Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Martes, Septiembre 2, 2008

Los costos ocultos del dinero

Publicado en Project Syndicate por Peter Singer*, agosto de 2008.

PRINCETON – Cuando la gente dice que “el dinero es la raíz de todos los males”, generalmente no se refiere al dinero en sí mismo. Al igual que San Pablo, de quien proviene la cita, hablan del amor al dinero. ¿Puede el dinero mismo, independientemente de nuestra avaricia, representar un problema?

Karl Marx así lo creía. En los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 , una obra de su juventud que permaneció sin publicar y desconocida en gran medida hasta mediados del siglo XX, Marx describe al dinero como “el agente universal de separación” porque transforma las características humanas. Marx escribe que un hombre puede ser feo, pero si tiene dinero puede comprarse “las mujeres más hermosas”. Presumiblemente, sin dinero se necesitarían cualidades humanas más positivas. Marx pensaba que el dinero nos enajena de nuestra naturaleza humana y de nuestros congéneres.

La reputación de Marx se vino abajo cuando resultó evidente que se había equivocado al predecir que una revolución de los trabajadores traería una nueva era con mejores condiciones de vida para todos. Por ello, si sólo tuviéramos sus opiniones sobre los efectos enajenantes del dinero, podríamos ignorarlo como elemento de una ideología equivocada. Pero las investigaciones de Kathleen Vohs, Nicole Mead y Miranda Goode que se publicaron en 2006 en la revista Science indican que podría haber algo de cierto en las afirmaciones de Marx.

En una serie de experimentos, Vohs y sus colegas idearon formas de hacer que la gente pensara en el dinero sin pedírselo explícitamente. Dieron a algunas personas la tarea de ordenar un conjunto de letras para formar frases que resultaban estar relacionadas con el dinero. A otras les pusieron cerca fajos de billetes del juego Monopolio. A otro grupo le mostraron un protector de pantalla con diversas denominaciones de dinero. Otras personas elegidas al azar formaron frases que no tenían que ver con el dinero, no vieron los billetes del Monopolio y miraron protectores de pantalla diferentes. En todos los casos, las personas a las que se había inducido a pensar en el dinero –llamémosles el “grupo del dinero”—se comportaron de manera distinta a las del grupo que no había sido expuesto.

— Cuando se les dio una tarea difícil y se les dijo que podían pedir ayuda, los miembros del grupo del dinero tardaron más en pedirla.
— Cuando se les pidió ayuda, las personas del grupo del dinero dedicaron menos tiempo a hacerlo.
— Cuando se les pidió que acercaran sus sillas para hablar con otra persona, los del grupo del dinero dejaron más espacio entre las sillas.
— Cuando se les pidió que eligieran una actividad recreativa, los del grupo del dinero eligieron con más frecuencia una actividad que podía realizarse a solas y no una en la que participaran otras personas.
— Por último, cuando se invitó a las personas del grupo del dinero a que donaran parte de lo que se les había pagado por participar en el experimento, dieron menos que quienes no habían sido inducidos a pensar en el dinero.

Los recordatorios triviales sobre el dinero significaron una diferencia sorprendente. Por ejemplo, mientras que el grupo de control estaba dispuesto a dedicar un promedio de 42 minutos ayudando a alguien a realizar una tarea, a quienes se indujo a pensar en el dinero sólo ofrecieron 25 minutos. Igualmente, cuando alguien que fingía ser otro participante del experimento pedía ayuda, el grupo del dinero sólo dedicó la mitad del tiempo a hacerlo. Cuando se les pidió que donaran parte de sus ganancias, el grupo del dinero dio apenas poco más de la mitad de lo que dio el grupo de control.

¿Por qué el dinero hace que estemos menos dispuestos a pedir o dar ayuda o incluso a sentarnos cerca de los demás? Vohs y sus colegas sugieren que a medida que las sociedades comenzaron a utilizar el dinero, la necesidad de recurrir a familiares y amigos disminuyó y las personas lograron ser más autosuficientes. “De esta manera”, concluyen, “el dinero fomentó el individualismo pero disminuyó las motivaciones comunales, un efecto que aún se percibe actualmente en las respuestas de las personas”.

Esa no es una gran explicación de por qué el que se nos recuerde el dinero afecta tanto nuestro comportamiento, dado que lo utilizamos todos los días. Parece que hay algo más que no entendemos por completo.

No estoy pidiendo que volvamos a la vida más sencilla del trueque y la autosuficiencia. El dinero nos permite comerciar –y así beneficiarnos de las capacidades especiales y ventajas mutuas. Sin dinero seríamos mucho más pobres y no sólo en un sentido financiero.

Pero ahora que estamos conscientes del poder de aislamiento que puede tener el sólo pensar en el dinero, ya no podemos creer que su función es completamente neutral. Si, por ejemplo, una organización local de padres de familia quiere construir un parque de juegos para sus hijos, ¿debe pedir a sus miembros que realicen el trabajo de forma voluntaria o debe emprender una campaña para recolectar fondos a fin de poder emplear a un contratista?

La propuesta del economista de Harvard Roland Fryer de pagar a los estudiantes pobres que obtengan buenos resultados en la escuela es otra área donde el uso del dinero es discutible. Si el dinero fuera neutral, esto sería cuestión simplemente de ver si los beneficios de utilizarlo son mayores que los costos financieros. Frecuentemente así es –por ejemplo si los padres de familia no tiene las capacidades necesarias para construir un parque de juegos adecuado. Pero sería un error suponer que dejar que el dinero predomine en todas las esferas de la vida no tiene otros costos difíciles de expresar en términos financieros.

*Profesor de bioética en la Universidad de Princeton y autor de Animal Liberation, Practical Ethics y otros libros. Actualmente prepara un libro sobre filantropía y pobreza en el mundo.

Vía: www.project-syndicate.org

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Jueves, Agosto 28, 2008

De Pekín a Seúl, la hora de la filosofía

Opinión por Victo Gómez Pin en El País, 25/08/08.

Además de las formas de sociedad que comparten con los animales, los humanos tienen cosas como moneda, propiedad, gobierno y… congresos de filosofía”, decía con humor el pensador americano John Searle en la conferencia que clausuraba en Pekín en agosto del pasado año el Congreso Internacional de Filosofía de la Ciencia. Como es sabido, en la capital china, la filosofía deja este año paso a los fastos olímpicos, lo cual acentúa la reminiscencia griega. Mas, reemplazada en Pekín por el deporte, la filosofía no se ha ido muy lejos…, concretamente a Seúl, otra ciudad olímpica, donde ha tenido lugar el más genérico Congreso Mundial de Filosofía. Es la primera vez que se celebra en Asia este acontecimiento, cuya primera edición tuvo lugar en París en 1900. Excepcionalidad explícitamente señalada por el presidente del congreso, el danés Peter Kemp. La sede de la próxima edición será Atenas, lo cual algunos interpretarán como un retorno a casa. Retorno, en cualquier caso, tras haberse enriquecido en esta confrontación a la alteridad, y liberado quizás de algún prejuicio.

Es obligado preguntarse de dónde procede este interés por organizar congresos filosóficos en estos dos grandes países asiáticos. En Seúl, la repercusión local ha sido muy grande y cabe decir que constituyó el acontecimiento cultural del momento (la inauguración contó con la presencia del primer ministro).

No puedo dejar de señalar un penoso punto en común entre ambas celebraciones; a saber, la testimonial representación de la mayoría de los países asiáticos y muchos de la Europa no comunitaria y de América Latina. Pues, obviamente, no todos los continentes están homologados en lo referente al peso que en la educación se está en condiciones de otorgar a la filosofía.

El país extranjero con mayor representación ha sido Rusia. También fueron numerosos los participantes españoles (el profesor Tomás Calvo, de la Complutense, fue uno de los responsables de la organización). Caso quizás especial es el de la propia Corea, que ya el pasado año en Pekín tenía una representación muy amplia.

En todo caso, el enunciado mismo del Congreso de este año parece sugerir que en su guerra por la dignificación de la condición humana, la filosofía ha de hacer una pausa consagrada a meditar sobre sí misma: Rethinking Philosophy Today es, en efecto, el título general, que cabría enfatizar como volver a plantearse en nuestro tiempo qué es eso de filosofía. En tal sentido, repensar hoy la filosofía no incita a otra cosa que a seguir filosofando, seguir confrontándose a aquellos problemas que constituyen universales antropológicos. A decir verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido adecuado para que un encuentro de filósofos se fijara como meta el poner de nuevo sobre el tapete los problemas filosóficos.

A mi juicio, lo más relevante quizás ha sido la explícita consideración de temas vinculados a la relación Oriente—Occidente por lo que a la filosofía se refiere. Conviene al respecto precisar que la universalidad de la filosofía ha sido a veces puesta en tela de juicio precisamente en boca de los que a ella se dedican. La divergencia está viciada por un equívoco respecto a lo que hay que entender por el término mismo filosofía. Es difícil imaginar que en lugar alguno el hombre deje de preguntarse por el hombre, es decir, que no haya alguna forma de antropología filosófica. Y así para todas y cada una de las interrogaciones que han alimentado la historia de la filosofía. Los que enfatizan el lazo entre la filosofía y la ascendencia cultural grecolatina se verían sorprendidos al constatar el gran número de sesiones en que los problemas que atravesaron a Platón, Leibniz o Kant eran retomados con todo rigor por colegas asiáticos, en absoluto desarraigados de su cultura. Obviamente, ello no fue óbice para que hubiera múltiples sesiones sobre aspectos filosóficos de budismo o confucionismo, en las que, de hecho, se hallaron implicados muchos participantes europeos o americanos.

Afirmar o negar la universalidad de la filosofía es casi una cuestión de optimismo o pesimismo antropológico. La reivindicación de la filosofía seguiría vigente aun en el caso en que la globalización del libre mercado llegara a ser compatible con la reducción de las abismales diferencias económicas entre países y entre ciudadanos de cada país (perspectiva utópica donde las haya). Pues, como indicaba en este congreso la profesora turca Ioanna Kuçuradi, esta mayor equidad sólo supondría efectiva generalización de los derechos humanos si se acompañara de una educación general tendiente a desarrollar en cada individuo las facultades que le caracterizan como ser humano. Y aquí entra en juego la filosofía: educar a la humanidad a través de la filosofía equivaldría a posibilitar que se actualizara en cada uno de nosotros el conjunto de potencialidades que nos marcan como seres de razón; equivaldría simplemente a ayudarnos a realizar nuestra humanidad (la educación ha de fertilizar un órgano, no puede sustituirse a él, señalaba ya Platón).

Aristóteles pretendía que la disposición filosófica era propia de los hombres libres. Mas en tal caso, la neutralización de tal disposición en la inmensa mayoría de las personas constituye un índice de la ausencia de libertad efectiva.

En Seúl, Peter Kemp enfatizó la importancia del congreso en base a la convicción de que “los poderes tecnológicos, militares y económicos no poseen el monopolio del poder en el mundo”. A su juicio, la filosofía, dada su capacidad de “exponer falsedades e ilusiones” generadas por dichas fuerzas y proponer “un mundo mejor como morada de la humanidad”, podría erigirse en contrapoder, cuya misión sería, ni más ni menos, que “luchar para crear una ciudadanía mundial y establecer un nuevo orden mundial”.

La verdad es que, compartiendo con Kemp la concepción militante y casi redentora de la filosofía, soy menos optimista que él respecto a que la generalización del espíritu crítico y de la exigencia de lucidez que la filosofía supone pueda realizarse en base a competir con los poderes reconocidos como gestores del mundo. Por decirlo en términos muy clásicos (y poco de moda), quizás la acción transformadora de la sociedad sea condición de la realización de la filosofía y no al revés. Quizás sea útil recordar aquella tan desconsoladora como lúcida Miseria de la Filosofía, con la que Marx daba respuesta a la edificante y compasiva pero inoperante Filosofía de la Miseria de Proudhom.

Un último apunte: ni la concepción de la filosofía como derecho cultural de cada ser lingüístico, ni la constatación de la diversidad de culturas en las que la filosofía se despliega, dieron lugar a la reivindicación de una filosofía popular, o de una filosofía patriótica. La filosofía ha de servir a las personas (contribuyendo a esa educación integral a la que antes me refería) y ha de sostener a toda patria portadora de valores universales (la Francia de la Revolución, por ejemplo), pero sólo lo hará permaneciendo fiel a sí misma, es decir, siendo cabalmente filosofía.

*Catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Vía: www.elpais.com

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Domingo, Agosto 10, 2008

Macbeth en democracia

Opinión por Eduardo Fidanza*, La Nación (Arg.), 06.08.08.

El déspota de las tragedias aborrece la ciencia política. Es ajeno a las tácticas y estrategias que ésta construye, o a los cálculos que realiza para prever la consecuencia de las decisiones. El poder no es para el déspota un atributo contingente, sino un signo natural de su superioridad o del dictamen de los dioses. Se trata de un espejismo seductor que arrastra multitudes.

La enajenación no se advierte mientras escala el éxito. En ese camino forja y refuerza el vínculo ilusorio que lo liga al poder. Lo empuja un estimulante viento favorable, las sonrisas y los aplausos, los constantes triunfos ante adversarios que caen destruidos o huyen. El pueblo se identifica con él, al que percibe como un elegido. El líder se ofrenda y abre las manos, que destilan bienes y promesas de felicidad para sus seguidores.

Al cabo de la marcha triunfal lo envuelve la certeza: las hadas no lo burlaron, se cumplieron las profecías, nadie puede hacerle sombra, la historia cae de rodillas ante él. Pero es demasiada la ventura. El déspota, que desconfía hasta de su sombra, no termina de creerlo. ¿Es verdad lo que percibo? ¿Puedo estar seguro de mi suerte? ¿No me acechará la traición?

El poder absoluto genera vacío y angustia. Ante la incertidumbre, dos actores acuden en su ayuda. El tirano los reclama con avidez de adicto. Uno es el cortesano, cuya adulación logrará adormecerlo, sin darle paz. El otro es el oráculo. Pitonisas y adivinos le confirmarán, en lenguaje cifrado, su suerte de elegido.

¿En qué consiste el delirio que hay que sostener? ¿Cuál es aquella ilusión que los hechos y los hombres, las brujas y los dioses, alimentan? En primer lugar, que es el ser más poderoso que hubo jamás sobre la Tierra; segundo, que ese poder le durará para siempre, y tercero, que por lo tanto no deberá temer: ningún rival logrará desafiarlo ni vencerlo.

Con esa convicción, siempre se puede arriesgar un poco más. El tirano es un jugador empedernido, irremediable: doblará la apuesta una y otra vez. No escuchará razones porque nadie está en condiciones de ofrecérselas; no hará cálculos porque cree tener la batalla ganada antes de librarla.

Tal vez sea Macbeth, uno de los personajes más famosos de las grandes tragedias de Shakespeare, quien mejor se ajusta a este retrato. Recordemos la trama: Macbeth era un valiente defensor de su rey al que, instigado por su mujer, mata para quedarse con la corona. Logra el poder, pero no podrá desentenderse nunca más de la traición, la intriga y la muerte.

En la primera parte de la tragedia, Macbeth y su esposa forman una alianza sin fisuras. Son dos cómplices por sed de grandeza, a los que une la ambición: “Yo no tengo otra espuela para hincar en los flancos de mi proyecto, sino mi ambición “, dice Macbeth en la bella traducción de Idea Vilariño. Su mujer lo mueve a la acción. La idea de no alcanzar el poder no cruza por su cabeza: “¡Nosotros fracasar! Es suficiente que temples tu coraje hasta que queden bien firmes las clavijas en su punto y no fracasaremos “.

Las brujas le habían anunciado a Macbeth que sería investido barón y luego rey. Después de la traición, el designio se ha cumplido. Hace culpar a otros del crimen. La corte se reúne y lo aclama. Es el apogeo. En estado de exaltación, Macbeth no advierte, sin embargo, un detalle: los hijos del rey no creen que sea inocente de la sangre derramada y escapan para evitar el destino de su padre. Antes de la partida, uno de ellos dice: “Donde ahora nos encontramos hay dagas en las sonrisas de los hombres “.

Hecho del poder, el nuevo rey se propone sacar de escena a cualquier rival que pudiera ensombrecerlo. Para lograr el propósito inventa conspiraciones, atribuye la culpa a presuntos enemigos, pone a unos en contra de otros y busca eliminarlos. No puede descansar. Teme, en secreto, ser traicionado como él traiciona, despojado como él despoja.

Macbeth no pide ni da explicaciones, prefiere el silencio: no hay que preguntar porque los interrogatorios lo enfurecen. Intenta creer que el poder personal todo lo subsume. Pero algo o alguien siempre escapan a su control. Banquo, un antiguo general del rey, a quien las brujas le habían pronosticado que fundaría una estirpe de reyes, debe caer. Su hijo, sin embargo, escapará. Macduff, un noble, también huye, abandonando el reino y la familia. Sacrificar a la mujer y a los hijos de Macduff apenas aquietará los fantasmas de Macbeth. Esa esposa desamparada advierte antes de morir: “Todo es el miedo y nada es el amor; e igualmente escasa es la prudencia cuando la fuga contra la razón corre de tal manera”.

Tantas conspiraciones falsas, urdidas para consolidar el dominio, distraen a Macbeth de una secuencia de encuentros que reúnen a los familiares y amigos de sus víctimas. Conforman un arco disímil y variopinto. Pareciera que de allí nada consistente puede salir; sólo están de acuerdo en ir contra el tirano, pero no saben qué harán después. Malcolm, uno de los hijos del rey asesinado, y el noble Macduff, despejan la mutua desconfianza en un largo diálogo de donde deberá salir el jefe de la rebelión. Malcom piensa que no es digno de ese lugar: su lujuria y avaricia lo perderán.

En este punto, Shakespeare parece revelarnos cabalmente su modernidad. Elude el maniqueísmo. No describe el contrapunto entre un perfil abyecto y uno intachable. Relata, con crudeza, un conflicto de poder político, donde el rey ha excedido largamente la regla de la mesura que conviene al país. Malcom, un disoluto, encabezará las fuerzas que recuperarán la corona. ¿Qué lo diferencia de Macbeth? Una brutal sinceridad, por la que confiesa sus vicios y los pone bajo el control de sus pares. Lo que falta a su aptitud se suplirá con lo que llamaríamos hoy una operación de marketing : sus defectos serán disimulados, y realzadas sus virtudes.

Macbeth sigue buscando la clave de su destino, mientras su mujer se hunde en la culpa. Las brujas y los aparecidos deberán pronunciarse una vez más sobre la suerte del tirano. El dictamen dice: no temerás perder el poder mientras el bosque que rodea tu castillo no avance sobre ti.

Son las palabras que necesita el ego de un déspota acorralado. Las que confirman que sus adversarios no podrán alterar el orden natural que gobierna su destino. En verdad, ellos no existen para él. Entonces, se afirma en la certeza que lo perderá: “¿Quién podría movilizar la selva o quién mandar al árbol que desprenda su enterrada raíz?”. El anuncio capcioso le suena a dulce augurio.

El final de Macbeth es una joya del género trágico: reunido el ejército rebelde en torno del castillo, Malcom dará a sus soldados la orden de arrancar grandes ramas de los árboles y emprender el asalto final. Ante la evidencia, Macbeth recurrirá al pensamiento binario que rigió su carrera política. No hay gradaciones para él: “Esta crisis me afirma para siempre, o ahora mismo me arroja del trono”. Es muerto. No podemos creer que el reino recuperará la honradez, pero sí la razón y la libertad. Macduff pone el colofón, con la famosa sentencia: ” The time is free “.

No lo tomemos al pie de la letra. La tragedia política nunca será una analogía de la democracia moderna. Las reglas de ésta prohíben la muerte violenta. Las dagas en las sonrisas de los hombres son simbólicas, y sus desgracias a menudo reversibles. “Hoy una promesa, mañana una traición” no conduce a ríos de sangre. En democracia, más que tragedias se representan psicodramas, donde se crea un “como si” en el que los hombres llevan su deseo de matar hasta el límite, evitando consumarlo.

Sin embargo, Macbeth nos sigue atrayendo. Es su naturaleza política y psicológica la que lo aproxima a nosotros, no sus crímenes. Es el desprecio por el equilibrio, la atribución de conspiraciones y la ceguera lo que nos recuerda a ciertos líderes políticos contemporáneos.

Se ha dicho que Macbeth y su mujer intentan controlar el futuro, y que el resultado es la completa destrucción del significado del tiempo. No parece una referencia remota para los que enfrentan día tras día un discurso reordenador de la historia, que fija de nuevo las épocas y distribuye culpas y absoluciones según la vieja receta de dividir para reinar.

Frente a personajes como Macbeth, algunos se preguntan si es posible que cambien, accediendo a cierta lucidez; otros, sin ilusiones, les atribuyen un autismo irrevocable. ¿Pueden cambiar los Macbeth de nuestra época o seguirán extraviados para siempre en la obcecación? Los países verídicos, al igual que los reinos de ficción, se mantienen en vilo tratando de responder estas cuestiones.

La opinión del ensayista George Steiner es poco alentadora: dice que las políticas racionales, como un buen plan de infraestructura o un programa económico correcto, están en condiciones de resolver algunas de las graves crisis que ocurren en los dramas de Ibsen, aunque nada pueden hacer en la tragedia, porque allí se plantean situaciones irreparables.

Macbeth no está loco, como muchos creen. Pero su conducta se rige por una racionalidad sin matices, cuyas opciones son todo o nada. La democracia puede ser drama o comedia, psicodrama o sainete, nunca un hecho irreparable o una guerra perpetua. Por eso suele fijar límites, antes de que sea tarde, a los líderes que desconocen la mesura.

*El autor es sociólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires.

Vía: www.lanacion.con.ar

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Sábado, Agosto 2, 2008

El fin de la hegemonía americana

por Francis Fukuyama*,  Opinión, Tribune Media Service.

Fareed Zakaria, columnista de Newsweek, habla del “mundo posterior al dominio americano” para referirse al que nos aguarda en los próximos años. El primer cambio evidente al que se enfrenta Estados Unidos tiene que ver con la aparición de un mundo multipolar. No se trata de un declive. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia mundial. Lo que sucede es que el resto del mundo se está poniendo a su mismo nivel.

Sí, se ha producido un impresionante desplazamiento de poder en lo que a la economía se refiere. Rusia, China, India y los países del Golfo gozan de unas economías en expansión, mientras que la de Estados Unidos ha caído en un periodo de recesión. Durante los gobiernos de Clinton y del primer Bush, Washington acostumbraba a sermonear al resto del planeta sobre cómo mantener en orden sus haciendas, pero ese tipo de sermón suena ahora un poco falso tras la crisis financiera estadounidense del pasado año. La prueba más clara del cambio al que asistimos es el endeudamiento en el que se encuentra Estados Unidos, mientras que muchos otros países están acumulando reservas.

En el futuro, las posibilidades de Estados Unidos serán mucho más limitadas. Puede que esta limitación venga dada por ciertos cambios en el equilibrio del poder militar, pero sobre todo se deberá a factores que tienen más que ver con el poder blando. Hoy, por ejemplo, los chinos y los indios exportan películas; hay estrellas de cine coreanas que son famosas en toda Asia, y los japoneses son grandes productores de cine de animación. En resumen, Hollywood ya no es la única fuente de creatividad cultural en el planeta.

Otra tendencia especialmente preocupante es la disminución de estudiantes extranjeros en las universidades estadounidenses. Disuadidos por la cantidad de obstáculos que encuentran para entrar en Estados Unidos, los estudiantes extranjeros han preferido buscar alternativas en otras partes del mundo.

Consideremos ahora un hecho desconcertante: el gasto militar de Estados Unidos es igual a la suma de los gastos militares de todo el resto del mundo. Y, sin embargo, no hemos logrado pacificar Irak en los cinco años transcurridos desde que las tropas estadounidenses invadieron y ocuparon el país. Se constata así que la fuerza militar no sirve a la hora de crear las instituciones legítimas sobre las que se asientan las naciones, de consolidar la vida política y de estabilizar esa parte del mundo.

Durante las dos últimas décadas, países tradicionalmente aliados han empezado a mostrarse opuestos a la política estadounidense. Se han formado, por ejemplo, alianzas como la del Shanghai Cooperation Council, una organización cuyo objetivo es acabar con la presencia estadounidense en Asia, incrementada después del 11 de septiembre. Y tampoco podemos recurrir con la misma seguridad que antes a nuestros aliados democráticos tradicionales.

Así sucedió en Irak, como era de esperar; pero también en Afganistán, donde, pese a que nuestros aliados aceptaban la legitimidad de la operación, arrastraron los pies a la hora de apoyar con tropas y recursos materiales. E incluso un país como Corea del Sur, que ha sido siempre un aliado, se ha visto convulsionado durante los dos últimos meses por las manifestaciones en contra de Estados Unidos desencadenadas por polémicas importaciones de carne.

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Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Sábado, Julio 19, 2008

¿Pueden criticarse las políticas de género?

Opinión por Francisco Laporta*, publicado en El País, 14.07.08.

Parece que la ANECA, esa discutida agencia oficial que evalúa los nuevos planes de estudios y la calidad de nuestros profesores universitarios, ha informado desfavorablemente de un plan de Filología Inglesa porque no contemplaba un módulo o materia específica con enseñanzas de “género”, es decir, una asignatura sobre igualdad entre hombres y mujeres.

Como esto, de ser verdad, sería simplemente una sandez, vale la pena que indaguemos en las razones que harían absurda tal decisión por mucho que alegara sustentarse en argumentos plausibles sobre no discriminación por razón de sexo. Cuestiones parecidas a ésta se vienen suscitando en estos años sin que muchos se animen a criticarlas por el sabor a traba o reticencia que ello pudiera tener respecto de una meta general, la lucha contra la discriminación sexista, en la que todos estamos de acuerdo. Sin embargo, cuando a partir de buenas razones generales se obtienen decisiones estúpidas, es necesario examinar qué es lo que ha funcionado mal en el interior del argumento. Porque si se continúa en la obcecación de mantenerlas, se corre el riesgo de socavar aquellas buenas razones de las que se dice partir. Algunas versiones de las llamadas políticas de género podrían estar con ello contribuyendo perversamente a perpetuar la discriminación contra la que luchan. Tanto en el mundo de las ciencias sociales como en el de las decisiones políticas es ya vieja la advertencia de que ciertas iniciativas pueden tener efectos no queridos, incluso efectos contrarios a los queridos.

La marginación de la mujer ha sido tan larga, terca y constante, que no tiene parangón alguno en la escala de las discriminaciones. Ninguna otra puede compararse a ella. De hecho, ha constituido la gran injusticia histórica de la especie humana. Basada solamente en prejuicios y credos irracionales y en la ignorancia culpable de evidencias que estaban a la vista de cualquiera, determinó que el destino de la mujer fuera siempre el de estar condenada a papeles sociales subalternos en beneficio de la dominación masculina. El tamaño y la persistencia de semejante ignominia es seguramente lo que hace difícil cuestionar cualquier medida tomada con la intención de paliar esa secular desigualdad. Ponerse a escudriñar matices y suscitar dudas ante la magnitud de ese atropello histórico puede parecer un ejercicio de cinismo. Sin embargo, las políticas de género, como cualesquiera otras, han de ser analizadas en su fundamentación y en sus consecuencias, y no merecen el deshonor de ingresar en el ámbito ridículo de lo políticamente correcto. Para hacerlo, es preciso recordar las bases éticas en que han de sustentarse y ver después en qué medida resultan fieles a tales fundamentos.

El primer paso en la lucha contra la discriminación es hacer la estructura social, jurídica y política ciega al sexo. Es decir, el primer valor en que se sustenta esa lucha es la igualdad formal. Esto en el derecho se consigue con la prohibición de la discriminación y con la igualdad ante la ley. Cualquiera que sea la norma social o jurídica que tenga vigor y cualquiera que sea el espacio de poder que se articule con ella, su contenido normativo debe ignorar el sexo de sus afectados o de quienes hayan de acceder al poder que esas normas crean. Las reglas que organizan la vida de la comunidad han de carecer de sexo, es decir, sus destinatarios o beneficiarios deben ser siempre definidos ignorando su condición sexual.

Esta igualdad “formal”, como ha sido llamada, es condición necesaria de toda política antidiscriminatoria, y haría mal quien la viera como un residuo prescindible de las viejas declamaciones igualitarias del siglo pasado. Sin ella no se avanza un paso. La prueba es que aún no está reconocida en áreas inmensas del mapa geopolítico actual, precisamente las más atrasadas en lo que a esa lucha respecta. Darla por saldada traicionaría a millones de mujeres todavía subyugadas por ordenamientos jurídicos irracionales. Minimizar su alcance apelando a pautas étnicas o culturales sería como abandonarlas a su suerte. Si la prohibición formal de la discriminación por razón de sexo no se halla reconocida en los ordenamientos jurídicos, la mujer no puede dar un paso adelante.

A pesar de ello, es insuficiente para desarrollar plenamente una política antidiscriminatoria. Porque no vale con prescindir simplemente de la connotación sexual de las normas si los contenidos de los roles sociales y la estructura normativa que los alberga han sido pensados para los hombres. Si las posiciones sociales son masculinas, poco importa que se oferten a todos en términos de mera igualdad formal. Las mujeres habrían sido limitadas de antemano en sus oportunidades para competir por ellas. Y sólo lograrían ocuparlas con una penosa sobredosis de esfuerzo y tesón.

Los últimos 70 años de la sociedad occidental han sido testigos de esa lucha sorda de la mujer contra el diseño social masculino y el recelo hacia quienes se habían regateado de antemano los medios necesarios para llegar a metas pensadas para el hombre. Esa injusticia cotidiana es lo que hace insuficiente la no discriminación formal y obliga a ir más allá. Obliga, para decirlo claramente, a luchar por un diseño nuevo del mapa de roles y posiciones de la sociedad misma. Las políticas de conciliación de la vida familiar y laboral, por ejemplo, se sustentan en esa idea.

Y aún esto no salda del todo la cuenta histórica. La impregnación social de lo masculino es tan honda que se hace preciso acudir todavía a medidas ulteriores que la extirpen. Ahí encuentran su base esas políticas que se vienen llamando de discriminación inversa, acción positiva o tratamiento preferencial. Pueden fundarse en razones de compensación histórica o de educación social. Pero tanto unas como otras, para no traicionarse, deben operar dentro de un marco de condiciones precisas. Han de respetar las exigencias de la igualdad formal y han de concebirse como medidas limitadas en el tiempo. De acuerdo con lo primero, el tratamiento preferencial procede cuando se da una equivalencia razonable de méritos entre hombres y mujeres; de acuerdo con lo segundo, se aplica hasta tanto la ocupación de posiciones logre ser reequilibrada.

La secuencia igualdad formal, nuevo bosquejo del mapa de posiciones sociales y trato preferencial, dota a la política de género de una potente justificación y una tarea ingente. Administrada con rigor, es capaz de producir una honda revolución social. Pero si sus medidas desbordan esos fundamentos, acabará por dañarse a sí misma. Ésa es la razón por la que debe ser criticada y sometida a examen sin que ello tenga por qué ser visto como una suerte de complicidad subliminal con el machismo rampante. Como toda política, necesita la supervisión y la crítica. No hay que tener empacho alguno en ejercerla. Por ejemplo, cabe recordar que sus fundamentos no autorizan a llevarse por delante las reglas de la gramática, aunque el lenguaje sea sexista. Tampoco justifican introducir asignaturas peregrinas en planes de estudios que nada tienen que ver con ellas, como la filología o la física. Ni sirven tampoco de base para sustituir o cesar a ningún responsable simplemente por razones de género.

Los cargos no están para ser ocupados, sino para ser servidos con rigor. Si alguien competente ha desarrollado con éxito una política de excelencia en cualquier institución, sustituirlo sólo por razones de género es una arbitrariedad. Que una institución importante esté medio descabezada porque sólo se consiente en nombrar mujeres es simplemente insensato. La justicia es una cosa; la gramática otra y la ciencia otra. La lucha por la igualdad no debe resultar un obstáculo a la administración de los intereses generales. Tampoco se debe parecer a la revancha o la ambición. Reproducir el sexismo desde el otro lado es algo que a nadie va a reportar justificación alguna. Y sobre todo es un error que no se merece una causa tan grande y valiosa como la causa de las mujeres.

Vía: www.elpais.com

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Sábado, Julio 5, 2008

La ideología del enemigo total

Opinión por Gregorio Peces-Barba Martínez*, El País, 31.06.08

La ideología del enemigo sustancial es el mayor peligro para una concepción humanista de la historia y de la cultura y para una concepción integral de la democracia, con sus componentes liberales, socialistas y republicanos. Las ideas de progreso, de dignidad humana, de libertad, de igualdad y de fraternidad, propias del humanismo, que se reafirma en la modernidad, desde el hombre centro del mundo y centrado en el mundo, sufren desde el tránsito a la modernidad hasta hoy el ataque disolvente y destructivo de las diversas formas que presenta la ideología del enemigo sustancial. Es una variante, quizás la más radical y peligrosa del pesimismo antropológico de la vieja idea de que el hombre es un lobo para el hombre. Es la tradición de Horacio, con precedentes en el mundo griego, y que reaparece en el siglo XVII con Hobbes, y con otros representantes de la cultura barroca. En el capítulo XIII de la Parte Primera del Leviatán describe la situación del hombre en el Estado de naturaleza como de guerra de todos contra todos y donde “todo hombre es enemigo de todo hombre”. Esta cultura del enemigo total se refleja en las sociedades, en las ideologías políticas e incluso en la propia personalidad de quienes la asumen. Se refleja en sociedades, autoritarias, totalitarias, excluyentes y belicistas y en personas dogmáticas, violentas, agresivas, intolerantes y que cultivan el odio. Son modelos antidemocráticos, antiliberales, antisolidarios y antipluralistas que en las personas que lo forman fomentan rechazos a la dignidad humana, al respeto, a la amistad cívica, al juego limpio. Esta cultura es inexorablemente fundamentalista e impulsa la destrucción del adversario, como enemigo sustancial, como incompatible absolutamente para la convivencia. Así el “todo hombre es enemigo de los demás”, se transforma para esas posiciones, en la defensa de un yo inocente, justo y poseedor de la verdad, frente a los otros, que son los enemigos.

En 1930, Thomas Mann elevó su voz contra el nazismo ascendente: “… Una política grotesca, con modales de ejército de salvación, basada en la convulsión de las masas, el estruendo, las aleluyas, y la repetición de consignas monótonas, como si de derviches se tratase, hasta acabar echando espuma por la boca. El fanatismo erigido en principio de salvación, el entusiasmo como éxtasis epiléptico, la política convertida en opio para las masas del Tercer Reich, o de una escatología proletaria, y la razón ocultando su semblante”. Aquella predicción de lo que estaba por pasar la expresó el autor de La montaña mágica en la Beethoven Saal de Berlín, anticipándose lúcidamente a la más cruel expresión del enemigo sustancial, la que justifica Carl Schmidt y realizarían Hitler y sus secuaces nazis hasta su derrota en la Guerra Mundial. La justificación teórica, en abstracto, está en El Concepto de lo Político de 1932. Schmidt lo identifica con el otro, con el extranjero, donde “los conflictos que con él son posibles… no podrían ser resueltos ni por un conjunto de normas generales, establecidas de antemano, ni por la sentencia de un tercero reputado, no interesado e imparcial”. Como se ve, descarta al derecho y la posibilidad de pacto social, y al justificar más tarde con esa base doctrinal las leyes de Nuremberg de 1935, está señalando la solución para exterminar al enemigo sustancial fuera del derecho: los campos de concentración y de exterminio. Es la salida normal de “todo sujeto sin valor, indigno de vivir”. Por eso justificará las leyes raciales de Nuremberg de 15 de septiembre de 1935, donde se señala a los judíos como los enemigos sustanciales. Son sus trabajos La Constitución de la libertad y La Legislación Nacional socialista y la reserva del ‘Ordre Públic’ en el Derecho Privado Internacional. Lo completará más tarde, en octubre de 1936 en el Congreso del Grupo de Profesores Universitarios de la Unión Nacional Socialista de Juristas con un comentario final sobre la Ciencia del Derecho Alemán en su lucha contra el Espíritu judío. En ese contexto resulta sorprendente que en la publicación castellana de Tierra y Mar, en 2007, tanto el prologuista como el epiloguista ignoran esa etapa negra del pensamiento de Schmidt. Era efectivamente un encantador de serpientes, que a muchos en la derecha y en la izquierda les produjo y produce un bloqueo moral inexplicable.

En todo caso, la ideología del enemigo sustancial afectó con el leninismo y el stalinismo al marxismo y es también una enfermedad crónica en la cultura de las religiones, cuando se institucionalizan y se organizan jerárquicamente. No está ni en el Sermón de la Montaña ni en los Evangelios, pero sí aparece hasta hoy en la doctrina de los papas y de los obispos, siempre desconfiando de la Ilustración, de la laicidad y de la libertad religiosa. En otras religiones, incluso el reflejo de la ideología sigue siendo brutal y con ello se justifica el asesinato y la guerra contra el infiel hasta su exterminio.

Junto a las dimensiones radicales existen otras formas más débiles, pero donde las raíces de la intolerancia y del afán del exterminio del enemigo están presentes, aunque templadas por estructuras políticas, jurídicas y culturales que las atenúan y quizás por el desconocimiento de quienes incurren en ellas, aunque no lo sepan. Son fenómenos que se producen en las sociedades democráticas donde la cultura de la ideología del enemigo sustancial subyace a muchas posiciones, y afecta también a personas que no han asumido el pensamiento liberal, democrático, social y republicano que conforman el talante de respeto y de nobleza de espíritu y de amistad cívica de los que no creen que ningún hombre aporte una verdad total y redentora.

Aquí se fundan todas las fundamentaciones religiosas, políticas y culturales. Aquí encontramos a Bolton o a John Yoo defendiendo las políticas de Bush sobre la tortura, el estado permanente de excepción o la detención sin juicio. También a los obispos y cardenales que se consideran depositarios de verdades absolutas incompatibles con el pluralismo y por encima de la soberanía popular y del principio de las mayorías, a los políticos que desprecian a sus adversarios y que discriminan, como hace la presidenta de la Comunidad de Madrid, entre asociaciones de víctimas a quienes apoya, frente a otra, mayoritaria, que es marginada, car tel et mon bon plaisin, según la fórmula que justificaba las decisiones de los monarcas absolutos. Ése fue en muchos temas el comportamiento de muchos dirigentes del PP en la anterior legislatura. Creo que es a eso, a la utilización atenuada de la ideología del enemigo sustancial, a lo que se refiere Rajoy cuando habla de que hay cosas que cambiar. Ojalá eso nos lleve a un centro derecha abierto, centrista y liberal, que tanto necesita este país. Finalmente, esta epidemia intelectual y moral alcanza también al modelo de la cultura cuando un escritor de éxito desprecia y descalifica al resto de los escritores. Todas estas actitudes desvirtúan y se alejan de la idea de dignidad humana y del respeto a los demás. Frente a ellas, la vacuna, la terapia, es más democracia, aunque siga siendo el peor de los regímenes con excepción de los demás experimentados hasta ahora.

¡Sapere aude! para todos.

*Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.

Vía: www.elpais.com

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Jueves, Julio 3, 2008

Universidad: la plata cuenta

Opinón por Timothy Garton Ash* en El Clarín, 01.07.08

Oxford acaba de anunciar la mayor campaña de obtención de fondos lanzada por una universidad europea mientras tanto, Europa y el resto del mundo necesitan imitar lo mejor ——pero no lo peor—— del modelo estadounidense.

Paso mi vida académica dividido entre dos universidades, Oxford y Stanford. En 2006, Stanford anunció una campaña con el reto de recaudar fondos hasta un objetivo total de 4.300 millones de dólares. La semana pasada, Oxford ha lanzado una campaña para recaudar al menos 1.570 millones de euros, la mayor jamás lanzada por una universidad europea. Detrás del intento de Oxford de jugar en la superliga de la financiación de las universidades al estilo norteamericano se encuentra una cuestión más amplia: tendrá Europa, la cuna de la universidad moderna, universidades de investigación de verdadera categoría mundial de aquí a 10 años.Y esa pregunta forma parte de un enigma mayor: cómo puede resistir Europa en un mundo cada vez menos europeo. Por ahora, Europa está representada en la lista de las 10 mejores universidades del mundo que elabora el Times Higher Education Supplement por cuatro instituciones, todas ellas británicas: la Universidad de Oxford, la Universidad de Cambridge, el Imperial College de Londres y el University College de Londres.

En las listas rivales que elabora la Universidad Jiao Tong de Shanghai, sólo Oxford y Cambridge están entre las 10 primeras. Las otras ocho son estadounidenses, pero China tiene intención de incluir pronto una de las suyas. Oxford dice que el contexto de su campaña es “un mundo de financiación estatal incierta y competencia mundial creciente”. Veo esa competencia feroz por los mejores profesores y los mejores estudiantes cada semana, tanto si estoy en Oxford como si estoy en Stanford. Este es un mercado tan globalizado como el de las computadoras, el petróleo y los servicios financieros. Oxford aguanta, pero, la verdad, a duras penas. Para los jóvenes profesores más brillantes del mundo, los patios cuadrados de piedra, las cenas civilizadas en los colleges y una tradición intelectual de incomparable riqueza pueden compensar sólo hasta cierto punto unos sueldos más bajos, unos precios de la vivienda más altos y unos horarios de trabajo más cargados que, por ejemplo, en Stanford.

El dinero no es, en absoluto, el único factor importante en este mercado globalizado de la enseñanza superior, pero desde luego ayuda. La financiación pública de la educación superior en Gran Bretaña ha aumentado con el nuevo laborismo después de que sufriera un declive espantoso con Margaret Thatcher, pero no puede solucionar todos los problemas de un sector universitario mucho más extendido, significa ataduras burocráticas y políticas y seguramente saldrá mal parada en las restricciones actuales del gasto público. En cualquier caso, la independencia financiera y la independencia intelectual van de la mano, como advierte el folleto de campaña de Oxford. Ahora bien, las dotaciones, junto con la financiación pública y privada de la investigación y las colaboraciones y derivaciones comerciales, no son más que parte de la historia.

Las mejores universidades de Estados Unidos disponen además de más ingresos procedentes de las matrículas. Aunque Oxford puede resultar caro para los alumnos que vienen de fuera de la UE, sus tarifas para los británicos tienen un tope que fija el Gobierno, como las de las demás universidades británicas, en un máximo ligeramente superior a 3.000 libras anuales (3.800 euros), que es ya el triple de la cifra anterior a 2006 y una cantidad más elevada que en la mayoría de los países de Europa continental. Incluso contando con las aportaciones de fondos especiales del Gobierno que ayudan a sostener su sistema único de tutorías y colleges, la Universidad de Oxford calcula que subvencionar el costo de educar a un estudiante británico le supone un gasto de unas 7.000 u 8.000 libras al año. Si Oxford adoptara verdaderamente un modelo de financiación estadounidense , tendría que cuadruplicar (por lo menos) sus matrículas y, si quisiera mantener unos criterios de admisión independientes del nivel económico, tendría que ofrecer unas becas muy generosas para ayudar a los alumnos de familias más pobres.

Es posible que ésa sea la dirección que emprenda Oxford durante los próximos 10 años, pero no será un proceso carente de discusiones y negociaciones complejas, porque Oxford está en Europa, no en Estados Unidos. Sus profesores y estudiantes reconocen que empezar a avanzar en la dirección de Stanford plantea difíciles problemas de acceso, igualdad y justicia social.

*Profesor de la Universidad de Oxford.

Vía: www.clarin.com

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Martes, Junio 24, 2008

CONVOCATORIA XIII CONGRESO INTERNACIONAL DEL CLAD SOBRE LA REFORMA DEL ESTADO Y DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

El Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD) está convocando al XIII Congreso Internacional sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública.

Este encuentro se realiza anualmente desde 1996 y se ha consolidado como un hito de gran importancia a nivel iberoamericano para presentar y debatir experiencias e investigaciones realizadas en torno a la Reforma del Estado y de la Administración Pública.

El Congreso se celebrará en esta ocasión en Buenos Aires, Argentina, desde el 4 al 7 de septiembre de 2008.

Más información sobre este Congreso está disponible AQUÍ

Vía: www.sence.cl

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Domingo, Junio 15, 2008

UV capacitó a más de cien funcionarios municipales de la Quinta Región

Proyecto fue financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Regional.

El intendente regional Iván de la Maza encabezó, junto a la subsecretaria de Desarrollo Regional, Claudia Serrano, la ceremonia de entrega de certificados a funcionarios, alcaldes y concejales que participaron en el Diplomado Ejecutivo en Gestión Municipal, proyecto de capacitación y perfeccionamiento ejecutado por la Asociación de Municipalidades Región de Valparaíso en conjunto con la Universidad de Valparaíso.El proyecto comenzó a desarrollarse en 2006, financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Regional, con el objetivo de formar a los funcionarios municipales de la región. El programa recibió el respaldo académico de la carrera de Administración Pública de la UV, gracias a un convenio suscrito entre la Subsecretaria Regional, el Gobierno Regional, la Federación de Funcionarios Municipales, la Asociación de Municipalidades Región Valparaíso y la referida casa de estudios superiores.

El intendente Iván de la Maza destacó este proyecto como un trabajo serio, a la vez que un ejemplo para el resto de las regiones del país, por la unión que demostraron las distintas instituciones que lo desarrollaron.

“Destaco el trabajo de esta universidad, pese a la situación interna que vive en la actualidad. Aquí se ha hecho un trabajo serio, porque este proceso de capacitación ha sido realizado para los trabajadores del país que se desempeñan en la administración pública. En este camino, hay que continuar la capacitación con la ayuda no sólo de la Universidad de Valparaíso, sino también de otras universidades”, resaltó la primera autoridad regional.

Con la entrega de diplomas a los más de cien funcionarios que participaron en la capacitación, culminó una primera etapa del proyecto, el que considera la continuación del proceso académico. Para ello, el presidente de la Asociación de Municipalidades de la Región de Valparaíso, Eduardo Cerda, alcalde de Cabildo, pidió la colaboración del Gobierno Regional y la Universidad de Valparaíso, de modo de mejorar y potenciar el trabajo desarrollado por las municipalidades en sus respectivas comunas.

Por su parte, la subsecretaria de Desarrollo Regional, Claudia Serrano, destacó el valor innovador del programa de capacitación: “Este régimen debe ser moderno, eficaz, competitivo, para que responda las necesidades de los funcionarios y de las municipalidades para instalar, de manera efectiva, una cosa que no existe hoy, como es la carrera funcionaria”, señaló.

Más de 36 municipalidades de la región participaron en este programa de capacitación, el que se enmarca en el proceso de reforma y modernización de los municipios para con sus funcionarios.

El acto de entrega de certificados tuvo lugar en el salón Esmeralda de la Intendencia Regional.
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Vía: Área de Prensa

Posteado por: Administracion Pública U.Valpo. | Martes, Junio 10, 2008

Lidercentrismo: “¡Son los seguidores, estúpido!”

Publicado en ESADE – IDGP, por B. Kellerma. 31-05-2008.

Aquellos de nosotros que nos dedicamos al ámbito del liderazgo nos hemos vuelto implacablemente, mayoritariamente lidercéntricos. Formalmente rendimos homenaje a la relación entre líder y seguidor y defendemos la importancia de los seguidores, pero en realidad los líderes dominan el discurso y los seguidores están marginados. Por supuesto, ninguno de nosotros reconoce que descarta a los seguidores mientras eleva a los líderes. Sin embargo, nuestra atención se centra, cual rayo láser, en quienes están en la cúpula o cerca de ella, y no en quienes están en un nivel intermedio o en el nivel inferior.

Los expertos en liderazgo no son los únicos que muestran esta tendencia. En realidad, la misma forma parte de la condición humana (y de la vida animal). Los órdenes jerárquicos son omnipresentes, igual que lo es la inclinación de quienes ocupan la parte superior y la parte inferior de la escala a fijarse en quienes están por encima de ellos, en detrimento de quienes se encuentran en una posición inferior. Así, por ejemplo, los lobos tienen unas jerarquías muy claras. Domina un único macho alfa, mientras que los demás lobos están sometidos. Este acuerdo de lealtad les mantiene juntos y va muy bien. Los humanos hacemos más o menos lo mismo, y señalamos el estatus situando a las personas en puestos de autoridad, que acompañamos de títulos y ceremoniales. Nuestra inclinación hacia los líderes, y no hacia los seguidores, está bien fundamentada. Tenemos nuestros motivos para ello, la mayoría de los cuales forman parte de nuestra propia naturaleza.

Dos ejemplos de distorsión de los medios

Donde nuestra inclinación hacia quienes están en la cúpula y no hacia quienes están en la base resulta más evidente es en los medios, las lentes a través de las cuales vemos los asuntos humanos de los demás. Dos ejemplos servirán para convencernos de ello.

En primer lugar, la campaña presidencial norteamericana de 2008. Si bien las elecciones no se celebrarán hasta noviembre, la campaña presidencial norteamericana ha estado en el centro del discurso nacional durante dieciocho meses. La conversación no se ha centrado en el contexto en el que tendrán lugar las elecciones; o en el contenido de la política nacional o internacional; o en quienes van a ir a votar realmente, los seguidores. La conversación se ha centrado, en cambio, en un puñado de hombres y en la única mujer que rivalizan entre sí para ver quién manda más. Ha versado sobre la pugna entre ellos, sobre quién ocupa el primer, el segundo y el tercer puesto, y sobre quién se queda rezagado y por qué. El número de historias sobre seguidores no es nada en comparación con la avalancha de historias sobre líderes. Ello desvía nuestra concepción de las relaciones entre líder y seguidor; y, además, sugiere que si elegimos al candidato o candidata correcto, éste trabajará de manera mágica, y nos salvará de nosotros mismos.

Y, en segundo lugar, los sucesos acaecidos recientemente en Pakistán. Durante el último año, y a pesar de la clara evidencia de que el drama estaba siendo provocado más por los muchos de abajo que por los pocos de arriba, nuestra atención se centraba en un único hombre: Pervez Musharraf. Sin embargo, la acción sucedía en otros lugares. En realidad, a Musharraf le habría gustado que le dejaran tranquilo, pero sus seguidores no opinaban lo mismo. En la primavera de 2007, un cuadro de abogados, furiosos por la decisión unilateral de Musharraf de suspender al jefe de los jueces (que era hostil al presidente, tan ansioso de poder), inició grandes y ruidosas manifestaciones callejeras contra su persona. Como consecuencia de ello, y en breve espacio de tiempo, Musharraf se vio obligado a dar marcha atrás. Readmitió al mismo jefe de los jueces, para volver a enfrentarse al cabo de pocos meses a una oposición que estaba cada vez más envalentonada y cada vez más dispuesta, deseosa y capaz de enfrentarse a él. La crisis que siguió en otoño fue consecuencia de que Musharraf llegó de nuevo a la conclusión de que tenía que responder, en esta ocasión declarando el estado de emergencia y destituyendo a todos los jueces de un Tribunal Supremo que no controlaba.

Los recientes sucesos acaecidos en Pakistán, incluido el asesinato de Benazir Bhutto en diciembre, no sugieren una dinámica totalmente nueva: seguidores que actúan y líderes que reaccionan. En realidad, los líderes que están preparados para utilizar toda su fuerza de mando tienden todavía a conservar el poder, por lo menos temporalmente; como en este caso, en el que por lo menos algunos miembros de la oposición pakistaní pagaron un precio muy alto por osar enfrentarse al presidente. Sin embargo, lo que ocurrió en Pakistán es otro vivo ejemplo de cómo incluso aquellos de nosotros que somos expertos en liderazgo nos centramos en las cosas con una visión demasiado estrecha. Dirigimos nuestra atención a uno de los actores, el líder, cuando en realidad el drama incluye un reparto de miles de actores.

A pesar de nuestra manera de ser por naturaleza y de la atracción que ejerce el único individuo preparado y posicionado para captar nuestra atención colectiva, aquellos de nosotros que trabajamos en el ámbito del liderazgo debemos ensanchar la conversación. Los problemas relacionados con el lidercentrismo tienen una importancia práctica, y tienen, así mismo, implicaciones políticas. Como denunció el senador Joe Biden, la administración de George W. Bush no tenía una “política para Pakistán”, sino una “política para Musharaff”, lo cual le impedía ver la imagen en todo su conjunto.

Lo mismo sucede con respecto al cambio en otros lugares, donde los seguidores asumen la tarea de exponer su verdad al poder. Así, por ejemplo, lo hemos visto en Venezuela, donde los estudiantes se enfrentaron recientemente al poderoso Hugo Chávez; en Myanmar, donde los monjes se enfrentaron recientemente a la junta militar, en el poder desde hace años; y en China, donde los activistas del siglo xxi están a las puertas de enfrentarse rutinariamente a la élite política.

Los seguidores siempre han sido importantes, y en la actualidad son más importantes que nunca. Ello es evidente en todas partes, también en el sector privado, donde quienes están en la cúpula son más vulnerables que quienes están en la base. Como podrían corroborar los antiguos CEO Harry Stonecipher (Boeing) y Carli Fiorina (HP) —por no hablar de otros que han sido expulsados de sus puestos, como el ex presidente de Harvard, Lawrence Summers, y el ex presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz—, quienes están en la cúpula están siendo vigilados como no lo habían sido nunca. Por consiguiente, su duración en sus cargos está disminuyendo, y su nivel de retribución está aumentando. Ya no existen CEO imperiales.

Un indicador contundente de este cambio de tendencia es el rol del director sinfónico. En 2005 Riccardo Muti, el autocrático director principal de la famosa ópera La Scala de Milán, que ocupaba el cargo desde 1987, fue expulsado por miembros de la orquesta y del personal de La Scala que estaban hartos de su trato arrogante y despótico. En cambio, el nuevo director musical de la Filarmónica de Nueva York, Alan Gilbert, es joven y muy atractivo, afable y accesible, sin rastro alguno en su carácter del maestro temible y dictatorial.

Los líderes tienen cada vez menos poder e influencia, y los seguidores cada vez más. Ya es hora de acabar con el lidercentrismo de una vez por todas.


Barbara Kellerman
es James MacGregor Burns Lecturer de Liderazgo Público en la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. Fue directora ejecutiva fundadora del Center for Public Leadership de la Kennedy School de 2000 a 2003; y de 2003 a 2006 ocupó el cargo de directora de investigación de dicho centro. Es autora de Followership: How Followers are Creating Change and Changing Leaders (Harvard Business School Press, 2008).

Vía: www.esade.edu/public

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