Publicado en La Vanguardia, España. Artículo de opinión Por Fred Halliday.

La matanza de seis soldados españoles ocurrida el 24 de junio en Líbano es el último incidente de una serie de acontecimientos dramáticos y muy inquietantes que han afectado a ese país y también a Palestina en las últimas semanas. La ciudad de Jiam, que ya había adquirido mala fama como emplazamiento de una cárcel donde los israelíes y sus aliados libaneses recluyeron hasta dos mil presos árabes, se ha hecho famosa una segunda vez. La dramática cadena de acontecimientos se inició el 20 de mayo con el estallido de intensos combates entre el ejército libanés y los islamistas palestinos en la ciudad de Trípoli. A ello siguió la explosión de la guerra entre Al Fatah y Hamas en Gaza y Cisjordania, que condujo el 15 de junio a la partición efectiva de Palestina. Ahora se ha producido el criminal ataque contra las fuerzas de paz españolas cerca de Jiam.Estos tres acontecimientos están en realidad ligados, puesto que marcan la culminación de un proceso que se remonta a principios de la década de 1980 y que estaba orientado a debilitar a la OLP y a quien era entonces su jefe, Yasir Arafat. La iniciativa fue tomada en este asunto por dos estados, Siria e Israel, que intentaron, en razón de sus intereses, promover rivales de la OLP; el resumen más famoso de esta política es una célebre frase del entonces asesor de Seguridad Nacional estadounidense Zbigniew Brzezinski: “Bye, bye, OLP”. La esperanza de Brzezinski se ha realizado en parte, aunque cabe discutir si se han obtenido las ventajas buscadas por él y sus colaboradores sirios e israelíes.

El estallido el 20 de mayo pasado de los combates en la ciudad septentrional libanesa de Trípoli enfrentó al ejército libanés, que tenía formalmente prohibido desde 1969 entrar en los doce campos de refugiados palestinos del país, con un grupo islamista militante de tendencia suní, Fatah al Islam. La organización, que se dio a conocer el 20 de noviembre del 2006, es uno de los múltiples grupos aparecidos entre los palestinos de Líbano. Fatah al Islam es el principal sospechoso de la matanza de los seis soldados españoles.

Los militantes suníes que controlan hoy los campos palestinos y que son los probables sospechosos del ataque contra el contingente español no están dispuestos a tratar con las autoridades libanesas, a quienes consideran agentes de Estados Unidos e Israel; aunque tampoco actúan bajo las órdenes de los sirios, a pesar de las acusaciones en tal sentido del Gobierno de Beirut. No cabe duda de que su crecimiento ha sido resultado del modo en que Siria, junto con Irán, intentó disminuir la influencia de la OLP en Líbano en la década de 1980, promoviendo divisiones en la organización de Yasir Arafat y destinando cada vez más recursos, en dinero y armas, a grupos disidentes más pequeños. A partir de mediados de la década de 1980, los nuevos grupos militantes suníes se hicieron con la iniciativa en los campos de refugiados; su influencia se vio muy reforzada tras el acuerdo de Oslo de 1993 entre la OLP e Israel: para los 400.000 palestinos de los campos libaneses, significaba la renuncia al derecho a regresar a las tierras que ellos y sus padres habían tenido que abandonar en 1948. Esos nuevos militantes recurrieron cada vez más a la retórica de la militancia yihadista suní, denunciaron la “conspiración arafatista—sionista” (como bautizaron a Oslo), a los “amodorrados” regímenes árabes y a los clérigos musulmanes pro—Golfo (a quienes llamaron “jequistas”), y cayeron a través de múltiples canales de contacto informal bajo la influencia de Al Qaeda. El hecho de que Abdulah Azzam, uno de los padres intelectuales de Al Qaeda y de la ideología de la yihad global fuera palestino, consolidó el vínculo.

En la práctica, significó que hacia el 2000 la población palestina de Líbano había caído bajo el control de los grupos milicianos y religiosos que no rendían lealtad a ningún Estado. Si bien Siria les permitió desarrollarse, como elemento de la rivalidad de Damasco con Arafat, esos militantes se aliaron cada vez más con los Hermanos Musulmanes, la principal oposición al régimen baasista sirio. Y, aunque Irán había apoyado la expulsión de la OLP a través de sus Guardianes de la Revolución en Líbano y de su aliado Hizbulah, los yihadistas palestinos de los campos libaneses acabaron por oponerse al chiismo, en un reflejo de la ideología antichií de Al Qaeda y sus socios en Pakistán, Arabia Saudí y Afganistán. Y acabaron por repetir las acusaciones según las cuales los chiíes no son verdaderos musulmanes, sino que son en realidad politeístas, puesto que con la excusa de venerar santuarios de imanes y santos chiíes adoran a más de un Dios. Hizbulah también es denunciado por su participación en el sistema político libanés, igual que lo es Hamas por su participación en las elecciones y el gobierno palestinos; los yihadistas de Líbano, como sus homólogos de Iraq y Afganistán, rechazan semejantes connivencias con instituciones y estados ilegítimos. La incomodidad de Hizbulah ante el ataque contra los soldados españoles es, en este contexto, genuina.

Las consecuencias a largo plazo de esta hegemonía yihadista en los campos palestinos no presagian nada bueno. Es una crisis que se ha ido larvando a lo largo de dos décadas. El Estado libanés, que no desea conceder a los refugiados palestinos la residencia o el empleo permanentes ni otros derechos en Líbano, se contentó con no intervenir en los campos. Pero la militancia no puede aislarse. De ahí las falsas acusaciones lanzadas por políticos sirios de una responsabilidad siria y el aumento de la intolerancia y la rabia de gran parte de la sociedad libanesa. El comentario hecho por un libanés de que habría que mandar un B—52 y arrasar los campos palestinos resulta indicativo del sentir de la opinión pública libanesa. Al mismo tiempo, los yihadistas han expulsado a las organizaciones educativas y asistenciales que antaño proporcionaron un mínimo apoyo. Presas del puritanismo feroz característico de sus compadres de Al Qaeda, los grupos yihadistas han prohibido los vídeos, han censurado la televisión con el objeto de excluir a todas las presentadoras de noticias y han impuesto férreos controles a las mujeres. Entre los aspectos más siniestros de este nuevo régimen social se encuentra el derecho concedido a cualquier varón yihadista de matar a quien sospeche que es una comunista,en referencia a toda mujer que quebrante el control patriarcal y autoritario.

La insurrección de Hamas en Gaza es la culminación paralela de la misma historia. Nadie dice que Israel o Siria hayan creado solos Hamas: Hamas es la forma moderna de una tendencia que ha existido en la sociedad palestina durante muchas décadas, ligada al movimiento panislamista de los Hermanos Musulmanes. Surgidos en Egipto en 1929, los Hermanos desempeñaron un papel importante en el primer levantamiento palestino, el de 1936: de ahí la invocación por parte de Hamas al jefe de los Hermanos Musulmanes Ezedin al Qasam, en un claro intento de poner en duda la legitimidad de una OLP y un Al Fatah laicos, apropiándose de un islamista asesinado en 1935. Ahora bien, en las décadas de 1970 y 1980 los israelíes permitieron que grupos educativos islamistas en Gaza y Cisjordania abrieran universidades y recibieran financiación de Arabia Saudí, del mismo modo que Siria ha ofrecido protección en Damasco hasta el día de hoy al dirigente político exiliado de Hamas Jaled Mishal.

El caso de Gaza ilustra el modo en que también opera la tendencia alternativa, la adopción de grupos guerrilleros por parte de estados que buscan reforzar su influencia. Desde el estallido de la primera intifada palestina en 1989 y la división entre los grupos palestinos por los acuerdos de Oslo de 1993, la lealtad de Hamas se ha inclinado cada vez más hacia Irán; Irán es el país que ha armado y financiado ese movimiento desde su victoria electoral de febrero del 2006. Cabe sospechar que el gran número de mujeres partidarias de Hamas que regresaron de la peregrinación a La Meca en avanzado estado de gestación (en realidad, escondían dinero bajo la ropa) había recibido esos fondos de Irán y de diversos donantes de la península de Arabia. Como han dejado bien claro las recientes informaciones aparecidas en La Vanguardia,el golpe de Estado de Hamas en Gaza estuvo bien preparado y comportó sin lugar a dudas una estrecha colaboración con Irán.

También en Iraq, Irán ha intentado ejercer el control sobre sus múltiples seguidores tras la invasión estadounidense del 2003. Sin embargo, también ahí resulta patente la pérdida de control de los estados sobre sus partidarios radicales, aunque todavía no se reconozca. Si bien en el 2003 y el 2004 podía decirse que Irán ejercía una amplia influencia — cuando no un control cotidiano— sobre los chiíes de Iraq y sus dirigentes establecidos (como el ayatolá Sistani), en los dos últimos años ha dejado de ser así. Con el auge de Moqtada al Sadr y la fragmentación de su milicia y con el empeoramiento del ciclo de violencia espontánea entre suníes y chiíes, también Teherán ha perdido en gran medida control en Iraq, al menos por el momento.

Por tanto, es probable que la decisión de Irán y Estados Unidos de negociar directamente sobre Iraq llegue demasiado tarde: de haberse reunido y alcanzado un acuerdo en el 2003 o el 2004, como hicieron en la conferencia de Bonn a propósito de Afganistán en el 2001, habrían logrado estabilizar y reforzar el Gobierno posbaasista que a todas luces deseaba la mayor parte de los iraquíes. En Líbano, la negociación con los grupos radicales yihadistas es imposible. En el conflicto árabe—israelí, la gran tragedia para palestinos e israelíes fue que cuando en 1993 llegaron por fin a un acuerdo — si bien imperfecto— en Oslo, resultó ya demasiado tarde para que cualquiera de las dos partes lo cumpliera: el auge de Hamas por un lado y de los detractores de Netanyahu por otro aseguró su fracaso. En ninguno de los dos bandos existió lo que en Irlanda se ha llamado un consenso suficiente.

Como han demostrado los acontecimientos en Trípoli, Gaza y ahora el sur de Líbano, es posible que sigamos viendo muchas sorpresas y cambios dramáticos. Por encima de todo, en Iraq, todo Oriente Medio — cuando no todo el mundo— está pendiente de si los estados son capaces de restablecer a largo plazo el control sobre los acontecimientos y limitar las consecuencias de esta guerra.

Vía: www.lavanguardia.es

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