Publicado en El Clarín, artículo de opinión por Gustavo Blutman*

El debate sobre el rol del Estado ha recobrado vigencia en estas páginas. Así se dieron cita, desde la postura oficialista, significativos avances, con énfasis en la modernización tecnológica, hasta críticas a ese “puñado de buenas noticias” aunque insuficientes ante el alto deterioro estatal.

Las discusiones también caen en falsos reduccionismos. Por un lado, las miradas del Estado mínimo —clásico de las reformas neoliberales de los 90—, y por otro las posturas del Estado omnipresente, supuestamente reclamado por la ciudadanía para que le resuelva todos sus problemas.

Cualquier tendencia que se adopte tendrá su correlato ideológico, su punto de vista parcial y la arbitrariedad de enfocar un aspecto que se considere sustantivo.

Se ha planteado que la implementación de nuevas tecnologías es importante, pero sabemos que la accesibilidad de la población a las mismas es limitada. Tampoco podemos exigir que desde la Subsecretaría de la Gestión Pública se solucionen todos los problemas que tiene el Estado.

Potenciar la gestión del Estado es enfocar en un punto crítico los esfuerzos estatales y que eso repercuta en el aparato público y en el conjunto social. De allí consideramos la necesidad de que la cultura organizacional de la administración pública, altamente burocratizada, reglamentarista, basada en la normas, profundamente apática, se transforme en una cultura que privilegie la interacción, que se oriente a los resultados, que fortalezca la innovación, que se preocupe tanto por el desempeño individual como el grupal.

El cambio se hace con la gente, tanto la que ocupa un espacio laboral en la administración pública como la que recibe un servicio que presta el Estado.

Cuando pensamos en un empleado público la imagen que se asocia es la de la empleada personificada por el actor Antonio Gasalla. Esa mirada es válida pero parcial. Existen muchos empleados de ese estilo, pero también hay maestros en escuelas públicas que imparten clases ante 40 alumnos —en muchos casos desnutridos— o médicos y enfermeros que atienden gran cantidad de pacientes en condiciones precarias por la situación de algunos hospitales.

La cultura organizacional con una alta rutinización de tareas y apegada excesivamente a lo procedimental ha impactado negativamente sobre la performance de la administración pública.

La implementación de modelos como el de las agencias gubernamentales terminaron acoplándose a los sistemas burocratizados ya existentes. Más que mecanismos con contratos específicos, planificación estratégica y orientados a resultados, eran una suerte de “apéndices” de la estructura burocrática; en parte por responsabilidad del organismo que los incluía en el engranaje de las diferentes áreas de la estructura público—jurídica, de sistemas, de recursos humanos, de presupuesto, etc.

Pensar en un Estado mejor implica considerar también una transformación integral en base a ejes estratégicos, para lo cual el cambio en la cultura organizacional es un tema que no puede dejar de plantearse a los efectos de generar un mejor desempeño del Estado.

*Profesor e Investigador de la Facultad de Ciencias Económicas (UBA)

Vía: www.elclarin.com 

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