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Modelos políticos internos y política exterior en América Latina


Publicado en Foreing Affairs por *Carlos Pérez Llana, Octubre-Diciembre 2007.

Resumen: Al término de los años noventa, caracterizados por el predominio de lo económico sobre lo político, América Latina ha iniciado un retorno a la política como variable definitoria de sí misma, sobre todo en América del Sur. Hoy, más que nunca, los modelos políticos internos son los que determinan la política exterior de los países de la región.

En nuestra región, es un lugar común recurrir a la vieja pregunta de si es posible hablar de “América Latina” como una sola entidad. ¿Es correcto postular su integración? ¿Hay un proyecto de unidad? La cuestión no está saldada. No obstante, uno de los aportes recientes más esclarecedores ha sido el de Mario Vargas Llosa, en su disertación titulada “Sueño y realidad de América Latina” (presentada en el Seminario Internacional “América Latina: ¿integración o fragmentación?”, organizado por la Fundación Grupo Mayan, el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el Woodrow Wilson International Center for Scholars y esta revista en abril de 2007, en la ciudad de México), donde trata de explicar por qué muchos pensadores han intentado alejarla de Occidente y convoca a realizar, en lo político, proezas semejantes a las de los creadores de la cultura latinoamericana; para ello, recomienda “menos delirios, más sensatez y racionalidad”.

No puede negarse que existen procesos vinculados al desarrollo económico y político que guardan estrechas similitudes en toda la región: colonización ibérica en el continente; guerras de independencia; creación de los Estados-nación; formación intelectual de las élites del siglo XIX; inserción en la economía internacional como proveedores de materias primas; esquemas de industrialización sustitutiva; modelos y regímenes políticos. En suma, existe una compleja agenda que nos asemeja, y que permite a analistas y observadores referirse al conjunto caracterizándolo como una unidad.

En materia de patrones de inserción internacional, encontramos diferencias y paralelismos históricos asociados a la geografía, a la dotación de recursos, a las alianzas diplomáticas y a las lecturas políticas del mundo. Postulando una singularidad latinoamericana, sí puede afirmarse que, en términos generales, los países de la región modificaron en tiempos recientes su agenda externa más por razones económicas que ideológicas. Con la excepción del régimen castrista, en la América Latina de los noventa los procesos de apertura económica, reforma del Estado y privatizaciones demandaron cambios de política exterior asociados a las transformaciones internas, cuando en el mundo el fin de la Guerra Fría fue lo que en gran medida explica el cambio de los paradigmas externos.

Tras estas salvedades, corresponde analizar, finalizada la década de los noventa, las vinculaciones existentes entre modelos políticos y política exterior. Se trata de un retorno al análisis clásico, en el cual la política está jerarquizada y la economía ocupa un lugar menos relevante, algo desacostumbrado, ya que la disciplina económica ejerció una virtual hegemonía en el espacio de las ciencias sociales latinoamericanas. Obviamente, la inversión de los paradigmas y el retorno a “primero lo político” tienen su explicación: las políticas económicas aplicadas en los noventa impactaron en el tejido social de la región al incrementar las brechas sociales. En algunos casos ese impacto hizo caer a los regímenes políticos; en otros, los gobiernos debieron hacerse cargo de políticas públicas activas y de contención social.

Esta lectura resulta insoslayable en América del Sur, pero no necesariamente apropiada para interpretar la realidad centroamericana y mexicana. En el istmo centroamericano la agenda política está fuertemente asociada a temas específicos; por ejemplo: la relación preponderante con Estados Unidos, las diásporas que vertebran una red anglohispana, las migraciones, el narcotráfico y la creciente integración intra y extrarregional. Regresando a la vinculación entre esa geografía latinoamericana y Estados Unidos, lo mejor es aludir a una agenda “interméstica”, que abarca remesas, viajes y redes crecientes. En ese mundo on line, las percepciones acerca de Washington poco se asemejan al creciente sentimiento antiestadounidense que anida en muchos países latinoamericanos.

MODELOS POLÍTICOS SUDAMERICANOS

La actual división política sudamericana se construye, primordialmente, con base en un corte: populismo vs. socialdemocracia. Sólo algunos países escapan a esta lógica: Colombia, Paraguay y Brasil.

El populismo constituye un modelo de representación de las formas de un objeto real, que responde a una vieja tradición latinoamericana. Existen, claro está, versiones civiles y militares, pero lo que da identidad al modelo es la existencia de un líder — generalmente carismático — y el rechazo a la democracia representativa. El peronismo es el arquetipo en el populismo militar como lo es el varguismo en el populismo civil. Además de la naturaleza de los liderazgos, el populismo estuvo asociado a la incorporación de los sectores bajos a los procesos de desarrollo industrial, impulsados desde el Estado, y a la creciente urbanización. En lo que hace a la política exterior, los populismos por lo general surgieron en el mundo de la Guerra Fría y se adscribieron a Occidente. Ningún populismo apostó al bloque soviético y el “tercerismo” peronista estuvo asociado a la búsqueda de una opción intermedia, entre comunismo y capitalismo, pero no buscó aproximarse al “progresismo” de inspiración marxista y afín a la Unión Soviética.

El populismo sudamericano contemporáneo se destaca por la existencia de un elemento aglutinador: el sentimiento antiestadounidense, acompañado por un discurso contra la globalización. Además, este populismo pretende encarnar la antítesis del noventismo, entendiendo por tal el neoliberalismo vulgarmente asociado al Consenso de Washington. En términos de representación, el soporte social es una alianza variopinta: nacionalismo, indigenismo, cesarismo militar, castrismo y marxismo postsoviético. El soporte externo son los petrodólares venezolanos que fluyen en apoyo de una “democracia de la calle”, surgida de las cenizas de las democracias representativas que supieron colapsarse en la primera mitad de la década, por ejemplo en Argentina, Bolivia y Ecuador. Esta alianza pudo haberse impuesto también en Perú, en el caso de haber triunfado Ollanta Humala, con el apoyo de Chávez, injerencia en plena campaña electoral que motivó el llamado de embajadores. Aún hoy el tema continúa. Así, bajo el gobierno de Alan García las relaciones han vuelto a tensarse, debido al respaldo chavista a huelguistas y activistas peruanos.

Finalmente, la evocación al populismo sudamericano contemporáneo está indisolublemente ligada a la naturaleza antirrepublicana y a su adscripción a la democracia no liberal. En efecto, estos gobiernos, cuyo epítome es el chavismo, no respetan la división de poderes, paralizan virtualmente al Poder Legislativo presionándolo con la facultad de veto organizada que se moviliza al ocupar “la calle” al servicio del gobierno y avanzan sobre el Poder Judicial. La ausencia de división de poderes, la falta de transparencia, la creciente corrupción y los ataques a la prensa confluyen en una versión de democracia donde los vestigios que aún sobreviven a ella restringen la legalidad, es decir, elecciones donde el gobierno, por medio de amenazas, utilización de dineros públicos, propaganda y distribución de favores, logra consagrarse en las urnas. La prueba de la escasa adhesión a la cultura democrática es el reeleccionismo perpetuo al que se adhieren estos populismos. El patrón común es la reforma de las constituciones y, si bien el bolivarianismo hoy no impulsa la presidencia vitalicia que postulaba Bolívar, utiliza en verdad el atajo de la reelección permanente. Venezuela ya lo ha impuesto, Bolivia y Ecuador están en camino, mientras en Argentina la variante populista es el continuismo nepotista vía la “abdicación” del presidente en favor de su cónyuge, algo que el propio Perón no hizo con su esposa Evita.

*Carlos Pérez Llana es profesor de las universidades Torcuato Di Tella y Siglo 21, en Argentina. Este trabajo sintetiza el texto titulado “Modelos políticos internos y alianzas externas”, elaborado para la Fundación Grupo Mayan, que formará parte del libro que publicará a finales de 2007.

Continúe leyendo el artículo completo en Foreing Affairs.

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5 comentarios

  1. Anónimo dice:

    agradeceria que usaran palabras mas adecuadas para estudiantes de toda edad.

  2. Que buen post. Les recomiendo ingresar a Elecciones Colombia, una página web de elecciones dedicada no solo a los temas de las elecciones presidenciales, está página también trata todo sobre candidatos, encuestas y todo lo relacionado con las elecciones de 2010.

  3. Anónimo dice:

    recien hoy leo este artículo y noto lo muy subjetivo del análisis,
    y marcado sesgo de la realidad. Cuanto siento no haber encontrado
    lo que realmente buscaba. Es Ud. un ultraderechista que no ayuda
    mucho lo que hasta en estos momentos sus “recetas” han sido im
    plementadas en los paises como España de donde es el amigo Var
    gas Llosa (peruano-español), donde los jovenes ven muy desiertos
    sus futuros.

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