Publicado originalmente el 17 de junio en La Nación, Argentina. Artículo de opinión Por Mariano Grondona.

Las acciones humanas responden a una inspiración altruista cuando su autor busca beneficiar a algún otro (“altruismo” viene del latín alter, que significa “otro”). Se supone, por ejemplo, que los padres, cuyo día celebramos hoy, son altruistas en relación con sus hijos. Las acciones humanas son egoístas, en cambio, cuando su autor busca beneficiarse a sí mismo (ego, en latín, “yo”).

Convengamos que en la vida política han abundado desde siempre las acciones egoístas. Por eso perduró a través de los siglos la sentencia de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) según la cual la preocupación central del político es obtener, retener y ampliar el poder. Esta preocupación puede ser criticada por razones morales como lo hizo Aristóteles (384-322 a.C.) en La política, cuando escribió que el gobernante debe buscar antes que nada el “bien común”; que debe ser altruista.

Lo que nos interesa en este artículo, empero, no es la crítica “moral” de las acciones políticas -un rubro amplio si los hay- sino su crítica racional, entendiendo aquí por ” racional ” la conducta de quien utiliza los medios adecuados para alcanzar el fin que se ha propuesto. Tendríamos que determinar entonces en qué medida nuestros políticos, aun cuando sean egoístas, son además eficaces. No es nada fácil, después de todo, ser un egoísta eficaz.

Costos y beneficios

El político procura minimizar los costos y maximizar los beneficios de sus decisiones. Ello no es fácil porque hay dos clases de costos y dos clases de beneficios. Después de suponer que los hombres procuran naturalmente mejorar la cuenta de sus placeres, el griego Epicuro (341-271 a.C.) distinguió entre dos clases de placeres: el placer cinético , que es el que se logra en el instante, y el placer catastemático , que viene más tarde. Si comemos moderadamente, por ejemplo, nos privamos del placer “cinético” de la gran comilona a cambio del placer “catastemático” de sentirnos bien después por haberla evitado. El sabio, según Epicuro, prefiere el placer catastemático.

Si hoy resucitara para juzgar las acciones del presidente Kirchner, ¿lo calificaría Epicuro de cinético o de catastemático? Cuando debió encarar el problema energético, Kirchner pudo optar entre un dolor o costo cinético, el alza de las tarifas, que le habría traído protestas generales aun cuando hubiese procurado afectar lo menos posible los consumos populares, o el placer cinético de mantenerlas para la inmediata satisfacción de los usuarios.

Pero el problema es que el placer cinético trae finalmente un dolor catastemático. En medio de él se halla Kirchner hoy, con los cortes de gas y de electricidad y con la escasez de gasoil a las puertas. Si Kirchner hubiera optado por ajustar a tiempo las tarifas, hoy tendría el placer catastemático de disfrutar de una generosa oferta energética porque las empresas, ante tarifas razonables, hubieran invertido en abundancia.

No lo hizo. Su opción por el corto plazo en detrimento del largo plazo, ¿convirtió entonces al Presidente en un gobernante sabio? Si los cortes se hubieran producido de aquí a unos años, en los tiempos del próximo gobernante, entonces diríamos que Kirchner, sin ser sabio, había sido al menos astuto al evitar que el costo catastemático del congelamiento de las tarifas lo afectara durante su gobierno. Pero el temido largo plazo lo sorprendió a fines de su propia presidencia. ¿Cuál fue entonces su grado de astucia si los cortes y la escasez lo cercan ahora, en plena campaña electoral?

Toda medida política, aun cuando persiga un beneficio, tiene un costo. ¿Es posible lograr acaso beneficios sin costos? No parece razonable. ¿Fue razonable Kirchner cuando, por postergar el costo que tendría lograr un clima favorable para las inversiones energéticas, aspiró a la ecuación imposible de un beneficio sin costo?

De la Rúa incurrió en un error comparable aunque no idéntico cuando, para evitar los costos de cualquier decisión, no tomaba ninguna. De continuo hacía la “plancha”. Pero su método probó que no tomar sistemáticamente ninguna decisión para evitar un costo, que ser “avaro” para no “gastar” en decisiones controvertidas, puede conducir finalmente al mayor costo de todos: al fruto envenenado de la indecisión.

A la inversa de De la Rúa, Kirchner toma frecuentes decisiones pero quiere evitar como él, aunque por otro camino, todo costo. Hoy el costo que sólo postergó en su afán de evitar todo costo se le viene encima multiplicado.

Los “grupos de veto”

A veces el costo político es general porque afecta a todos. Esto le habría ocurrido a Kirchner, por ejemplo, con la actualización a tiempo de las tarifas energéticas. Pero otras veces el costo político proviene de la acción de grupos que, aunque minoritarios, ganan las calles porque son intensos . Por su capacidad de presionar enérgicamente a los gobiernos pese a su condición minoritaria, Natalio Botana los ha llamado grupos de veto.

Desde los piqueteros hasta los asambleístas de Gualeguaychú, pasando por aquellos que hoy cortan rutas y calles en apoyo de sus demandas, todos ellos son, hoy, “grupos de veto”. Lo mismo pasa con los vengadores de los años setenta disfrazados de militantes de los derechos humanos. ¿Qué ha hecho frente a todos ellos el Gobierno? Ha omitido ponerlos en orden con las medidas moderadas de contención que hoy utilizan todos los gobiernos civilizados, por confundir, como si fueran sinónimos, “orden público” con “represión”. Pero el presidente Kirchner acaba de confesar que se siente, en el fondo, un “anarquista”. Pero ser anarquista es el único lujo que ningún gobernante se puede dar.

¿Qué hará el Gobierno ahora que los “grupos de veto” de toda forma y color han ganado las calles? La impunidad de los revoltosos se ha extendido hasta los estudiantes secundarios, con la complicidad de algunos de sus progenitores, quienes, por no pagar el costo de parecer severos, han declinado la autoridad paternal para convertirse en sus improbables “compañeros”.

Maquiavelo escribió en El príncipe que a veces el príncipe que parece el más piadoso termina por ser el más cruel. Si hubiera preferido en cambio parecer cruel para frenar el desorden a tiempo, el príncipe previsor no tendría que recurrir más tarde, cuando la indisciplina ha cundido hasta volverse ingobernable, a medidas que nunca habrían sido necesarias con una módica ración de firmeza inicial.

¿Cómo hará el Gobierno hoy para devolverle la tranquilidad a una sociedad acosada por el desorden generalizado de los “grupos de veto”, de los que participan hasta menores de 14 años, como lo ha demostrado la toma de la escuela Carlos Pellegrini? ¿Podrá ser piadoso todavía, antes de que sea demasiado tarde?

Algo similar ocurre con la inflación. Si se siguen congelando artificialmente los precios, ¿asistiremos un día a la indeseable reproducción del “Rodrigazo”? Decía el cardenal Richelieu (1582-1642), en su Testamento político , que los peligros que acechan al hombre de gobierno son sólo de dos clases. Si los ha previsto a tiempo, aunque sean grandes, le resultarán controlables. Es cuando no los ha previsto a tiempo que, aunque hayan sido pequeños al comienzo, terminan por volverse incontrolables.

Vía: http://www.lanacion.com.ar

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