Hace algunas semanas encontré un post en el blog de Fernando Flores donde hace referencia a Juan Freire quien escribió una interesante nota sobre las dificultades que suele presentar la transferencia de tecnología en las universidades, a raíz de un editorial leído en la revista Nature. Sin embargo, también menciona un artículo publicado en la misma revista donde se menciona el caso de la Universidad de Cambridge que ha concretado exitosamente un cambio en el modo de transferir tecnología. Esta nota es un resumen publicado en el blog de Fernando Flores:

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Los investigadores universitarios no suelen ser buenos emprendedores, generalmente son incapaces de visualizar las posibilidades comerciales de los resultados de su trabajo y casi nunca cuentan con las conexiones precisas en el ecosistema empresarial para convertir una idea primero en un buen proyecto y finalmente en una realidad empresarial. Por esas razones las universidades se han dotado de oficinas para la transferencia de tecnología (o resultados de investigación) que tratan de cubrir esas carencias y conectar la investigación (y los investigadores) universitaria con el entorno empresarial. Pero su eficacia es cuando menos dudosa. Estos servicios universitarios suelen “dotarse” de las mismas cargas burocráticas que el resto de la universidad y sus responsables suelen ser personas con escasa experiencia empresarial, que por tanto no aportan el know-how necesario para la creación de una nueva empresa o la transferencia de una tecnología a una empresa ya existente que la haga llegar al mercado. En mucha menor medida estos servicios son capaces de actuar como facilitadores que posibiliten el trabajo conjunto de científicos universitarios y del sector privado para generar innovación conjuntamente. Por tanto, estas oficinas ni cumplen un papel relevante en la innovación tradicional unidireccional ni en los nuevos modelos organizativos que permiten configurar redes de innovación mixtas. Además suele existir un cierto rechazo en la parte más conservadora de la comunidad universitaria a este tipo de oficinas dado que significan para este sector la mercantilización de la universidad y el “ánimo de lucro”, o sea mercado y competencia que suelen ser considerados como enemigos totales del modelo de universidad pública. Como consecuencia los responsables universitarios suelen actuar tímidamente a la hora de diseñar las estrategias de estas oficinas (y dotarlas de instrumentos de gestión) cortando de raíz cualquier posibilidad de cambio que, para ser eficaz, necesitaría ser radical.

En cambio la Universidad de Cambridge ha desarrollado un proyecto que supone un cambio drástico en el modo en que se realiza la transferencia de tecnología. En concreto han creado Cambridge Enterprise, una empresa propiedad de la universidad que sustituye a la oficina de transferencia de tecnología. Esta empresa puede actuar de modo independiente de la universidad a todos los niveles: está obligada a ser rentable, competirá con otros actores públicos y privados para la captación de tecnología generada en la propia universidad y podrá utilizar modelos de gestión empresariales. Realmente existen dos tipos de críticas al papel de las oficinas de transferencia de tecnología universitarias: sobre su necesidad y sobre su modelo. Cambridge Enterprise es una buena ocasión para poder contestar a ambas críticas. Cuenta con la ventaja de trabajar en una universidad con una gran producción científica y situada dentro de un gran cluster regional de empresas tecnológicas. Por tanto cuentan con una masa crítica importante, pero aún así muchos dudan de su rentabilidad. Otras voces defienden que el objetivo final no es tanto la rentabilidad financiera como la creación de conexiones entre científicos universitarios, capital riesgo y empresas. En cualquier caso, la rentabilidad puede ser necesaria para asegurar la sostenibilidad del proyecto y permitir el desarrollo de estas redes de transferencia de tecnología.

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