Comentario de Enrique Vázquez, en Fundación Sistema.

La salida pactada a ocho meses del régimen militar autoritario en Pakistán alcanza estos días, en la víspera de la segura reelección del general Musharraf, una curiosa condición cuasi teatral: los actores hacen su papel, el guión avanza, hay parones, sustos, renuncias y retrocesos… Y el espectador sabe, en realidad, que el desenlace está entre bastidores. En el caso presente está… en Washington. En efecto, todo lo que están pactando el general Pervez Musharraf y la ex-primera ministra Benazir Bhutto tiene el aval, por no decir la inspiración, del gobierno norteamericano y esto, que debía ser solo una razonable hipótesis de trabajo, ha sido reconocido, sin detalles, por el propio general-presidente en su importante declaración del miércoles a Geo-TV.

En resumen: la señora Bhutto, deportada tras el golpe de estado de octubre de 1999 para evitar un proceso por “corrupción” (su marido había, ciertamente, aprovechado su posición para enriquecerse) niega que eso fuera un arreglo aceptado y por diez años (y lo mismo sirve para el otro ex – primer ministro, Nawaz Sharif, que dirigía el Gobierno en el momento del golpe). Sharif, tras una decisión del Tribunal Supremo en su favor, regresó el 1o de septiembre y fue re-deportado en el acto.
Volverá en su momento, sin duda, porque sería insostenible negarle lo que se concede a la Sra. Bhutto, pero lo cierto es que la gran operación es entre los militares y la jefa del Partido Popular Pakistaní, y nada tiene que ver con Sharif, a quien se tiene por imprevisible y cuyo partido, La Liga Musulmana (N) es poco de fiar en lo tocante a la lucha contra el islamismo militante.

Los uniformados, en su papel

Benazir Bhutto supo hace al menos un año que debería prepararse en su dorado exilio londinense para el apaño en curso porque la situación se había degradado en el país, crucial en la lucha anti-terrorista y como vecino de Afganistán. El auge del islam político, que llegó a un punto crítico con el trágico episodio de la “Mezquita Roja”de Islamabad en julio pasado (un bastión del integrismo pro-talibán asaltado por los militares con el saldo de más de cien muertos) inquietaba en Washington más de lo que era aceptable.
Musharraf, como todo el alto mando militar, siempre ha tenido un pie puesto en la sensibilidad islámica y se ha podido hablar sin exagerar de un “contrato” no escrito con los islamistas administrado siempre en la sombra por el todopoderoso ISI (la sigla para la agencia central de los servicios secretos militares, verdaderos detentadores del poder final). De hecho, en el país hubo una dictadura islamo-militar, la del general Zia-ul-Haq (1977-1988), que impuso la “sharia” y sólo terminó con la muerte de su fundador en un “accidente” de aviación.
Los militares saben mejor que nadie que el islam es el cemento que une al complejo y variadísimo país, sacudido por tensiones regionales y sensibilidades diversas y que el islamismo mantiene en pie la reivindicación nacional sobre Cachemira. Y, al contrario, los islamistas y la sociedad saben que cuando los gobiernos se desacreditan y unas elecciones no bastan, las fuerzas armadas son la “ultima ratio” y deben intervenir en nombre del interés nacional. Y así ha sido varias veces y se ha de reconocer que el golpe incruento de Musharraf no suscitó apenas oposición y fue recibido con cierto alivio. Pero ha durado demasiado.

El desenlace previsto

Toca, pues, cambiarlo. El general fue reelegido el pasado sábado jefe del Estado (elección de segundo grado, por el parlamento central y las cuatro asambleas regionales) y el quince de noviembre cuando tome posesión dejará el uniforme y será relevado en la jefatura de las fuerzas armadas por su protegido y hombre de confianza, general Ashkaf Prevés Kiyani… hasta la semana pasada jefe del ISI. El presidente convocará legislativas para enero y una coalición de su gente (Liga Musulmana de Pakistán) y el PPP deberían formar un gobierno bajo la dirección de Bhutto, quien ya ha hecho los méritos donde hay que hacerlos: si es preciso autorizará un bombardeo americano en suelo paquistaní para matar a Bin Laden o dirigentes de al-Qaeda si se ponen a tiro.
En el momento de escribir esta nota Bhutto dice que el diálogo para “pasar de la dictadura a la democracia” está bloqueado y que Musharraf no está cumpliendo, aunque el gobierno ya ha dicho que será convenientemente amnistiada y todo parece en orden. Pero hay pocas dudas: todo terminará como se ha previsto y con la bendición de Washington, que estimuló los primeros contactos secretos entre las partes y pretende mantener un seguro aliado en Islamabad a cualquier precio. El cambio brutal que indujo en el escenario nacional el 11-S y la caída del régimen talibán, una creación del ISI, lo exige: Pakistán cambió de bando y Washington quiere un liderazgo a la altura de ese cambio.

Enrique Vázquez

Vía: www. fundacionsistema.com

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