side, y el hecho de que a Giuliani le guste disfrazarse de mujer no parece preocupar a ningún votante, salvo a los de la derecha cristiana. El actor convertido en candidato republicano Fred Thompson conoció a su mujer actual (que podría ser su nieta) cuando ella coqueteó con él en la caja de un supermercado, comprando un emparedado de ensalada de atún, un 4 de julio. El Hall of Fame (galería de personajes famosos) de Idaho decidió la semana pasada hacer caso omiso del intento de Washington de expulsar al senador republicano Larry Craig de la Cámara por haber intentado supuestamente ligar con un gay en el baño de un aeropuerto, y mantiene sus planes de incluirle entre los homenajeados.

Si Hillary y Rudy acaban siendo los candidatos de sus respectivos partidos (todavía es demasiado pronto para saberlo), muchos neoyorquinos votarán por ella, pero sin ningún entusiasmo, porque la consideran demasiado halcón y demasiado ambiciosa. (Puesto que la ley prohíbe nombrar al cónyuge para un cargo en la Administración, resultaría extraño tener a Bill Clinton de embajador volante, quitándole poder al secretario de Estado). Es verdad que Giuliani desfiló con los gays, convirtió Nueva York en una ciudad segura, proporcionó asistencia a los inmigrantes, tanto legales como ilegales, y ha defendido la necesidad de controlar las armas. En muchos aspectos, es más progresista que Hillary. Pero el temor es que, para asegurarse la candidatura republicana, tenga que firmar un pacto con la derecha religiosa y les prometa nombrar a un juez conservador para el Tribunal Supremo, con lo que dará a dicho órgano los votos suficientes para revocar nuestras actuales leyes sobre el aborto.

Hasta la presidencia de George W. Bush, el “cinturón bíblico” —compuesto por varias zonas del sur, el suroeste y el sur del medio oeste— tenía escasa influencia religiosa en el resto del país. Dependiendo de donde viviera cada uno y de las costumbres de su familia, podía educarse en un ambiente religioso o nada religioso. (Los padres fundadores, en general, eran deístas, tenían una vaga idea de la existencia de un ser divino, pero no pensaben en un dios que descendiese sobre Estados Unidos para ordenarle cómo vivir. Es más, los padres fundadores tomaron la decisión de no definir Estados Unidos como nación específicamente cristiana.)

Sin embargo, la novedad más interesante de las próximas presidenciales es un factor con consecuencias más a largo plazo. Los demócratas, siempre más numerosos que los republicanos si no fuera por el distorsionado sistema de voto del Colegio Electoral, son ya, además, mucho más ricos, y multimillonarios como George Soros y el alcalde neoyorquino, Michael Bloomberg, así como la nueva hornada de pequeños pero numerosos donantes por Internet, están más próximos al ala de Obama y Gore dentro del partido. Bloomberg, con su enorme poder y riqueza, es el auténtico caballo de Troya político en la ciudad y el Estado de Nueva York (y la pesadilla política tanto de Hillary Clinton como de Giuliani). Nadie sabe exactamente cómo va a emplear ese poder. No ocupa las portadas de los periódicos, pero su apoyo tendrá consecuencias significativas para los candidatos políticos de Nueva York.

Me da la impresión de que el nuevo poder político del noreste de Estados Unidos acabará derivando en la creación de un Partido Demócrata al margen de Clinton (el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, es un claro favorito en ese sentido). En cuanto a los republicanos —me refiero a todos ellos, no sólo a Giuliani—, están muy ocupados tratando de reconstruir su partido, que está patas arriba por culpa del peor desastre presidencial de nuestra historia: George W. Bush.

*Periodista y escritora estadounidense.

Vía: www.elpais.es

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