Entrevista con el politólogo francés, autor de Y vendrán… las migraciones en tiempos hostiles.

Este argelino naturalizado francés y asesor de Ségolène Royal vaticina que las migraciones desde África hacia Europa aumentarán. Y que ningún país podrá impedirlas; es la ley de la Historia. Por eso apuesta por organizar de manera coherente los flujos de migración y por implementar políticas que favorezcan el codesarrollo. En su opinión, si Europa sigue tratando la inmigración como un simple factor económico y con métodos policiales, seguirá viendo llegar lo inevitable: más barcos.


Hay palabras que llevan en sí el infortunio, que evocan conflictos, miedos, sufrimientos. Palabras malditas, preñadas de significados: emigración, inmigrante, extranjero. Desde hace unos años, unas décadas ya, estas palabras tienen la engañosa pretensión de describir una realidad y al mismo tiempo explicarla: dicho de otro modo, se han convertido en prejuicios. También, en desafíos políticos.

Con estas líneas, abre el experto en migraciones Sami Naïr su última obra, Y vendrán… Las migraciones en los tiempos hostiles (Ediciones del Bronce 2006). Al momento de efectuarse esta entrevista, el 11 de febrero de 2007, el Derecho Marítimo mantenía en aguas mauritanas a 378 náufragos asiáticos y subsaharianos que desconocían si, tras varios meses de travesía, lograrían por fin alcanzar puerto europeo. Largas negociaciones entre autoridades mauritanas y españolas concluyeron en un permiso para atracar el Marine I en Mauritania y trasladar parte de sus tripulantes a España, para su repatriación. Era el último aluvión de indocumentados que escupía el mar. También el que más personas hubiera desembarcado hasta ahora en Canarias, destino final del buque. Ese destartalado carguero originario de Costa de Marfil es el último gran cayuco que ha molestado las conciencias de las sociedades occidentales. El más reciente… No el último. En el futuro habrá otros barcos fondeando los países ricos.

Sami Naïr (Tlemcen, Argelia, 1946) —ex europarlamentario, politólogo filósofo, sociólogo, catedrático, especialista en movimientos migratorios, autor del concepto de codesarrollo, voz destacada del progresismo en Europa, asesor del gobierno de Lionel Jospin entre 1997 y 1999 y presidente del Instituto de Estudios e Investigación Euromediterráneo (IEREM)— lo advierte: en el futuro, la movilidad de los seres humanos será aún mayor: «No cesará».


INGENUIDAD A LA EUROPEA
Una Unión Europea con 27 países, ¿para cuándo una política común de inmigración?
Hay que olvidarse de esa idea ingenua. Es algo imposible. Los países miembro tienen intereses diferentes respecto a la inmigración y opiniones muy distintas sobre cómo gestionar los flujos migratorios y los niveles de apertura de sus fronteras a los no comunitarios. La Unión Europea tiene una visión de la inmigración estrictamente económica: abre y cierra las puertas en función de sus intereses económicos, sus demandas de mano de obra barata. Luego, el carácter humanitario de las políticas de integración tiene que ver con cada país de acogida y con su identidad colectiva. Cada país tiene el derecho legítimo de controlar estos flujos migratorios en función de sus necesidades. Fíjese en lo que sucedió en España estos últimos tres años, después de la regularización masiva de inmigrantes en 2005. Si los españoles hubieran tenido que pedir autorización para legalizar a ese millón de trabajadores, nunca podrían haber desarrollado el proceso. No necesitamos un comisario europeo para gestionar los flujos migratorios con destino a Europa. Sí una política de crecimiento económico para garantizar los derechos y deberes de los inmigrantes. Sí una concepción más coherente de la gestión, sobre todo en cuanto a las fronteras. Quizá los países europeos tendrían que reconocer oficialmente que se han convertido en países de repoblación.

Combatir la inmigración ilegal. ¿Tanto discurso nos lleva a eludir otras posibilidades, sin combate? Un término muy belicista, por otro lado.
Nunca desde comienzos del siglo XX habíamos asistido a tantos discursos, tesis, artículos, películas y reportajes sobre los inmigrantes y los extranjeros. Ahora, tenemos una mirada policíaca hacia la inmigración, a pesar de que contamos ya con cierta experiencia. Sucede con la política de externalización de la Unión Europea en los países no comunitarios considerados como países de segundo círculo en la gestión de las migraciones. Europa instala campos de internamiento en el exterior de sus fronteras. En Argelia, en Marruecos y en el sur de Libia existen importantes centros de retención de inmigrantes donde no se respetan los derechos humanos. Es fundamental salir de esta visión y entender que los flujos migratorios son absolutamente inevitables y la única manera de poder organizarlos es coordinando su gestión, de manera conjunta, con los países de origen y con los países de tránsito. La cuestión fundamental estos días no es el cierre de fronteras, sino la organización de la movilidad.

Como experto, ¿cuáles son sus recomendaciones?
Hay que permitir a la gente ir y venir. La mayoría de los inmigrantes que llegan a Europa no desean asentarse de manera definitiva. La solución elegida a mitad de los años 70 —cierre masivo de fronteras y marginalidad de los demandantes de asilo— no ha hecho otra cosa que incrementar la llegada de inmigrantes. Amenazados con perder los permisos de residencia o de trabajo cuando salen del país de acogida por largo tiempo, acaban por traer a sus familiares y olvidarse del retorno. Los inmigrantes ayudan a sus países de origen y está en nuestro deber apoyarles. Necesitamos organizar esas idas y vueltas y permitir a la gente transitar de manera libre. Es la única forma de poder luchar contra los flujos clandestinos. Olvidarse de esa concepción instrumental basada en los intereses económicos y entrar en una en una visión de codesarrollo.


CODESARROLLO: LA MANERA NATURAL DE BENEFICIARSE
¿Cómo es esa visión?
Codesarrollo significa utilizar una parte de la riqueza del país de acogida para ayudar al de origen y favorecer su estabilización. Y, eso, unido a una profunda labor pedagógica que cambie las mentalidades de Norte y Sur. Es una propuesta para integrar inmigración y desarrollo de forma que ambos países, el emisor y el receptor, puedan beneficiarse. Es decir: una forma de relación consensuada con el fin de que el aporte de los inmigrantes al país de acogida no se traduzca en una pérdida para el país de envío. Una investigación de la Comisión Europea de 1992 concluyó que las remesas de inmigrantes marroquíes en Europa generaban idéntica riqueza que la exportación de fosfatos (principal activo económico del país magrebí). Marruecos entendió el concepto y supo aplicarlo. Los marroquíes que trabajan ahora en Europa pueden regresar a su país, construir una casa, montar un negocio. Toda la inmigración debería funcionar así. Además, más allá del aspecto estrictamente económico. Los inmigrantes aprenden los mecanismos de los países europeos y, cuando retornan, favorecen la democratización de sus lugares de origen. Es el caso de las colectividades territoriales en Túnez y Argelia. Por lo que nos toca, España y Francia son países con una sólida cultura ciudadana. Eso también sirve a los países de origen de los inmigrantes que residen aquí. La inmigración puede ser una suerte cuando no está vista sólo como un vector económico.

¿Alejarse de la perspectiva liberal?
Cuando se permite que el mercado sea el que, de manera libre, decide cómo gestionar los flujos migratorios, se cae en una política estrictamente liberal. Los países de acogida no quieren perder mano de obra —inmigrantes— y aceptan y siguen pidiendo más trabajadores baratos. Necesitan médicos, juristas, técnicos… Toda suerte de perfiles. El Norte demográfico decae, el Sur humano asciende. Menos y más, en números demográficos. Se trata de unas migraciones compuestas por gente joven y dinámica, capaz de soportar malas condiciones de acogida en los países ricos, donde la población es cada vez más vieja. Hay que establecer convenios de desarrollo que permitan a una parte de la población migrante educarse y formarse sin romper lazos. Un inmigrante que llega para estudiar y que corre el peligro de perder su permiso, termina por permanecer en el país de acogida de manera irregular. Este es el problema central. No hay que mirar muy lejos para observar este fenómeno. Antes de ingresar en la Unión, los flujos migratorios del interior de las fronteras europeas estaban sobre todo integrados por portugueses. Más de un millón cada año. Todo eso acabó con la libre circulación de trabajadores que beneficia a los miembros de la Unión Europea en territorio comunitario.

Pero Europa no puede integrar a todos los países generadores de inmigración en su sistema.
Pero puede organizar los flujos migratorios de manera coherente. La otra solución, la vemos cada día: son las tragedias migratorias. Los barcos y cayucos que no dejarán de llegar. Y mañana habrá más. La solución actual mezcla una visión cínica del mercado con comportamientos policíacos. Habría que plantearse de entrada la cuestión del derecho de la inmigración a la ciudadanía plena y total en el país de acogida. Este derecho a la  residencia debería conllevar la adquisición de la nacionalidad.

Y favorecer la circulación, ¿no?
Facilitar o poner trabas a la circulación de los hombres tiene repercusiones sobre el desarrollo de los países de origen, sobre la balanza comercial Norte-Sur y sobre la naturaleza de los flujos migratorios. Cuantos más obstáculos, mayor riesgo de inmigración irregular. Los frenos tampoco acabarán con la ilegalidad, como tampoco reducirán el atractivo de las sociedades europeas para los inmigrantes. No hay ni que decir que dicha movilidad hay que organizarla conjuntamente para que no desemboque en anarquía. Bien gestionada, responderá mejor a las necesidades de los países de acogida y a las de los de origen.

Habló del caso marroquí…
La mayoría de los inmigrantes marroquíes residentes en Francia regresa cada año a su país. El retorno puede obedecer a cuestiones familiares, pero también a económicas. Un sondeo en la región de Casablanca mostraba que, tras las vacaciones, la segunda razón del retorno era controlar un comercio abierto en Marruecos, abastecido con productos de Europa. Pero también los senegaleses se mueven así. Venden en Francia, Italia o España productos africanos y llevan a África productos europeos. Cuando han reunido dinero suficiente, abren una tienda en Senegal donde comercian con mercancía europea. No se elige el exilio de buen grado. El emigrante que pueda beneficiarse de las ventajas de Europa, sin tener que abandonar de manera definitiva su país, mantendrá lazos con ambas orillas y será un apoyo natural para el codesarrollo.

EL PLAN ÁFRICA RESULTA INSUFICIENTE
Usted percibe la inmigración como una cuestión de cooperación y desarrollo y no sólo como un instrumento del mercado laboral. Algo así pretendía España con el Plan África.
El Plan África es una gota de agua en el océano. Ha llegado un poco tarde. No es una respuesta significativa a las demandas migratorias, que, por otro lado, son tremendas. Sin un verdadero Plan Marshall para desarrollar África, estas iniciativas pueden tener un 20 por ciento de éxito y un rotundo 80 de fracaso. La razón esencial es el desarrollo económico. África es un continente que ha permanecido tranquilo los últimos treinta años, que ha registrado un importante crecimiento demográfico los últimos veinte y que carece de inversiones extranjeras privadas. Las europeas suponen, a lo sumo, un 2 por ciento del total. África va a ser el gran problema de la Unión Europea en los próximos 25 años. La única vía para aliviar la llegada de africanos, en lugar de seguir construyendo muros, es organizar una conferencia internacional con los países exportadores de inmigrantes y las naciones vecinas para ver cómo puede ayudárseles a estabilizar sus poblaciones. No se puede contestar a las tremendas necesidades de África  con medidas disuasorias.

Si con un Plan África no basta y los europeos no están dispuestos a un Plan Marshall, ¿qué queda?
Aparte de las conferencias a las que me refiero, al debate entre las dos orillas, y la búsqueda de soluciones conjuntas, hay algunas medidas, experimentadas con éxito. Las oficinas de contratación en origen, por ejemplo, que impulsa España en algunos países africanos. Yo mismo las propuse tiempo antes, cuando era delegado interministerial para el Codesarrollo y las migraciones en el Gobierno de Lionel Jospin en Francia.

Y VENDRÁN…
¿Lo que tampoco impedirá las oleadas de irregulares?
La demanda migratoria de los países del Sur sigue muy presente en las relaciones entre las dos orillas y probablemente nada la detendrá. No hay nada excepcional en este hecho. Ellos vendrán. La historia humana fue durante varios milenios la de unas incesantes migraciones. Las naciones no han podido eludir nunca las migraciones, ya sean externas o internas. No hay ninguna razón para que hoy ocurra de otro modo.

(La víspera a esta conversación, Naïr cerraba, junto a otros asesores del Partido Socialista francés, el discurso con que Ségolène Royal —candidata a las presidenciales de abril de 2007— desvelaría su programa electoral. Minutos después de despedirse de Teína, salía hacia Villepinte, en las inmediaciones de París, para escuchar a Royal anunciar el proyecto de fundación de una nueva República, la VI de un país que se proclama «de inmigración»).

Vía: www. revistateina.com

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