por Jean—Marie Colombani*, columna de opinión en Le Monde.

Francia acaba de vivir de nuevo una semana completamente Sarkozy, totalmente dominada por las declaraciones de su nuevo presidente, más omnipresente que nunca, capaz de monopolizar la atención y aficionado a la “gestión mediante el stress”, que aplica al país como lo haría con una empresa.En realidad, no tiene nada de sorprendente: al situarle en la jefatura del Estado, los franceses sabían que iba a ser presidente de todo, ministro de todo, responsable de todo y de lo demás. Le eligieron precisamente por su energía vital, para que la transmitiera a todo el país tras la languidez y la melancolía chiraquianas. Por lo tanto, cualquier protesta incipiente es inútil; él puede muy bien responder que le escogieron precisamente por eso, por ser hiperactivo, para demostrar que la política no es impotente y que el monarca no está obligado a vivir encerrado en su palacio, como Jacques Chirac.

Más interesante es el momento: en este instante, en el que Nicolas Sarkozy se encuentra ante la necesidad de actuar, vamos a poder empezar a medir la realidad, si es un presidente de acción virtual o si, por el contrario, logra sacar a la luz los cambios que había anunciado. Después de las primeras semanas, que fueron las de la realización de las promesas electorales más visibles —como el famoso “paquete fiscal”, diversas desgravaciones que afectan y favorecen, en general, a los franceses más acomodados—, llega el periodo de lo que él denomina la “refundación”.

Es un periodo cuya ambición es modificar el sistema social francés y la orientación del Estado y de su función pública. Nicolas Sarkozy ha anunciado una mezcla de reformas que van dirigidas hacia un mayor realismo (que se traducirá en una cobertura social menor y, en el futuro, más dependiente del nivel de ingresos) y una reducción de las dimensiones y las actividades del sector público, incluidos los estímulos para que los funcionarios se retiren. Se trata, como han hecho ya otros países europeos, de disminuir el Estado y la parte correspondiente al gasto público en el producto nacional.

Nicolas Sarkozy empieza con una base sólida de popularidad. Porque, hasta hoy, es el que cumple sus promesas, y ha logrado prolongar el impulso de las elecciones. Pero sabemos también que ésta es una opinión pública difícil, que se resiste no a la idea de la reforma, pero sí a las reformas (en Francia siempre se ha pensado que todas ellas favorecen a una minoría privilegiada), en un país que, por desgracia, se distingue por el hecho de que confiamos poco en los demás (en Irlanda y Dinamarca, una de cada dos personas confían en los demás; en Francia, sólo una de cada cuatro).

La otra ventaja de Nicolas Sarkozy es que no es lo que se esperaba la derecha ni lo que se esperaba la izquierda. El electorado de derechas creía que iba a gobernar con los de su bando y que sus reformas serían otros tantos golpes a la Francia de izquierdas. Sin embargo, Nicolas Sarkozy empezó con la “apertura”.

La apertura consistió en reunir a una serie de personalidades emblemáticas, cuyo mascarón de proa es, evidentemente, Bernard Kouchner. Consistió asimismo en un equipo de gobierno compuesto en su mitad por mujeres y que reflejaba la diversidad étnica de la sociedad francesa. Prosiguió con el llamamiento a personajes cualificados como Jacques Attali, viejo sherpa de François Mitterrand, encargado de recomendar medidas para facilitar el crecimiento económico de Francia y mejorar la adaptación del país a la globalización.

En la Asamblea del Medef (la asociación de empresarios, agrupación de derechas por excelencia), el nombre de Jacques Attali suscitó abucheos, a los que Nicolas Sarkozy respondió: “¡Qué quieren que les diga, soy el director de recursos humanos del Partido Socialista!”.

Una de dos: o bien la “apertura” se reduce a una reunión de personalidades, por brillantes que sean, y entonces el centro de gravedad del sarkozismo volverá a su lugar natural, en la derecha, o bien es una auténtica política y entonces tendrá que extenderse a la sociedad civil, es decir, a los sindicatos, con la implantación de una nueva forma de relacionarse con ellos; en ese caso, el sarkozismo se afianzará en el centro—derecha y seguirá sorprendiendo a la izquierda.

Esta última, que por ahora se encuentra caída en desgracia, pendiente del estado de gracia del que goza Sarkozy, dijo que el recién llegado era la abominación de la desolación. Un error, porque el pragmatismo del nuevo presidente, su vocabulario simple y próximo al pueblo (al día siguiente de su visita a los empresarios recorrió un supermercado de las afueras para juzgar por sí mismo los efectos de “la carestía de la vida”), y la ausencia de cualquier sectarismo al escoger a las personas que forman su equipo les han pillado a contrapié. A ello se añade una especie de fascinación de la gente de izquierdas por este personaje tan simpático, de modo que cada cual está al acecho de alguna cosa, un gesto, su aprobación, un signo. En Francia se denuncia a menudo que existe una “corte” alrededor del monarca. Pero, aunque es cierto que tenemos esta aberración que es la monarquía constitucional absoluta, que da al presidente superpoderes exclusivos, los comportamientos cortesanos son, sobre todo, obra de los propios franceses. Nicolas Sarkozy, al empezar su reinado, está aprovechándolos mucho más que su predecesor.

Ahora bien, el éxito no está garantizado. Las circunstancias económicas han dejado de ser favorables: sin un superávit de crecimiento, al presidente le será más difícil ofrecer las contrapartidas en materia de poder adquisitivo que había prometido, a cambio de que se aceptaran las reformas. Y su centro de gravedad no está claro todavía. Él no es ningún ideólogo. Es fundamentalmente pragmático. Pero a veces cede excesivamente ante la fracción más dura de la derecha, por ejemplo a propósito de la inmigración, mientras que la sociedad francesa, en su mayoría, es acogedora, y soportará cada vez peor los dramas inevitables que la presión sobre las familias de los inmigrantes va a provocar de forma irremediable. La apertura, entonces, se habrá terminado.

Desde este punto de vista, la gran semana presidencial deja entrever los que pueden ser los límites del sistema Sarkozy: ha franqueado bien el cabo del primer anuncio sobre reformas sociales. Los sindicatos, en general, no protestan más que sobre los retrasos, y están abiertos a la discusión. Y al día siguiente, al hablar ante los funcionarios, les concede un pequeño “peculio” para animarles a irse. La humillación está garantizada, y corre el riesgo de ver cómo se movilizan —los sindicatos estarían obligados— sectores más amplios de la opinión pública.

Todo está abierto, por consiguiente; todo vacila. En la actualidad, Sarkozy sólo tiene una doctrina: el movimiento, la rapidez. Su verdadera ambición es ser el Blair francés. Ser para la derecha francesa lo que Tony Blair ha sido para la izquierda británica. Así ofrecería una mezcla inédita: el bonapartismo en la forma de comportarse y las costumbres políticas, y el blairismo en el contenido. ¿Blair y Bonaparte en una misma lucha? ¡Sarkozy puede!

*Ex director del diario Le Monde.

Vía: www.lemonde.fr

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