Reforma económica y reforma política en China


Publicado en ESADE por Eugeni Bregolat, 31/10/2007 .

El proceso de desarrollo económico galopante de China y su impacto económico y geopolítico se han convertido en el capítulo central de la globalización. Según el Banco Mundial, “China ha hecho en una generación lo que a la mayoría de los países les ha costado siglos”. ¿Cuál es el impacto de este proceso sobre el sistema político chino? 

En 1980, dos años después de lanzar la reforma económica, Deng Xiaoping explicó: “Sin reforma política, la reforma económica no puede tener éxito. Se trata de una tarea a largo plazo, que requerirá el esfuerzo de tres generaciones”. Y añadió: “No hay que imitar a Occidente; no vamos a permitir el liberalismo burgués”.

El rechazo de la democracia liberal, sostenido por todos los dirigentes chinos desde Deng Xiaoping, obedece a varias razones: 

1) La convicción de que debilitaría el poder del Estado, haciendo imposible la adecuada conducción de la reforma económica. Los dirigentes chinos consideran que la experiencia rusa les da la razón.

2) El temor de que la energía social se dilapide en luchas políticas, en vez de encauzarse hacia el desarrollo económico, y de que desemboque, en el peor de los escenarios, en un caos similar al de la Revolución Cultural.

3) El riesgo de ver mediatizada la soberanía china. Dada la abismal diferencia de renta con respecto a los países desarrollados, el Partido Comunista Chino (PCCh) teme que una democracia liberal suponga invitar a estos últimos (Taiwán incluido) a “comprar” en China partidos, sindicatos y medios de comunicación.

China se convirtió en una colonia en nombre de la “libertad de comercio”, y teme que le pueda volver a ocurrir lo mismo, ahora en nombre de la “democracia”, que se percibe como una forma de dominación, al proyectarse sobre una gran diferencia de renta. Para He Xin, “hoy la democracia es tal vez el instrumento más eficiente para destruir un país en vías de desarrollo desde dentro”. 

Excluida la democracia liberal, los dirigentes chinos entienden por reforma política el “perfeccionamiento de la democracia socialista”. Esta tuvo su momento álgido en el XIII Congreso del PCCh, en octubre de 1987, con Zhao Ziyang como secretario general. El XIII Congreso decidió la separación entre partido y Gobierno, y entre ambos y las empresas (lo que suponía la supresión de las células del partido en ministerios, universidades, empresas, etc.); por otra parte, las Asambleas Populares tendrían mayor poder de control sobre los ejecutivos, y se daría más juego a los medios de comunicación y a la opinión pública. Se crearía, en definitiva, un sistema de checks and balances en el marco del sistema socialista. Este proyecto naufragó en la crisis de Tiananmen, en 1989, que se saldó con la defenestración de Zhao Ziyang, el dirigente más liberal. Deng Xiaoping condenó la separación entre partido y Gobierno como muestra de “liberalismo burgués”, y la decisión del XIII Congreso quedó archivada.

Descartado el ambicioso proyecto de Zhao Ziyang, la versión minimalista del “perfeccionamiento de la democracia socialista” incluye un conjunto de medidas, algunas de ellas de gran alcance:

  •   Dirección colectiva, en lugar de la dictadura unipersonal de Mao Zedong.
  •   Centralismo democrático (los órganos del partido deciden por mayoría).
  •   Rejuvenecimiento de la dirección (jubilación a los 70 años).
  •   Creación de un Estado de derecho (concepto incluido en la Constitución en 1998): ha habido un gran desarrollo legislativo, se han dado pasos hacia la independencia del poder judicial, los particulares ganan pleitos contra el Estado, se ha introducido la presunción de inocencia en los procesos penales, etc.
  •   Creación de una función pública profesional, en lugar de la designación por el partido.
  •   Devolución de poder a provincias y municipios.
  •   Profesionalización de las Fuerzas Armadas, lo que ha supuesto la supresión de su financiación a través del complejo económico que ellas mismas controlaban.
  •   Lucha contra la corrupción.
  •   Introducción de la defensa de los derechos humanos en la Constitución (en 2004) y avances hacia su mayor respeto.
  •   Democracia a nivel local: los municipios cuya población no supera los 10.000 habitantes eligen su Ayuntamiento, no sin mediatización del partido.
  •   Reconocimiento de la propiedad privada, aunque la propiedad pública seguirá siendo “predominante” (hoy solo un tercio de los sectores secundario y terciario son de propiedad pública). Precisamente, la medida más radical de la reforma política ha sido que el PCCh ha abierto sus puertas a los empresarios privados, verdaderos capitalistas. Es un corolario de la teoría de Deng Xiaoping, según la cual, en la fase inicial del socialismo, todo lo que conduce al desarrollo de las fuerzas productivas es válido, aunque atente contra la misma esencia de la doctrina marxista tradicional (los caracteres chinos que forman el concepto Partido Comunista significan “partido de la propiedad pública”).

Más allá de la teoría, el impacto social y psicológico de los enormes cambios económicos tiene un profundo impacto en el sistema político.

 

1. Emergencia de nuevas clases sociales.

Ha aparecido una nueva clase capitalista o burguesa: propietarios de medios de producción, con asalariados (a veces miles de ellos), cuyas plusvalías se apropian. Aunque no hay cifras oficiales, se habla de veinte millones de millonarios. Forbes publica cada año la lista de los cien principales.

La aparición de capital privado que escapa al poder del Estado tiene una profunda significación política. Algunos empresarios privados financiaban a los estudiantes durante los sucesos de Tiananmen. Uno de ellos, Wan Runnan, pronunció una frase reveladora: “Tiananmen ha sido posible porque China ya tiene nueva clase social, y ha fracasado porque esta clase todavía es demasiado débil”. 

Junto a la clase capitalista, hay clases medias, concentradas en las grandes ciudades de la costa, que crecen cada día que pasa. A falta de datos oficiales, algunas estimaciones sitúan entre 60 y 100 millones los miembros de familias con rentas anuales entre los 10.000 y los 30.000 dólares.

2. Reducción del poder del Estado

Era el monopolio de la propiedad pública lo que daba al Estado un poder omnímodo sobre los ciudadanos: la empresa o el ministerio facilitaban la vivienda, el colegio de los niños, la asistencia médica, la pensión, etc.; si alguien perdía su puesto de trabajo, o era enviado al campo “a reeducarse”, él y su familia quedaban desamparados. Hoy, como se ha explicado, solo un tercio de la propiedad de las empresas es pública. 

El otro gran instrumento de control social era la planificación estatal de la economía. Hoy, en China, el 95% de los precios son fijados por el mercado; el Estado se limita a ejercer el control macroeconómico, la supervisión y la planificación a largo plazo. Las administraciones públicas controlan poco más del 20% del PIB, un porcentaje muy inferior al de los países capitalistas más avanzados.

La conclusión de todo lo anterior es una gran reducción del poder del Estado sobre la economía y la sociedad.

3. Difusión de la educación y la información

Si en 1989 había dos millones de universitarios, hoy hay más de veinte millones. Por otra parte, medio millón de estudiantes cursan estudios en el extranjero: si hace veinte años regresaba el 3%, hoy lo hacen más de la mitad. Entre ingenieros y científicos, China produce 1,3 millones de graduados al año.

Hay cerca de 800 millones de teléfonos móviles y más de 150 millones de internautas. Internet ejemplifica el dilema al que se enfrentan los dirigentes chinos: desearían tener sus ventajas, una economía del siglo XXI, pero sin sus inconvenientes, principalmente la reducción del control político sobre la población. Para ello cuentan con un ejército de no menos de 50.000 censores. Pero esto es querer poner puertas al campo. Si la disyuntiva es apostar por un país moderno, pagando el precio político de un menor control sobre la población, o bien, para evitarlo, suprimir Internet y tener un país del siglo XIX, los dirigentes chinos no dudan en elegir la primera de estas alternativas. Lo dicho para Internet vale para la reforma económica en su sentido más amplio.

Resquebrajado el monopolio estatal de la información, cada vez resulta más difícil lavar el cerebro de los ciudadanos.

  

4. Mayores cotas de libertad individual

A diferencia de lo que ocurría hace 30 años, hoy los chinos pueden decidir dónde viven y trabajan, pueden crear sus propias empresas y controlar el capital acumulado, viajar dentro y fuera del país, decidir dónde educan a sus hijos (incluso en el extranjero, si tienen medios para ello)… Por otra parte, las provincias costeras tienen acceso a la televisión de Hong Kong y Taiwán, el avance hacia el Estado de derecho les permite ganar pleitos contra el Estado, disponen de móviles e Internet, etc. Un prototipo cada vez más abundante en la gran ciudad es el de un joven de 30 ó 40 años, empleado por una empresa privada o una point-venture, con móvil y conexión a Internet, con acceso a televisiones extranjeras, y que viaja a menudo al extranjero. Es obvio que este ciudadano piensa por su cuenta y es inmune a la propaganda estatal. 

 

5. Apertura de China al mundo

Tras siglos de aislamiento, China perdió el tren de la Revolución Industrial y el resultado fue un siglo de sumisión casi colonial a partir de la primera Guerra del Opio (1840). China ha aprendido la lección: no cabe el aislamiento. La reforma económica y el ingreso en la OMC (2001) simbolizan la demolición de la Gran Muralla. Hoy hay poderosos flujos en ambas direcciones: hombres de negocios, estudiantes, turistas, medios de comunicación, móviles, Internet, etc.

6. Descentralización 

El poder de las provincias y los municipios ha crecido mucho en los últimos años, en detrimento del poder del centro.

En síntesis, los dirigentes chinos no quieren una democracia liberal, pero sí un país rico y fuerte. Para ello han de desarrollar las fuerzas productivas, creando una economía de mercado. Este proceso conlleva los efectos sociales y políticos descritos, que implican una fuerte reducción del poder del Estado. Es decir, China cabalga sobre una gran paradoja: el desarrollo económico, por un lado, otorga una nueva legitimidad al PCCh, refuerza su poder; por otro, debilita ese poder de mil maneras. 

Hay economías de mercado sin democracia (Hong Kong, Singapur o, antes de su democratización, España, Corea del Sur o Taiwán), pero no hay democracia sin economía de mercado. China está sentando las bases para poder tener algún día una democracia. En comparación con 1978, cuando Deng Xiaoping inició la reforma económica, China ya es un país mucho más abierto y plural; un sistema autoritario, ya no totalitario, proyectado sobre una economía de mercado cada vez más difícil de distinguir del capitalismo. ¿Habrá en China algún día una democracia? Solo el tiempo podrá responder a esta pregunta. Lo que sí es cierto es que China sorprendió al mundo con sus cambios económicos y puede que un día lo sorprenda en el terreno político. La apertura del sistema político desde dentro es un escenario posible. El PCCh es muy consciente de que es preciso ir adaptando el sistema político al cambio económico. Tras la cortina, está teniendo lugar un vivo debate sobre la reforma política; se estudia la socialdemocracia europea. Si algún día China llega a dotarse de una democracia, siempre será una “democracia con características chinas” y, en cualquier caso, el proceso será largo en el tiempo.

Concluyo con una cita del profesor Liu Ji, presidente de honor de la China-Europe International Business School (CEIBS) de Shanghai, que fue uno de los ideólogos principales del ex presidente Jiang Zemin: “Cuando la gente tenga lo suficiente para comer y vestirse querrá expresar su punto de vista. Si el PC debe servir a la gente y seguir siendo la vanguardia de los tiempos, deberá adoptar nuevas medidas para satisfacer esta demanda del pueblo”. Estas son las inquietudes que bullen en los altos niveles del PCCh.



Eugeni Bregolat fue entre 1974 y 1978 consejero comercial de la Delegación Comercial de España en la URSS. Así mismo, fue director general del Departamento Internacional en los gabinetes de los presidentes del Gobierno español de Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo. Embajador de España en Indonesia (1982-1987), en la República Popular China (1987-1991 y 1999-2003), en Canadá (1991-1992) y en Rusia (1992-1996), fue, además, director político en el Ministerio de Asuntos Exteriores español entre 1997 y 1999. Finalmente, fue embajador en misión especial para el Fórum Universal de las Culturas celebrado en Barcelona en 2004.

Vía: www.esade.es

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